viernes, 21 de agosto de 2020

Los caníbales (4)

 Los caníbales hablan de los caníbales

“…De la carne, la humana es entre ellos alimento común. Esta es cosa verdaderamente cierta, pues se ha visto al padre comerse a los hijos y a las mujeres, y yo he conocido a un hombre, con el cual he hablado, del que se decía que había comido más de 300 cuerpos humanos, y aún estuve 27 días en una cierta ciudad, donde vi en las casas la carne humana salada y colgada de las vigas, como entre nosotros se usa colgar el tocino y la carne de cerdo.

Américo Vespucio; "Mundus Novus",

Carta a Lorenzo di Pier Francesco de Médici.


Innumerables antropólogos de las más variadas escuelas sostienen que ha existido la antropofagia en distintos pueblos del mundo y en diferentes períodos históricos. Se habla de múltiples formas de antropofagia: familiar, ritual, alimenticia, etc. También hay un grupo minoritario de especialistas que niega la existencia de pruebas concluyentes sobre esa práctica, no sólo en la América precolombina sino en otros lugares.

“William Arens, en su libro The Man-Eating Myth, levanta un debate polémico al concluir que la antropofagia nunca existió ni en el Nuevo Mundo ni en África. Para este antropólogo los registros sobre el canibalismo no son confiables, porque surgen de rumores, sospechas y acusaciones de terceros, siendo difundidos como reales por personas que nunca vieron directamente a alguien comer carne humana y que no hablaron la lengua de los captores. Arens cuestiona que, en las fuentes existentes, falta una base empírica adecuada y un sustento etnográfico”. (27)

El nuestro no es un trabajo sobre antropología, aquí nos limitamos a discutir sobre la construcción de un concepto, de una leyenda negra con la que se estigmatizó a toda la población de un continente para justificar su explotación y su exterminio. Hemos venido mostrando cómo se creó el término a partir de un malentendido, cómo se calificó de caníbal a toda una etnia, cómo se inició la captura y comercialización de esos seres humanos, cómo se los llevó a Europa para venderlos como “mercancía exótica”, cómo se los destinó al trabajo esclavo en los asentamientos coloniales, cómo se fueron inventando caníbales en cada nuevo territorio que se ocupaba. Si la descripción de Muñoz Camargo sobre la existencia de carnicerías en las que se exponía carne humana puede parecer fantasiosa, hay que recordar que también Américo Vespucio planteó algo parecido, aunque con una retórica más elegante.

Así como antes se habían descubierto cinocéfalos en distintos puntos del oriente misterioso y salvaje, en el Nuevo Mundo, no menos misterioso y salvaje para los exploradores europeos, se encontraban devoradores de gente en cada recodo del camino. Las carnicerías con restos humanos eran situadas por Muñoz Camargo en Centroamérica, mientras que las casas con carne humana colgando de las vigas a la que se refiere Vespucio son ubicadas en una imprecisa ciudad costera de lo que hoy llamamos Brasil.

Si bien el relato vespuciano es impactante (“se ha visto al padre comerse a los hijos y a las mujeres”, y, “yo he conocido a un hombre, con el cual he hablado, del que se decía que había comido más de 300 cuerpos humanos”), no hay indicios de que a él hubiesen querido agredirlo. Incluso durante su primer viaje, cuando realizaba tareas de exploración para la corona española, había confraternizado con presuntos caníbales: “platicamos con ellos. Y encontramos que eran de una generación que se dicen «caníbales», y que casi la mayor parte de esta generación, o todos, viven de carne humana (…) No se comen entre ellos, (…) van a traer presa de las islas o tierras comarcanas, de una generación enemiga de ellos y de otra generación que no es la suya”. Y agregaba: “tratamos con ellos, y nos llevaron a una población suya, que se hallaba obra de dos leguas tierra adentro, y nos dieron colación, y cualquier cosa que se les pedía, a la hora la daban, creo más por miedo que por buena voluntad. Y después de haber estado con ellos un día entero, volvimos a los navíos quedando amigos con ellos.” Eso sí, en las vísperas del regreso, Vespucio y sus hombres decidieron realizar una incursión contra los llamados caníbales, capturar alrededor de 250 de ellos y luego poner rumbo a España llevándolos como esclavos. No parece que fuera una actitud muy amistosa la de los viajeros europeos. (28)

Cabría preguntarse por qué hay que dar por buenos los testimonios de los conquistadores, qué los vuelve más confiables que las afirmaciones sobre la existencia de las brujas, los ogros, los vampiros y los cinocéfalos. Tengamos en cuenta que esas creencias hoy reputadas como supersticiosas eran contemporáneas al “descubrimiento” de los caníbales americanos. Entre los siglos XV y XVIII en Europa se produjeron ejecuciones de brujas por decenas de miles. De un extremo a otro del continente se había desatado una verdadera histeria contra la brujería, y de esa época data el Malleus Maleficarum, el tratado jurídico-eclesiástico para descubrir, juzgar y condenar a las brujas. (29)

La obra inquisitorial se correspondía con la bula papal Summis desiderantes affectibus, de Inocencio VIII, quien deseaba “que la fe católica crezca y florezca por todas partes especialmente en nuestros tiempos y que toda depravación herética se arroje lejos de las tierras de los fieles”. Apenas llegado al trono pontificio, Inocencio VIII intentó convencer a los monarcas europeos para organizar una cruzada contra los turcos, pero no encontró eco entre ellos. Su fanatismo oscurantista se dirigió entonces contra brujas y hechiceros, y la bula promulgada el 5 de diciembre de 1484 dejó sin efecto el Canon Episcopi del año 906, donde la Iglesia sostenía que creer en brujas era una herejía. El nuevo texto pontificio fue agregado a modo de prólogo en el Malleus Maleficarum, y un fragmento de ese documento resulta ilustrativo sobre el espíritu de la época.

“…Muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonaron a demonios, íncubos y súcubos, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y otros execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado niños que estaban aún en el útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aun, a hombres Y mujeres, animales de carga, rebaños y animales de otras clases, viñedos, huertos, praderas, campos de pastoreo, trigo, cebada Y todo otro cereal…”

Esa era la convicción del padre de la iglesia católica, aunque no iba mejor la cosa por el lado de los protestantes. Como dijera Silvia Federici, la acusación de adorar al Demonio como un arma para atacar a enemigos políticos y vilipendiar a poblaciones enteras ya era una práctica común entre los europeos que se lanzaron a conquistar el mundo. Esa era la estructura de pensamiento que prevalecía entre los descubridores de caníbales en suelo americano. Aquí también hubo tribunales inquisitoriales buscando brujas y adoradores del demonio, torturando salvajemente a los sospechosos hasta obtener confesiones a la medida de la acusación. Esos mismos jueces eran los que dictaminaban si un indígena era caníbal o no, si debía ser quemado en la hoguera, esclavizado o sometido a servidumbre. Los especialistas que se apoyan en esos testimonios históricos tal vez debieran reflexionar sobre su validez, y someter esos argumentos a crítica.

Como ya hemos dicho en otra parte de este trabajo, el diario del primer viaje de Cristóbal Colón se perdió –quizá fue robado, quizá fue destruido; el saqueo y la destrucción son consustanciales a los invasores coloniales-, pero antes Fray Bartolomé de las Casas tuvo la posibilidad de hacer una copia del mismo. Eso es lo que ha llegado hasta nuestros días con el nombre de “El diario de a bordo de Cristóbal Colón sobre el descubrimiento de América”. En algunas partes es una copia literal, en otros tramos es un comentario del texto original. Precisamente al glosar la anotación del 23 de noviembre, cuando Colón interpreta que los taínos le hablan de caníbales que devoran a sus prisioneros, dice el sacerdote: “Lo mismo creían de los cristianos y del Almirante al principio…” Luego los indígenas tendrían buenos motivos para pensar que los caníbales no eran los habitantes de las islas vecinas, sino los viajeros recién llegados en las carabelas.

La primera tierra a la que arribaron los españoles fue “la grande y felicísima isla Española”. Al caracterizar a los habitantes originarios dirá el padre Las Casas que se trataba de gente “sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bullicios”. (…) “no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas”. Pero los españoles que llegaron “como lobos e tigres y leones cruelísimos” no hicieron otra cosa que “despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad”. Fue exterminada la población de la Española, de Cuba, de Sant Juan, de Jamaica, de todas las islas vecinas; “en las cuales había más de quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura. Todas las mataron trayéndolas e por traellas a la isla Española, después que veían que se les acababan los naturales Della”. De las islas pasaron a la gran tierra firme donde “somos ciertos que nuestros españoles por sus crueldades y nefandas obras han despoblado y asolado y que están hoy desiertas”. Las matanzas de todos quienes oponían resistencia, y el sometimiento a la esclavitud de los que sobrevivían “ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días”. (30)

Así describía Fray Bartolomé de las Casas el exterminio de la población del Nuevo Mundo, una historia mucho más coherente y creíble que la leyenda de los caníbales empeñados en una guerra sin fin con sus vecinos. Las crueldades atribuidas a los habitantes de América, sus costumbres sanguinarias, las matanzas realizadas por el puro placer de matar, complementadas luego con voraces festines donde la comida principal era el cuerpo del enemigo sacrificado, no parecen verosímiles. Pero si imagináramos que algunas de esas historias son ciertas, las mismas palidecen ante los hechos aberrantes perpetrados por los invasores coloniales. Seguramente los antropólogos e historiadores que sostienen la existencia de los antropófagos americanos tendrán buenos motivos en los que apoyar su creencia. Pero si sus fuentes son únicamente los relatos de los conquistadores, tendrían que plantearse que grado de credibilidad puede darse a un genocida que acuse de criminales a sus víctimas.

Es casi un ejercicio de sentido común preguntarse cómo podían existir tantos caníbales en todo el continente y no haberse exterminado recíprocamente. Porque si bien los conquistadores hablan de indios buenos que servían de involuntario alimento de los indios malos, también fabulan con imaginarios combates entre tribus caníbales, casi como si se tratara de justas deportivas. En algunos casos muy calificados antropólogos discurren sobre la falta de grandes animales en Centroamérica y, como consecuencia de ello, la necesidad que tenían los indígenas de recurrir a la antropofagia alimentaria. Hasta hacen cálculos sobre la cantidad de proteínas que conseguían por este medio, curiosa opción de comerse a un vecino para conseguir una dieta equilibrada. Con esa línea de razonamiento la solución del problema habría sido la llegada de los colonizadores, quienes se dedicaron a la metódica matanza de los habitantes originarios consiguiendo el necesario equilibrio ecológico.

En principio pareciera que los especialistas no se interrogarían sobre la verosimilitud del relato colonial, sino que darían por cierta la endemia canibalesca que se habría extendido de un extremo a otro del Nuevo Mundo. Si nuestra apreciación es correcta, para los científicos sociales la práctica antropófaga abarcaba tanto a los pueblos de menor desarrollo o a las civilizaciones más altas de América: caribes o guaraníes, aztecas o incas, todos habrían otorgado una gran importancia a ingerir carne humana. Aceptada esa lógica, viene a continuación la clasificación de los distintos tipos de canibalismo: las prácticas antropofágicas del Nuevo Mundo habrían oscilado entre el endocanibalismo (en el interior del grupo, en la misma tribu o familia) y el exocanibalismo (fuera de la comunidad); y para eso estaba la guerra, la captura de enemigos, los sacrificios.

Nuestro escepticismo respecto al generalizado canibalismo de los habitantes del continente, se funda en que esa práctica les fue adjudicada por los caníbales llegados desde Europa. A estos últimos les fue funcional la leyenda, les brindó un argumento inmejorable para justificar su incursión civilizadora. Pero entre los recién llegados no fueron pocas las voces que se alzaron para denunciar las atrocidades de los invasores, aunque recurramos fundamentalmente a la de Fray Bartolomé de las Casas. Sus denuncias llegaron hasta el corazón del imperio; al igual que en este lado del Atlántico, también allí eran mayoritarias las posiciones expoliadoras, chocaron ambas tendencias, y otro dominico, Juan Ginés de Sepúlveda, resumió el pensamiento colonialista en su Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios.

El libro fue escrito con la pretensión de demostrar la justicia de la guerra con que la corona española había sometido a los pobladores de las “tierras occidentales y australes”. La exposición fue desarrollada en forma de diálogo “siguiendo el método socrático que en muchos lugares imitaron San Jerónimo y San Agustín”. Dos personajes, Demócrates y Leopoldo, eran los encargados de presentar los argumentos sobre lo que definían como las justas causas de la guerra y el recto modo de hacerla. Nos detendremos con cierta extensión en ese texto, porque aunque su difusión parece haber sido más bien subterránea, su fondo teórico impregnó todo el pensamiento colonialista de la época.

“… Es justo y natural que los hombres prudentes, probos y humanos dominen sobre los que no lo son (…) Y siendo esto así, puedes comprender ¡oh Leopoldo! si es que conoces las costumbres y naturaleza de una y otra gente, que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo é islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores á los españoles como los niños a los adultos y las mujeres á los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles á gentes clementísimas, de los prodigiosamente intemperantes á los continentes y templados, y estoy por decir que de monos á hombres”.

”… Compara ahora estas dotes de prudencia, ingenio, magnanimidad, templanza, humanidad y religión, con las que tienen esos hombrecillos en los cuales apenas encontrarás vestigios de humanidad (…) Pues si tratamos de las virtudes, qué templanza ni qué mansedumbre vas á esperar de hombres que están entregados á todo género de intemperancia y de liviandades, y comían carne humana.” (31)

Este argumento, el presunto canibalismo de los pueblos americanos, es central en la prédica de Ginés de Sepúlveda para justificar no sólo la esclavización sino también el exterminio de los aborígenes a los que calificaba de bárbaros, incultos e inhumanos. Tal vez los habría combatido con igual rudeza por “su impía religión”, ya que los acusaba de ser adoradores del demonio y tributarle corazones humanos. Pero una y otra vez repite que “ellos mismos se alimentaban con las carnes de los hombres sacrificados”, y que esas maldades excedían de tal modo toda la perversidad humana, que los cristianos las contaban entre los más feroces y abominables crímenes. Ambas acusaciones, la de adorar al demonio y el canibalismo, eran el fundamento para perseguirlos, esclavizarlos y exterminarlos; y así lo afirmaba:

“Podemos creer, pues, que Dios ha dado grandes y clarísimos indicios respecto del exterminio de estos bárbaros. Y no faltan doctísimos teólogos que fundándose en que aquella sentencia dada ya contra los judíos prevaricadores, ya contra los Cannaneos y Amorreos y demás gentiles adoradores de los ídolos, es no sólo ley divina, sino natural…” (32)

Según el teólogo cordobés, no sólo era lícito someterlos a la dominación para llevarlos a “la salud espiritual” y a “la verdadera religión” por medio de la predicación evangélica, sino que se los podía castigar “con guerra todavía más severa”.

“... No es, pues, la sola infidelidad la causa de guerra justísima contra los bárbaros, sino sus nefandas liviandades, sus prodigiosos sacrificios de víctimas humanas, las extremas injurias que hacían a muchos inocentes, los horribles banquetes de cuerpos humanos, el culto impío de los ídolos. (…)Por muchas causas, pues, y muy graves, están obligados estos bárbaros á recibir el imperio de los españoles conforme á la ley de naturaleza, y á ellos he de serles todavía más provechoso que á los españoles, porque la virtud, la humanidad y la verdadera religión son más preciosas que el oro y que la plata. Y si rehusan nuestro imperio, podrían ser compelidos con las armas á aceptarle, y será esta guerra, como antes hemos declarado con autoridad de grandes filósofos y teólogos, justa por ley de naturaleza…” (33)

Por supuesto, esta no era la opinión de Fray Bartolomé de las Casas quien polemizó duramente con Ginés de Sepúlveda. No consideraba que los españoles hiciesen una justa guerra contra los aborígenes, sostenía que fueron todas “diabólicas e injustísimas”, peores que las de cualquier tirano del mundo. Y agregaba que la verdaderamente justa era la guerra sostenida por los indios contra los colonialistas españoles. Esta vehemente defensa de los pobladores originarios del continente americano estaría mostrando que los casos de antropofagia que se les atribuían (y que eran básicos para justificar su exterminio), de haber existido fueron muy acotados. Si tanto antropólogo e historiador que repite acríticamente el argumento se tomara el trabajo de chequear la fuente en que se apoya, tal vez la leyenda se desplomaría igual que las de brujas y cinocéfalos.

(Continuará)


Notas

(27) William Arens, The Man-Eating Myth. Anthropology & Anthropophagy, New York, Oxford University Press, 1980, pp. 21-22. Citado por Chicangana-Bayona, Yobenj Aucardo; “El nacimiento del Caníbal: un debate conceptual”, Op. cit.

(28) “Llegamos al puerto de Cádiz a 15 días de octubre de 1498, donde fuimos bien recibidos y vendimos nuestros esclavos.”

Vespucio, Américo; “Carta del 18 de Julio de 1500, dirigida desde Sevilla a Lorenzo di Pierfrancesco de Medici, en Florencia”, El Nuevo Mundo. Cartas relativas a sus viajes y descubrimientos, Estudio preliminar de Roberto Levillier, Editorial Nova, Buenos Aires, 1951, p.

(29) El Malleus Maleficarum (Martillo de las Brujas) puede ser considerado como un verdadero manual dedicado a la persecución de la brujería; con él se trataba de aportar argumentos teológicos y prácticos para demostrar que los poderes de las brujas eran mayores de lo que se creía. Fue escrito en Alemania entre 1486 y 1487 y tradicionalmente se ha atribuido la autoría a los frailes dominicos e inquisidores Jacob Sprenger y Heinrich Kramer. La obra está dividida en tres partes, y la tercera de ellas era una guía, pensada especialmente para los tribunales laicos, de cómo realizar un proceso judicial contra las brujas.

“Así, los más delirantes relatos, conseguidos bajo tortura de los pobres infelices que habían tenido la desgracia de ser acusados, son asumidos como prueba irrefutable de sus tesis principales: a) nadie debe atreverse a negar la existencia y los poderes de las brujas, pues hacerlo es herejía; b) gracias a esos poderes ellas cometen la mayoría y los más graves crímenes y perjuicios contra la humanidad; c) por lo tanto deben ser dura e incansablemente perseguidas, por las autoridades civiles y eclesiásticas”. Cotejado el 31.7.2014 en:

https://sites.google.com/site/magisterhumanitatis/escritores-latinos/malleus-maleficarum

(30) Las casas, Fray Bartolomé; Brevísima relación..., Op. cit., pp. 37-40.

(31) Ginés de Sepúlveda, Juan. Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, con una Advertencia de Marcelino Menéndez y Pelayo y un Estudio por Manuel García Pelayo, 3ª reimpresión, México, FCE, 1996, pp. 97-105.

(32)Ginés de Sepúlveda, Juan. Tratado sobre las justas causas de la guerra…, Op. cit., p. 115.

(33)Ginés de Sepúlveda, Juan. Tratado sobre las justas causas de la guerra…, Op. cit., pp. 133-135.

 

martes, 18 de agosto de 2020

Los caníbales (3)

 

La construcción del caníbal americano

 

“… Creo que nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, (…) lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos otro punto de mira para distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea de las opiniones y usos de país en que vivimos, a nuestro dictamen en él tienen su asiento la perfecta religión, el gobierno más cumplido, el más irreprochable uso de todas las cosas.”

Montaigne; “De los caníbales”

En un momento tan temprano como el sábado 13 de octubre, día siguiente de la llegada a América, escribió Cristóbal Colón: “Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho”. Las referencias al metal precioso se vuelven obsesivas en los días siguientes; entiende -en realidad quiere entender- que los indígenas que ha tomado prisioneros le informan de nuevos lugares donde sus habitantes llevan gruesas ajorcas de oro en piernas y brazos. Después le parece que le hablan de una mina de oro en la isla que ha bautizado La Fernandina. Más tarde es en La Isabela donde residiría el rey fabulosamente rico, y así va pasando de una isla a otra impulsado por la codicia que le hace imaginar perlas, piedras preciosas y minas de oro. Un mes después de haber arribado su obsesión no ha decaído en absoluto, porque partió nuevamente “para ir a una isla (…) que se llamaba Babeque, adonde, según dicen por señas, que la gente de ella coge el oro con candelas de noche en la playa, y después con martillo dice que hacían vergas de ello”. Todo lo que no entendía de las palabras y los gestos de los indígenas fue suplido por sus deseos e imaginación. “Hay en estas islas lugares adonde cavan el oro y lo traen al pescuezo, a las orejas y a los brazos y a las piernas, y son manillas muy gruesas, y también hay piedras y hay perlas preciosas e infinitas especierías”.

Del mismo modo que imaginó tan descomunales riquezas, fue convenciéndose de la existencia de los fantásticos caníbales. Inicialmente éstos fueron situados en las islas caribeñas, sembrando el terror entre los arauacos, a los que capturaban para sacrificarlos y devorarlos. Los antropófagos no eran una preocupación para el almirante, quien tenía objetivos materiales más concretos. En el orden de las fabulosas imaginerías colombinas se situó primera la portentosa riqueza aurífera del Nuevo Mundo, de hecho comenzó a soñar con ese tesoro al día siguiente de haber llegado. Sin embargo el oro recolectado entre los pobladores de las islas no era tan abundante, había que buscar otras fuentes de resarcimiento por los gastos de la empresa, y la esclavización de los indios pareció un negocio prometedor. Según cuenta Washinton Irving en Vida y viajes de Cristóbal Colón, fue el navegante genovés quien inició el primer tráfico de esclavos americanos hacia España. “Tan sólo en uno de sus viajes de regreso, el almirante envió a la península un grupo de 500 prisioneros, a cargo de su hermano Diego, para ser vendidos como esclavos en el mercado de Sevilla”. (16)

Pero en los nuevos territorios hacía falta mano de obra para llevar adelante las tareas que los recién llegados no querían o no podían realizar. Los mansos taínos fueron los primeros en ser obligados a servir a los españoles, hasta que las brutales condiciones de explotación los diezmaron (17). Había que sustituirlos, y qué mejor que esclavizar a esos crueles caníbales como castigo a sus bestialidades y para redimirlos, si sobrevivían, por medio del trabajo y la religión. El caníbal surgió como un producto auténticamente americano, como consecuencia de equívocos y malos entendidos por parte de los conquistadores, y también de las supersticiones y los temores ancestrales que éstos traían consigo. Después pasó a tener una utilidad económica, cuando se empezó argumentar con su presunta existencia para esclavizar a los aborígenes americanos.

Demonizar al otro siempre ha sido un recurso exitoso a la hora de fabricar un enemigo (18). Aquí el argumento debía ser muy fuerte, el propio inventor de la leyenda debía estar convencido de la verosimilitud de su fábula. Se echó mano a lo más terrorífico de los mitos y supersticiones que los perseguían desde siempre, a los bárbaros, a los devoradores de seres humanos, a los sacrificadores de niños en ceremonias diabólicas. Ya habían hecho lo mismo con ogros, brujas y hechiceros, con judíos y musulmanes, ¿por qué habría de ser distinto con el nuevo enemigo a construir? Se inventó un semihumano bestial a la medida de las necesidades coloniales. En ese momento los invasores fueron como dioses, porque crearon al caníbal a su imagen y semejanza; luego le dijeron “creced y multiplicaos”, y la multiplicación se realizó por todo el continente.

Curiosamente los sanguinarios caribes que venían persiguiendo a los buenos taínos no habían podido exterminarlos, pero los civilizados conquistadores lo consiguieron en un tiempo asombrosamente corto (19). Si es por los resultados, tenían razón los taínos cuando suponían –según interpretaba Bartolomé de Las Casas al compendiar el diario colombino- que los españoles se comían a sus prisioneros.

Creado el monstruo, su captura se volvió legítima. Si se conseguía apresarlo no se lo eliminaba, a diferencia de lo que se hacía en Europa en situaciones semejantes, sino que se lo esclavizaba. La caza de caníbales se extendió a las islas vecinas, más al sur cada vez, porque el límite se fue ampliando en la misma medida en que se extendía la búsqueda de oro y perlas (20). De las islas se pasó a tierra firme, a lo que hoy son Colombia y Venezuela, y allí, como en un relato bíblico, se multiplicaron los caníbales en forma vertiginosa. No eran indios buenos que aceptaran con resignada mansedumbre el destino que los conquistadores les tenían reservado, sino que resistían con las armas en la mano el embate civilizador, lo cual hizo decir a Martí:

“Con Guaicaipuro, con Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”. (21)

Podría decirse que, desde la perspectiva colonialista, lo que distinguía a los caníbales era la rebeldía frente al invasor; los que ofrecieron resistencia pasaron a engrosar la lista de los pueblos bárbaros, salvajes, antropófagos. Esto no aseguró un mejor destino para los que dócilmente se sometieron: “los indios arauacos, los ciguayos, los siboneyes, los guanatahibes y tantos otros de los que habitaban las grandes Antillas fueron exterminados”. Así nos lo relata Juan Bosch.

“… Esos pueblos lucharon, unos hasta la extinción, y otros, como los caribes de las islas de Barlovento, durante tres siglos; es decir, que combatieron mucho tiempo después de conocer en carne propia el poderío occidental, cuando ya tenían experiencias, y muy costosas, de lo que eran las lanzas, las espadas, los falconetes, los arcabuces, los perros, los caballos europeos, pero siguieron luchando. Los indios del Caribe combatían hasta la muerte porque no podían concebir la vida fuera de su contexto social”. (22)

No entregarse, ofrecer resistencia, ser rebeldes, eran las señas de identidad de quienes serían estigmatizados como caníbales por los europeos. El delito que se les imputaba era no aceptar ser despojados de sus tierras, sus costumbres, su historia. Presuntamente los indígenas eran reunidos por el invasor para leerles la intimación de la Corona Española, en la que se les reclamaba obediencia y conversión al cristianismo. Si los pobladores no aceptaban las imposiciones de los recién llegados, éstos se consideraban autorizados a someterlos por la fuerza bajo el régimen de la "guerra justa". El documento con el que se pretendía legitimar el despojo decía:


El Pontífice romano “hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los católicos Reyes de España, que entonces eran Don Fernando y Doña Isabel, de gloriosa memoria, y sus sucesores en estos reinos, nuestros señores, con todo lo que en ellos hay (…) Así que su majestad es rey y señor de estas islas y tierra firme por virtud de la dicha donación…” (23)


La supuesta o real desobediencia de los invadidos fue la excusa para dictar la Real Cédula de 1503 autorizando a los conquistadores españoles a esclavizar a los indios caribes por su canibalismo y por no haber aceptado los requerimientos de sumisión. “En 1510 un Auto, dictado por el licenciado Figueroa, juez de vara y justicia mayor de La Española, declara a la provincia de Uriapari (Guayana) región de Caribes y autoriza a los conquistadores a cazarlos y venderlos como esclavos” (24). Ya no eran solamente las islas antillanas, los indígenas imputables de canibalismo parecían extenderse por todas partes, eran una inagotable reserva de mano de obra esclava.

Cuando se saltó a Centroamérica era necesario ubicar otros caníbales para esclavizar. Se estaba predispuesto a encontrarlos en cualquier lugar, y Bernal Díaz del Castillo habló de su descubrimiento en su Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España. NO fue el único, todos los conquistadores mostraron igual disposición para ver en los naturales de América a salvajes dedicados a los sacrificios humanos, a la predilección por arrancar el corazón de los niños y a celebrar diabólicos festines antropofágicos. Diego Muñoz Camargo, en su libro historia de Tlaxcala, puso singular esmero en mostrar la diabólica costumbre.

“La idolatría universal y comer carne humana ha muy pocos tiempos que comenzó en esta tierra”, primero se levantaron estatuas en honor de los jefes, “después los adoraban por dioses, y así fue tomando fuerza el demonio para más de veras arraigarse entre gentes tan simples y de poco talento; y después las pasiones que entre los unos y los otros hubo, comenzaron a comerse sus propias carnes por vengarse de sus enemigos, y así rabiosamente entraron poco a poco, hasta que se convirtió en costumbre comerse unos a otros como demonios; y así había carnicerías públicas de carne humana, como si fueran de vaca y carnero como el día de hoy las hay”. (25)

No hay motivo para suponer que Muñoz Camargo estaba mintiendo en forma premeditada, siendo comprensivos podemos imaginar que repetía las historias escuchadas desde niño. Su padre había servido a las órdenes de Hernán Cortés, lo que él le contaría sería muy parecido a lo que dirá en su libro. Los sacerdotes que lo educaron tal vez le dijeron que entre los antepasados de su madre india se cruzaban mayas, cocomes, totonacas, tlaxcaltecas, huastecas, cholultecas y mexicas, pueblos todos a los que se adjudicaba practicar el canibalismo. La Nueva España, al igual que las islas caribeñas también estaba plagada de indóciles indios antropófagos. Fue necesario doblegarlos en forma inmisericorde, para luego someterlos a la esclavitud. “Cortés, en carta al Rey, el 15 de octubre de 1524, le explica que con cédula de rescate conferida a los vecinos de México, en las guerras habría tal cantidad de esclavos que, de contar con los hierros suficientes para marcarlos, generaría más oro que todas las islas juntas”. (26)

Tan descarnada sinceridad es útil para intuir cuánto podía haber de cierto en la adjudicación de antropofagia a los indígenas americanos. En la apreciación colombina podía pesar todos sus prejuicios, supersticiones y aceptación acrítica de los relatos fantásticos, pero en el juicio de Cortés el acento está puesto en el más crudo interés económico. A partir de lo que venimos exponiendo puede suponerse que sostenemos la inexistencia de antropófagos en América. Si es así, conviene que nos detengamos un poco, porque si bien tenemos serias dudas sobre el generalizado canibalismo que la crónica colonial atribuyó a los indígenas americanos, sería muy imprudente de nuestra parte sostener que comer carne humana era una exclusividad de los cruzados europeos.

(Continuará)


Notas

(16) Irving, Washinton; Vida y viajes de Cristóbal Colón, España, Ed. Novaro, s/a, p.220. Citado por Avilés Vidal, Enrique Francisco en “Desarrollo de la conquista y esclavitud indígena en América”, capítulo II de su libro ESTUDIO DE LA INCIDENCIA ECONÓMICA DE LA ESCLAVITUD NEGRA EN CHILE SIGLOS XVI, XVII Y XVIII. Cotejado en la versión digital el 31.7.2014:

http://www.eumed.net/libros/2010a/636/Desarrollo%20de%20la%20conquista%20y%20esclavitud%20indigena%20en%20America.htm

(17) “En 1492, a la llegada de los españoles a la Española, esa isla estaba habitada por unos 100.000 indios, los Taínos. En 1508 eran 60.000, y en 1514 quedaban sólo 30.000. Por último, alrededor del año 1570 apenas llegaban a 500 los habitantes autóctonos de la isla”. Mellafe Rolando, Introducción de la esclavitud negra en Chile, Chile, Ed. Universitaria, 1984, p. 11. Citado por Avilés Vidal, Enrique Francisco en “Desarrollo de la conquista…”, Op. cit.

(18) Para ejemplificar sobre lo que hemos dicho vamos a dar un salto de cinco siglos, permítasenos esta licencia. Dos emblemáticos edificios situados en el corazón del mundo financiero sufren un espectacular ataque por un par de aeronaves. Aunque el informe técnico de un grupo de calificados arquitectos e ingenieros civiles afirma que ni el impacto ni el posterior incendio pudieron provocar la caída de las imponentes construcciones, misteriosamente, ambas torres se derrumban. Los escombros son removidos de inmediato, se demuele lo que aún queda en pie de la edificación, los restos de los aparatos atacantes son desguazados y vendidos como chatarra. El terreno queda limpio de toda huella del atentado… y de todas las pruebas. Después se puede construir un enemigo a la medida de las necesidades. El inculpado es un feroz dictador que en un tiempo no muy lejano supo ser un incondicional amigo de quienes lo acusan. Y no sólo ha provocado ese atentado, sino que dispone de armas de destrucción masiva con los que podría sembrar más muerte y destrucción. Con esos argumentos repetidos hasta el hartazgo se intoxica a todo el mundo. Ya es posible castigar al culpable, invadir su país, descuartizar la sociedad, su cultura, su territorio; devorar su población, sus riquezas, sus recursos naturales.

(19) En su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, Fray Bartolomé de las Casas hace un estremecedor relato sobre las atrocidades cometidas por los recién llegados a la Española. “…Los cristianos con sus caballos y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas.” Si era cierto que los taínos habían manifestado sentir algún temor por los caribes, rápidamente comprendieron que los españoles eran mucho más crueles que aquellos. “Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco.” Las casas, Fray Bartolomé; Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Editorial Sarpe, Madrid, 1985, pp. 41-43.

(20) En 1502 Alonso de Ojeda “recorre la costa de Paria hasta el Cabo de La Vela y “rescata” oro, perlas e indios. Con estas expediciones de Ojeda, comienza en Venezuela el comercio y la esclavitud de indígenas. Algunos son llevados hasta España como botín y otros como mano de obra a las Antillas Mayores”. Léger Mariño, Héctor; "Historia de Venezuela. El contacto con los europeos, conquista y colonización", monografía, marzo de 2006, p.7. Cotejado el 31.7.2014 en:

http://www.monografias.com/trabajos33/historia-venezuela/historia-venezuela.shtml

(21) Citado por Fernández Retamar, “Caliban”, Op. cit., p. 41, quien aclara que Guaicaipuro y Paramaconi fueron héroes de las tierras venezolanas, probablemente de origen caribe; mientras que los arahuacos Anacaona y Hatuey lo fueron de las Antillas.

(22) Bosch, Juan; De Cristóbal Colón a Fidel Castro (I), Capítulo II: “El escenario de la Frontera”, versión digital. Cotejado el 31.7.2014 en:

http://www.manuelugarte.org/modulos/biblioteca/b/bosch_colon_castro/colon_castro.htm#seis

(23) Texto leído por los conquistadores españoles en América a los Pueblos Originarios. El texto les era leído en castellano. Si los Pueblos Originarios no aceptaban su sumisión a la Corona de España y su conversión al Cristianismo, el conquistador quedaba autorizado a someterlos por la fuerza, bajo el régimen de la "guerra justa". El documento ha sido tomado de Lewis Hanke, La lucha por la justicia en la conquista de América, pp. 53 – 55. Cotejado el 31.7.2014 en:

http://es.wikisource.org/w/index.php?title=Requerimiento_del_Imperio_Español_a_los_Pueblos_Originarios_de_América&oldid=520219

(24)Léger Mariño, Héctor; "Historia de Venezuela…”, Op. cit., p. 14.

(25) Muñoz Camargo, Diego; La historia de Tlaxcala, publicada y anotada por Alfredo Chavero, Edición realizada para ser presentada como homenaje a Cristóbal Colón en la Exposición de Chicago, Oficina TIP de la Secretaría de Fomento, México, 1892. p. 141.

(26) Zavala Silvio, Los esclavos indios en Nueva España, México, El Colegio Nacional, 1991, p.7. Citado por Avilés Vidal, Enrique Francisco en “Desarrollo de la conquista…”, Op. Cit.

sábado, 15 de agosto de 2020

Grimal y Pedraza: historias divergentes

 Este jueves leí el nombre de Rafael Grimal en la sección recordatorios de Página12, sentí una gran emoción porque recordé cuando lo conocimos a mediados de 1968 después del Congreso normalizador en el que nació la CGT de los Argentinos. Por entonces nuestra agrupación tenía gran prestigio entre los nucleamientos combativos; aunque FOETRA integraba oficialmente la dirección de la CGT A, nosotros éramos muy respetados hasta por las agrupaciones que militaban en distintas vertientes del peronismo. Lo cierto fue que establecimos una relación especial con Grimal porque él era ferroviario, nosotros telefónicos, y traía la propuesta de constituir un Frente de agrupaciones estatales.

Recuerdo que a las reuniones venía con otro compañero, José Pedraza, y ambos representaban a la Juventud Peronista Ferroviaria y a la Juventud Revolucionaria Ferroviaria. Entre nosotros comentábamos irónicamente que uno era la Juventud Peronista Ferroviaria y el otro la Juventud Revolucionaria Ferroviaria, porque nunca supimos cuál era el real desarrollo que tenían en su gremio.

Al margen de ese comentario chicanero, eran muy disciplinados y cumplidores con la tarea propuesta. Tenían un especial interés en que nos sumáramos a un proyecto que encabezaría Ricardo De Luca, el dirigente de navales, y la propuesta frentista tenía que ver con ese objetivo. Entre nosotros había quienes tenían una cierta desconfianza respecto a De Luca, porque aunque formara parte de la dirección de la CGT A, les parecía que no daba seguridad en cuanto a sostener una posición consecuente.

Había otro personaje en el medio, alguien que parecía ser el mentor político de Pedraza y Grimald, que no era ni ferroviario ni naval, pero a quien ellos tenían un gran respeto y hasta subordinación. Al menos me produjo esa impresión cuando nos llevaron a reunir con él, y el trato de usted que le dispensaban, así como las indicaciones que les hizo durante aquella entrevista. Lo conocimos como Casco, aunque seguramente ese era un seudónimo de militante, y argumentaba para que la tarea a desarrollar tuviera una definición peronista.

Si no me equivoco, en esa reunión estuvimos Ricardo Campari, Juan Carlos Romero, José Baddouhy yo, por el lado telefónico, y Pedraza y Grimald por ferroviarios. Nosotros estábamos de un lado del escritorio, Casco ocupaba el lugar opuesto, mientras los otros dos muchachos estaban en un extremo. Ese es un detalle anecdótico, pero la ubicación de cada uno parecía determinar un rol específico: Casco proponía la línea política, nosotros la discutíamos, y los ferroviarios apoyaban a su mentor.

No fue una discusión áspera ni mucho menos, cada uno planteó los argumentos con sobriedad, a nadie le interesaba patear el tablero, y acordamos continuar adelante con la tarea pero sin adherir a una definición político partidaria que no compartíamos. Es probable que también hubiésemos rechazado un encasillamiento como marxistas, de hecho eso pasó con otros socios en la actividad sindical, por eso no nos sentimos como antiperonistas al rechazar los planteos de Casco.

Después de idas y venidas acordamos la elaboración de una declaración conjunta. La mecánica de su elaboración fue un tanto extraña, porque la encabezamos con la denominación de Vanguardia de agrupaciones estatales, y al pie poníamos el nombre de cada una de las agrupaciones que adherían. Lo curioso fue que toda la discusión de aquel documento se hizo entre nosotros y los ferroviarios, no recuerdo que hayamos hecho una reunión con los otros firmantes, y finalmente la editamos en forma de volantes y un afiche.

Tuvimos que reconocer que, al margen de no haber comprobado el desarrollo de cada una de las agrupaciones, la pegatina de los afiches fue cumplida escrupulosamente. En esa época no eran frecuentes los pegadores profesionales como en la actualidad. Esa era una tarea militante, de modo que se asignó un número de afiches y una zona a cada una de las agrupaciones firmantes, y una simple recorrida servía para comprobar si se había cumplido o no con la tarea.

Como tantos agrupamientos coyunturales, aquel también se diluyó al poco tiempo. Además el grado de afinidad no era tan grande, de modo que eso contribuyó al distanciamiento. NO hubo ni discusiones ni ruptura, simplemente dejamos de trabajar juntos.

De Pedraza conocemos su ulterior transformación, su deriva desde la militancia combativa hasta llegar al encumbramiento burocrático y la degradación final. No sentíamos simpatía por él, pero lo recuerdo en una manifestación en Plaza Once, marchando por Rivadavia hacia Pueyrredón desde el lado del Centro. Tal vez fue el 28 de junio de 1968, cuando se cumplía el segundo aniversario del golpe de Onganía.

El acto había sido convocado por la CGT-A desde semanas antes, y también había sido prohibido con la misma anticipación. El despliegue policial había empezado prácticamente con el día, porque ya en la madrugada se habían producido algunos atentados. A medida que la jornada fue avanzando la vigilancia se intensificó en todo el centro de la ciudad, en las estaciones ferroviarias, en todas las facultades y en otros lugares que pudieran servir de puntos de concentración. Los grupos que conseguían formarse eran rápidamente disueltos, algunos manifestantes intentaban refugiarse en los bares de la zona, pero eran sacados por la policía, cargados en los camiones celulares y llevados a las comisarías.

Nosotros no éramos muchos, tal vez una cincuentena, que caminábamos por la vereda en dirección a la plaza, gritando consignas y desplegando un pequeño cartel. Estábamos como a una cuadra, y el policía que estaba dirigiendo el tráfico en esa esquina, se paró en el centro de la avenida, separó las piernas como para mostrar que se mantendría firmemente plantado en el lugar, abrió la cartuchera y sacó su arma. Seguimos avanzando, más por vergüenza que por convicción, hasta que hizo un disparo al aire. El miedo nos ganó a casi todos, ya estábamos pegando la vuelta para salir corriendo, cuando Pedraza saltó a la calle gritando: “¡No se vayan compañeros, vamos para la plaza!”. Fue como un mandato que evitó lo que iba a ser un desbande, y se complementó con la acción de otro compañero que tiró una molotov prácticamente a los pies del policía que había hecho el disparo. En medio del dramatismo se produjo una situación casi risueña, porque el policía que hasta ese momento se comportaba como un héroe de película, pegó media vuelta y quiso escapar aterrado, pero con tan poco decoro que casi se lleva por delante a un coche que esperaba que le diera paso.

Evidentemente el Pedraza de aquel gesto valiente, el que un año después escribía desde la Cárcel de Villa Devoto a sus compañeros ferroviarios instándolos a seguir en la lucha contra la dictadura, no es el Pedraza que en octubre del 2010 ordenó tirotear a un grupo de manifestantes obreros. Éste fue la contracara de aquel, un final bochornoso para quien un día enfrentó las balas, y años después ordenaba dispararlas.

Cuando dejamos de ver a Pedraza también perdimos contacto con Rafael Grimald, a quien sus compañeros de militancia llamaban el Negro Lito. Muchos años después me enteré que a fines de la década del 60 participó en la formación de una organización político militar que luego se sumó a Montoneros. Una de sus responsabilidades fue el armado de la JTP a nivel nacional. El 13 de agosto de 1976 se encontraba en Córdoba, en un barrio obrero cerca de Alto Alberdi, allí fue perseguido por un grupo de tareas del III Cuerpo de Ejército. Junto a otros tres compañeros fue muerto en el presunto enfrentamiento que habría tenido lugar. Luego fue enterrado como NN en una fosa común en el cementerio de San Vicente. Sus restos fueron identificados en noviembre del 2005 por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Todo esto recordé cuando este 13 de agosto me encontré con el nombre de Rafael Grimal.

viernes, 14 de agosto de 2020

Los caníbales (2)

 

Los caníbales llegan a América

“Con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad, y tomaré vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé y dispondré de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere, como a vasallo que no obedece ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen…”

Del Requerimiento del Imperio Español a los Pueblos Originarios de América

Antes de que los españoles llegasen a América el término caníbal no existía. El nacimiento de esa expresión y su posterior significado es resultado de equívocos e interpretaciones forzadas, de supersticiones y prejuicios. El mismo viernes 12 de octubre Colón anotó en su diario de a bordo (7): “Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían”. El domingo 4 de noviembre, cuando ya había avanzado en la exploración de algunas islas, quedó registrado en su diario: “(…) Entendió también que lejos de allí había hombres de un ojo y otros con hocicos de perros que comían los hombres y que en tomando uno lo degollaban y le bebían su sangre y le cortaban su natura”. Pero es el viernes 23 de noviembre cuando aparece el término caníbal en las anotaciones:

“Navegó el Almirante todo el día hacia la tierra, (…) y sobre este cabo encabalga otra tierra o cabo que va también al Este, a quien aquellos indios que llevaba llamaban Bohío, la cual decían que era muy grande y que había en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostraban tener gran miedo”.

Estos indígenas que informaron al almirante sobre la isla “Bohío” usaron el término que él tradujo como “caníbal” para referirse a sus enemigos los caribes. De aquellos Cariba o Canima, habrían afirmado que se comían a quienes hacían prisioneros, y que eran gente muy armada. Con una lógica belicista Colón dedujo que si disponían de armas, serían individuos inteligentes (y los definió como “gente de razón”). También supuso que los caribes habrían capturado a algunos de los arauacos, y que éstos, al ver que sus compañeros no volvían, dirían que los comían. Pero, según comenta Bartolomé de las Casas en la transcripción del diario colombino, los indígenas también suponían que los españoles se comían a los prisioneros.

Una acotación que es necesario hacer aquí es que los indígenas hablaban una lengua que los recién llegados no conocían, presumiblemente unos y otros tratarían de complementar las palabras con movimientos del cuerpo, señalamientos y mímicas. Lo que cada uno entendiese del otro sería muy dudoso, estaría teñido de presunciones y creencias preliminares, y lo más probable es que se atribuyesen sentidos equívocos a las expresiones ajenas. Puede ser que los arauacos llamaran Cariba o Canima a los otros indígenas, también es posible que señalaran heridas y mutilaciones en sus propios cuerpos, y hasta podemos imaginar que hicieran gestos de dentelladas o mordeduras, pero la atribución de sentidos corrió por cuenta de los españoles, y de ellos se transmitió al resto de los europeos.

Aparentemente Colón creía que los pueblos situados más allá de las Columnas de Hércules hablaban un lenguaje edénico o por lo menos prebabélico, y confiaba que el traductor que lo acompañaba, Luis de Torres, podría entenderlos ya que hablaba hebreo, árabe y arameo. Pero los conocimientos lingüísticos de su ayudante resultaron inútiles. Como en una comedia de enredos, el navegante entendía –creía entender, quería entender- que los aborígenes le hablaban de presuntos enemigos, de devoradores de hombres, de seres sanguinarios como los engendrados por sus supersticiones y fantasías. Y aún más.

Aunque confesaba no entender el lenguaje de los isleños supuso que le hablaban de un territorio próximo donde podría encontrar grandes riquezas como las que venía buscando. La codicia que lo empujara a cruzar el Atlántico le hizo seguir adelante, “para ir a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato y había en ella oro y especierías y naos grandes y mercaderes”. Sólo la ambición y el voluntarismo podían moverlo a decir que no entiende lo que le dicen, y, a continuación, deducir de los gestos y señas que está en las proximidades de “la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas”, porque “en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta comarca.”

Pero esferas y pinturas de mapamundis no eran de ningún modo una fuente confiable de información. Esas representaciones gráficas mezclaban datos geográficos más o menos confirmados con otros deducidos de pasajes bíblicos o de relatos de expedicionarios, que, en algunos casos, ni siquiera conocían los lugares que describían. “(…) Era común que los viajeros que decidían narrar las experiencias vividas retomasen elementos de viejas tradiciones y, además, enriqueciesen sus andanzas con un abigarrado conjunto de maravillas, portentos naturales y curiosidades diversas para reforzar así la condición fabulosa de los lugares visitados.” (8)

Para nuestro trabajo no nos interesa detenernos en si entendía bien o mal a los indígenas cuando se referían a las islas cercanas –obviamente no estaba en las inmediaciones de Cipango ni próximo a los dominios del Gran Can-, lo que sí nos importa es que tanto Colón como sus acompañantes entendían a sus informantes con el patrón conceptual que traían de Europa. Las palabras y gestos de los taínos (nombre genérico con que llamaron a todos los habitantes de las islas que habían encontrado) eran interpretadas del siguiente modo. Los canibas tenían en algunos casos un único ojo en medio de la frente, en otros casos parecían tener cabeza de perro y ser devoradores de hombres. Seguramente los aborígenes no habrían dicho nada parecido a eso, pero en el imaginario de los recién llegados aparecerían los cíclopes, los cinocéfalos y todos los monstruos que poblaban el bestiario medieval. (9)

Las supersticiones y fantasías que acompañaban a los viajeros que llegaron a América reconocían lejanas herencias del mundo griego y romano. Allí se integraban monstruos nacidos presuntamente en otras latitudes, remotos territorios ubicados más allá del Mar Negro, en un oriente cargado de misterios y leyendas. Entre esos seres fantásticos se encontraban los cíclopes, gigantes que poseían un único ojo en medio de la frente y que, en el relato homérico, devoraban a los compañeros de viaje de Odiseo. Los cinocéfalos, hombres con cabeza de perro, que eran presentados por Hesíodo como habitantes de la tierra de los Masagetas, mientras que para Marco Polo esos seres fantásticos vivían en una imaginaria isla llamada Macumera, situada cerca del archipiélago de Andamán en el Golfo de Bengala. Según el veneciano, se trataba de individuos muy crueles que devoraban a las personas que no fueran de su étnia. (10)

Así, sobre la base de equívocos y expresiones dudosas, de supersticiones y creencias religiosas, de antiguos relatos fabulosos y de místicas interpretaciones bíblicas, se construyó la primera imagen del caníbal.

“Que los caribes hayan sido tal como los pintó Colón (y tras él una inacabable caterva de secuaces), es tan probable como que hubieran existido los hombres de un ojo y otros con hocico de perro, o los hombres con cola, o las amazonas, que también menciona en sus páginas, donde la mitología grecolatina, el bestiario medioeval, Marco Polo y la novela de caballería hacen lo suyo.” (11)

Lo único novedoso en todo esto fue la denominación, porque los personajes de fantasía venían acompañando a los europeos aún desde antes de haber iniciado el viaje. Después, los imaginarios caníbales saltaron de las islas caribeñas a Centroamérica; siguiendo el derrotero de los invasores, fueron entrevistos entre aztecas y tlaxcaltecas, enfrentándose en guerras rituales –las guerras floridas- cuya única finalidad era la de tomar prisioneros por centenares para sacrificarlos como presuntas ofrendas a los dioses y devorarles el corazón. Fueron encontrados en el norte, resistiendo el embate civilizatorio de españoles, ingleses, holandeses y franceses. Reaparecieron hacia el sur, entre los guaraníes guerreando contra los invasores portugueses, y aún mas lejos todavía, hasta aparecer entre los araucanos y patagones. Todo un continente plagado de caníbales era un buen argumento para justificar el salvajismo civilizador. (12)

Dice Gabriel Cocimano que desde los inicios de la colonización europea en tierras americanas, los conquistadores concibieron al nativo como un ser abominable, y que, tal vez, esta concepción, sumada al temor y al oportunismo político, hayan sido los fundamentos para fetichizar al habitante de las tierras conquistadas y al propio continente y categorizarlo en torno al tópico de caníbal. (13)

Si Edmundo O'Gorman pudo hablar de la invención de América, con mayor razón nosotros podríamos hablar de la invención de los caníbales. Empezó a hablarse de ellos mucho antes de haber hecho contacto con los presuntos antropófagos caribeños; después la acusación de antropofagia se extendió a la mayor parte de los habitantes del Nuevo Mundo: “A partir del siglo XVI la figura del caníbal aparece en todas partes: se le encuentra en los grabados y en las crónicas de viajes, en los libros de caballerías y en los mapamundis; en las fiestas de corte y en los carnavales populares. A medida que los viajeros dan cuenta de su difusión en el nuevo continente, más allá del océano, su celebridad en Europa se extiende rápidamente”. (14)

Nadie había visto nunca un caníbal, pero sus imágenes se multiplicarían en los textos que hablaban del Nuevo Mundo. Las primeras xilografías presentando el desembarco de Colón todavía no los contenían, allí estaban los taínos, los indios buenos, dando la bienvenida al navegante genovés. Los artistas de los grabados se inspiraron en su mundo cotidiano y en la tradición medieval para componer por analogía las escenas. No eran representaciones de la realidad, traducían en imágenes lo que interpretaban de los relatos hechos por los viajeros. El estudioso Yobenj Aucardo Chicangana-Bayona comenta que las primeras imágenes de la carta de Colón están basadas en los Insularios y en las tradiciones medievales de los viajes a Occidente: las Hespérides y los viajes de San Brendan.

Aquellas imágenes, que ya eran fantásticas, fueron repetidas, adaptadas y cambiadas, pero lo que a nosotros nos interesa particularmente es señalar la aparición de los caníbales. La famosa viñeta que Lorenz Fries hizo entre 1525 y 1527 para el cosmógrafo Martín Waldseemüller reúne todos los elementos proporcionados por el diario colombino: un salvaje antillano, antropófago y con cabeza de perro. Después seguirán otras ilustraciones horrorosas, indígenas caribes representados con características agresivas, armados, semidesnudos, llevando la cabeza de una víctima o entregados a festines antropofágicos.

“El mito del caníbal como devorador de carne humana comenzó a ser forjado con Colón y Vespucio, y creció causando profundo espanto y horror en la sociedad europea. Estos comportamientos viciosos y salvajes de los aborígenes, desde la perspectiva occidental, sólo reforzaban la idea de la superioridad del europeo cristiano y justificaba la guerra justa, sus derechos como conquistadores y colonizadores para evangelizar y controlar los nuevos territorios”. (15)

Fue un proceso de verdadera intoxicación, tal vez hasta los propios invasores creyeran que se encontraban en una tierra poblada íntegramente por antropófagos, lo cierto fue que esta creencia les resultó útil para autojustificarse. Por eso comenta Chicangana-Bayona que “en la Real Cédula de 1503 se autoriza a los conquistadores españoles a esclavizar a los indios caribes bajo pretexto de su canibalismo y por haberse opuesto a sus requerimientos “pacíficos””.

(Continuará)


Notas

(7) Lo que llamamos Diario de Colón (“El diario de a bordo de Cristóbal Colón sobre el descubrimiento de América”) en realidad es un texto compendiado por Bartolomé de las Casas. Aparentemente el fraile dominico trabajó sobre una copia del original, haciendo extensos resúmenes en la mayor parte del diario, aunque hay pasajes en los que transcribe íntegramente la redacción colombina. Eso explica que en algunas partes el texto aparezca en primera persona, y que en otros momentos el escrito esté en tercera persona. El diario original fue entregado por Cristóbal Colón a los Reyes Católicos para ser incorporado a los archivos reales. Ese original desapareció. Todas las citas que hemos incorporado en este trabajo provienen de la versión digital del Diario de a bordo del primer viaje de Cristóbal Colón, tomado de Wikisource, y cotejado el 31.7.2014 en:

http://es.wikisource.org/wiki/Diario_de_a_bordo_del_primer_viaje_de_Crist%C3%B3bal_Col%C3%B3n:_texto_completo

(8) Ramírez Alvarado, María del Mar; “Mitos e información: geografía fantástica y primeras apreciaciones del continente americano”, en Revista Latina de Comunicación Social número 8, de agosto de 1998; La Laguna (Tenerife). Cotejado el 31.7.2014 en:

http://www.ull.es/publicaciones/latina/biblio/actasjovenes/60alva.htm

(9) En el trabajo de Paolo Vignolo “HIC SUNT CANIBALES: EL CANIBALISMO DEL NUEVO MUNDO EN EL IMAGINARIO EUROPEO (1492-1729)” se comenta la interpretación que hacen los españoles de las palabras y gestos de los arauacos. En una llamada al pié dice: “Vale la pena subrayar que los dos pueblos monstruosos nombrados por Colón son los primeros del catálogo de las fabulosas razas plinianas redactado por Isidoro de Sevilla, que aparecen también en la Imago Mundi de Pierre D’Ailly, libro de cabecera del Almirante genovés: “Los cinocéfalos, los cíclopes, los blemmies, los panoti, los artabatitos, los sátiros y faunos de pies torcidos, los sciapodes, los antípodas, los hipopodas leves en el correr, los macrobos de legendaria longevidad y los pigmeos, en perpetua guerra contra las grullas, que ellos pelean montados sobre chivos.” Citado en Frank Lestringant; Le cannibale: Grandeur et décadence, París, Perrin, 1994, p. 44”

(10) El estudio del patrimonio teratológico medieval es abordado por Ofelia Manzi y Patricia Grau-Dieckmann en “Los monstruos en el medioevo: su ubicación en el espacio geográfico”. En ese trabajo las autoras señalan que hacia el 500 a.C., Heródoto de Halicarnaso recoge muchas de las antiguas fábulas en sus “Historias”. Y agregan: “La “Historia Natural” (de Plinio el Viejo) —conocida de manera directa o por medio de la “Colección de cosas memorables” de Cayo Julio Solino, polígrafo del siglo III— es la base del conocimiento sobre los seres monstruosos en la Edad Media. Otra fuente fundamental son las “Noches áticas” de Aulo Gelio, escritas hacia 146, en las que el autor recoge antiguas tradiciones referidas a seres maravillosos mencionados por otros autores tales como Tácito, Suetonio y Apuleyo. Otra obra fundamental para la cuestión es “Las bodas de Filología y Mercurio” escrita por Marciano Capella en el siglo V. El libro sexto de esta obra contiene una compilación del tema y su importancia radica en que fue uno de los textos más difundidos durante la Edad Media.”

(11) Fernández Retamar, Roberto; “Caliban”, en Todo Cqaliban, pp.24-25. Para nuestro trabajo hemos recurrido a la versión de la Biblioteca digital de CLACSO, cotejada el 31.7.2014 en:

http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/caliban/caliban.html

(12) “Desde el Descubrimiento, los europeos reportaron antropófagos por doquier, creando una suerte de afinidad semántica entre el canibalismo y América. En los siglos XVI y XVII el Nuevo Mundo fue construido cultural, religiosa y geográficamente como una especie de Canibalia. En las islas del Caribe, luego en las costas del Brasil y del norte de Sudamérica, en Centroamérica, en la Nueva España y más tarde en el Pacífico, el área andina y el Cono sur, el caníbal fue una constante y una marca de los “encuentros” de la expansión europea”. Jáuregui, Carlos; Canibalia. Canibalismo, calibanismo, Antropofagia cultural y consumo en América Latina, Iberoamericana Editorial Vervuert, 2008 p. 15.

(13) “La fuerza simbólica del concepto canibalismo contiene, en la trama latinoamericana, resonancias tan intensas que definen acontecimientos y representaciones históricas, políticas y sociales desde los lejanos tiempos coloniales hasta la actualidad. Antropofagia ritual, canibalismo simbólico, apropiación, posesión, consumo, manipulación, voracidad: todos tópicos que definen la relación conquistador-conquistado, imperialismo-colonialismo, Occidente-Otro. De la utilización política del caníbal a través de la deshumanización del Otro hasta la metáfora del cuerpo (social) consumido por el capital, la antropofagia también constituye una alegoría de la apropiación y digestión latinoamericana de las virtudes y habilidades del conquistador para transformar sus códigos, lenguajes y culturas en términos locales y autónomos.” Cocimano, Gabriel; “El canibalismo como alegoría de la relación Occidente-Latinoamérica”. Escáner Cultural, Revista Virtual de Arte Contemporáneo y Nuevas Tendencias; año 8Número 87 - Septiembre 2006. Cotejado el 31.7.2014 en:

http://www.escaner.cl/escaner87/ensayo.html

(14)Vignolo, Paolo; “HIC SUNT CANIBALES…”, Op. cit.

(15) Chicangana-Bayona, Yobenj Aucardo; “El nacimiento del Caníbal: un debate conceptual”. Historia Crítica No. 36, Bogotá, julio-diciembre 2008, pp 150-173

 

martes, 11 de agosto de 2020

Los caníbales

 Resumen

Las ideas, los conceptos y las categorías no nacen de la nada ni en el vacío histórico. El término Caníbal tiene una fecha muy precisa de nacimiento: el 23 de noviembre de 1492. Surgido de equívocos, supersticiones y prejuicios de los primeros europeos llegados a América, el caníbal se convirtió en la excusa perfecta para demonizar a toda la población del continente. Los recién llegados contaban con la fuerza material, militar y tecnológica para avanzar con la conquista, y a ello sumaron la fuerza ideológica, uno de cuyos componentes fue la denigración del nativo americano.

Este trabajo pretende recorrer un largo camino que arranca mucho antes de que los europeos se lanzaran a la Mar Océana intentando llegar a la India. Los navegantes traían algo más que mitos y supersticiones con los que armaron su imagen del caníbal, traían su propia experiencia en la materia. Hicieron un horroroso perfeccionamiento de la antropofagia, y no sólo canibalizaron América, sino que proyectaron su voracidad sobre África, además de haber instalado una leyenda que perdura hasta nuestros días.


Introducción

El hallazgo de América por parte de los europeos fue una verdadera revolución desde el punto de vista geográfico, económico y político. Para ellos el mundo creció hasta convertirse en esa imponente esfera entrevista por los pensadores más lúcidos de la antigüedad, hasta alcanzar las dimensiones estimadas por Eratóstenes de Cirene 17 siglos antes. Un nuevo continente repleto de riquezas se abrió a la codicia de aventureros y conquistadores, inmensos territorios de belleza paradisíaca fueron descriptos por exploradores y viajeros, y los nuevos estados surgidos de las entrañas del feudalismo se lanzaron en forma frenética a la conquista de colonias y la formación de imperios de alcance mundial.

A partir de 1492 todo empezó a ser distinto en el mundo. Durante el siglo XV se había estado incubando un nuevo sistema social en el viejo continente, la imprenta había abierto nuevas posibilidades de expansión a la cultura y el conocimiento, y ese mismo año las tropas castellanas y aragonesas habían derrotado a los árabes en la Península Ibérica. Los pensadores –los buenos pensadores- fantaseaban con territorios lejanos en los que sus habitantes vivían en comunión con la naturaleza: eran los utopistas. Ellos se referirían a los aborígenes americanos como seres que parecían vivir de un modo semejante al que imaginaban en los “buenos salvajes” de los albores de la humanidad.

La noticia sobre los fabulosos yacimientos de oro y plata existentes en el nuevo continente movilizó a miles de expedicionarios. Llegaban con sus sueños y fantasías, con su historia y su cultura, con su religión y con sus armas. Y como era de imaginar, también traían consigo sus prejuicios, sus supersticiones, su codicia y sus caníbales.

Hambrientos de riquezas se lanzaron sobre los nuevos territorios y diezmaron una población aborigen calculada en más de 60 millones de personas. Un siglo después del arribo de los conquistadores sólo quedaban unos 3 millones de indígenas. El genocidio, medido en términos absolutos o relativos, fue el mayor de toda la historia de la humanidad. La voracidad de los recién llegados no tenía límites: para saquear los recursos del nuevo mundo necesitaban mano de obra esclava, por eso a medida que fueron terminando con la que existía en América organizaron la caza de negros en África. 10, 15, 20 millones de africanos fueron arrancados de su lugar de nacimiento para reemplazar a los habitantes que habían sido exterminados en este continente.

Era la antropofagia en su expresión más alta: se tragaba a decenas de millones de seres humanos de uno y otro lado del Atlántico, se tragaba su historia, su cultura, sus territorios, las riquezas que ellos habían producido o con las que habían convivido. Devoradores insaciables, se comían no sólo a los cuerpos de sus víctimas. Los caníbales sin embargo no se reconocían a si mismos como caníbales. Por el contrario, aunque el canibalismo venía con ellos desde el fondo de su propia historia, pusieron en los habitantes de América ese estigma, luego lo hicieron extensivo a los africanos que ellos mismos devoraban, y posteriormente atribuyeron la antropofagia a los naturales de otros territorios que querían ocupar. Todo otro destinado al sometimiento y la explotación fue demonizado y estigmatizado. De todo esto hablaremos en las próximas páginas.


Los caníbales de Maarat (1)

“Pisa ligero.

No creo que la superficie de la Tierra esté hecha sino de restos de cuerpos”

Abul-Ala al-Maari

 

Cuatro siglos antes de que los europeos llegaran al nuevo mundo para sembrarlo de imaginarios caníbales, otros europeos iban a avanzar en santa cruzada por Medio Oriente mostrando que la antropofagia no era pura fantasía.


Los habitantes de la ciudad siria de Maarat vivían apaciblemente hasta que llegaron los cruzados; disfrutaban de la modesta prosperidad que les proporcionaban sus viñedos, sus olivares y sus campos de higueras. Maarat era la patria del poeta ciego Abul-Ala al-Maari, quien había sido un libre pensador, capaz de afirmaciones tan osadas como la de clasificar a los habitantes de la tierra en dos categorías: los que tienen cerebro pero no religión, y los que tienen religión pero no cerebro. Ya hacía cuatro décadas que había fallecido, cuando a fines de noviembre de 1098 llegaron los cristianos al mando de Bohemundo y pusieron cerco a su ciudad natal. Maarat sólo disponía de una pequeña milicia urbana a la que se sumaron algunos centenares de jóvenes sin ninguna experiencia combativa. Durante dos semanas opusieron una desesperada resistencia a los ataques de los francos, pero finalmente la defensa fue quebrada, los invasores superaron las murallas y después pasaron a cuchillo a toda la población. Fue una carnicería horrorosa, pero todavía faltaba algo más.

Los rubios guerreros llegados desde occidente destrozaron los cuerpos de sus víctimas, los asaron y luego los devoraron. Una acción tan bestial perduraría en la memoria de los pueblos de Medio Oriente durante los próximos siglos, cronistas y poetas repetirían la historia, para que nadie olvidara que los caballeros de la cruz y la espada eran antropófagos. Pero el recuerdo de aquella crueldad aberrante no sería consignado únicamente por las víctimas del crimen, también los cronistas que acompañaban a las fuerzas invasoras darían fe de aquellos hechos. Raúl de Caen escribiría: “En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados”. Y Alberto de Aquisgrán, quien participó en aquellos sucesos, comentó: “¡A los nuestros no les repugnaba comerse no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado sino tampoco a los perros!”

Había algo de dionisíaco en esas escenas horrorosas, pero la imagen de la deidad pagana había sido sustituida por la del Crucificado, tras ella venían los sacerdotes entre los que se contaban sinceros trabajadores por la salvación de las almas, astutos predicadores que acomodaban su discurso a las disposiciones papales, y fanáticos religiosos dispuestos al martirio propio y, sobre todo, a la inmolación ajena. A continuación vendría un ejército formado por aventureros enfundados en armaduras, campesinos convencidos por las arengas de los predicadores, bandas de desarrapados atraídos por las perspectivas de pillaje. Esa extraña fuerza armada sembraría el terror a su paso y se encargaría de cazar a las víctimas que serían inmoladas en el festín orgiástico. La columna invasora traía una peligrosa borrachera, la provocada por varios días de continuas matanzas, perdido ya todo límite de cordura. Como en el antiguo ritual el cuerpo del dios iba a ser sustituido por el de las víctimas propiciatorias que serían sacrificadas, destrozadas y devoradas

En las semanas siguientes los cruzados seguirían cometiendo atrocidades en los alrededores de la ciudad mártir de Maarat. Hordas de francos fanatizados hasta la bestialidad recorrerían el campo gritando que querían comer carne de sarracenos; y en la noche se los vería junto a las hogueras devorando a sus presas. Amin Maalouf, al referir la historia de las cruzadas desde el lado musulmán, pone mucho cuidado en contrastar la información con la versión dada por los invasores occidentales:

“Los relatos que se refieren a los actos de canibalismo cometidos por los ejércitos francos en Maarat en 1098 son numerosos —y concuerdan— entre los cronistas francos de la época. Hasta el siglo XIX, aún aparecen con todo detalle en los escritos de historiadores europeos. Tal es, por ejemplo, el caso de la Histoire des croisades, de Michaud, publicada en 1817-1822. Véase tomo I, páginas 357 y 577, y Bibliographie des croisades, páginas 48, 76, 183, 248”. (2)

Pero al llegar al siglo XX la información desaparece o se minimiza. En A History of Crusades, de Stephen Runciman, sólo hay una alusión: “reinaba el hambre... el canibalismo parecía la única solución” (3). Así, en apenas una línea, se esfuma de la historia todo el horror sufrido por la ciudad mártir. Los civilizados caníbales son exculpados de sus crímenes, y como en un espejo que devuelve la imagen invertida, los victimarios se vuelven inocentes y las víctimas serán culpabilizadas. Los recuerdos se hacen maleables en manos de estos cómplices que a un milenio de distancia adecuarán el relato y su interpretación al gusto de los poderosos. La historia escrita por los que ganan oculta la otra historia, la verdadera historia.

Los mismos fanáticos que se habían lanzado sobre los pueblos de Medio Oriente sembrando la destrucción y la muerte, atribuirán a otros crímenes tan aberrantes como los cometidos por ellos. Y cuando decimos “los mismos” no lo decimos en sentido individual o generacional, sino como sociedad o como sistema, porque serán europeos que se reconozcan en la historia de las cruzadas y que se consideren sus herederos, los que acusarán a otros de cometer crímenes horrorosos y canibalismo. Lo harán con presuntos hechiceros e imaginarias brujas, a quienes atribuirán pactos con el diablo, pecados de demoniolatría, conjuras maléficas y la reunión en aquelarres donde devorarían a niños secuestrados y asesinados.

La prescripción bíblica para eliminar a las hechiceras fue tomada literalmente (4), y a lo largo de siglos los nuevos cruzados se dedicaron a quemar en hogueras y a cocer en calderos a herejes, hechiceros y brujas. Cátaros, albigenses y valdenses padecieron los rigores de Fernando III, el monarca castellano, quien no ahorró penalidades a los herejes. “Él mismo, con su propia mano, les arrimaba la leña y les pegaba fuego” (…) “Los Anales Toledanos refieren que en 1233 San Fernando enforcó muchos homes e coció muchos en calderas”. (5)

La acusación de adorar al diablo y organizar banquetes canibalescos no se dirigiría sólo contra los herejes, también abarcaría a brujas y judíos. En otros momentos gitanos y musulmanes cargarían con el estigma, a ellos seguirían los pobladores del nuevo mundo, los africanos y, en definitiva, todos los destinados a la explotación y el exterminio. Al respecto es ilustrativo este pasaje de Silvia Federici:

“Cuando Colón navegó hacia la “India”, la caza de brujas aún no constituía un fenómeno de masas en Europa. La acusación, no obstante, de adorar al Demonio como un arma para atacar a enemigos políticos y vilipendiar a poblaciones enteras (tales como los musulmanes y los judíos) ya era una práctica común entre las élites. Más aún, como escribe Seymour Philips, una “sociedad persecutoria” se había desarrollado dentro de la Europa Medieval, alimentada por el militarismo y la intolerancia cristiana, que miraba al “Otro”, principalmente como un objeto de agresión”. (6)

Esa era la sociedad que a fines del siglo XV se lanzó a la conquista del mundo. La diferencia entre religión y superstición era muy tenue, la creencia en un Dios todopoderoso, poseedor de toda la perfección y toda la bondad no excluía la creencia en otros espíritus sobrenaturales ni en seres malignos y monstruosos capaces de causar daños físicos o de arrastrar a la perdición de las almas. Se creía en la existencia de Dios, y de su enemigo, el Diablo, pero también de hechiceros, brujas y ogros. Todo lo extraño y distinto podía ser portador del mal, había un enemigo potencial en cualquier creencia que no fuera la propia. Los europeos tenían tras de sí varios siglos de guerras religiosas, persecuciones sectarias e invenciones de fantasías para autojustificarse por sus crímenes aberrantes. Los cristianos habían batallado contra los musulmanes, en el mismo momento en que se lanzaban a la conquista del mundo iniciaban una horrorosa limpieza étnica en la Península Ibérica. Pero antes, ese cristianismo triunfante, había combatido contra otros cristianos que discrepaban, y las persecuciones y matanzas de los adversarios internos habían sido el preludio de las que después practicarían en el Nuevo Mundo.

El odio sectario se prolongaba más allá de la muerte del enemigo, no sólo se invocaba la condenación eterna de su alma, sino que el propio cadáver era objeto de ensañamiento y venganza. Cuando los cruzados devoraban a sus víctimas en Maarat no lo hacían para saciar el hambre, el festín canibalesco buscaba prolongar la crueldad contra el vencido. Y si en ese caso podía tratarse de un exceso, de un momento de desahogo por el rencor acumulado contra quienes habían osado resistirse, hay otro ejemplo que ilustra mucho más crudamente la práctica vejatoria de los cadáveres.

Nueve meses después de su muerte el cuerpo del Papa Formoso fue exhumado por su sucesor, Esteban VI, para someterlo a juicio en el llamado Concilio cadavérico. El cuerpo sufrió allí una mutilación parcial, la de los tres dedos con que impartía las bendiciones. En los años siguientes Formoso sería rehabilitado y nuevamente condenado por otros ocupantes del trono pontificio, y sus restos continuarían siendo ultrajados por sus enemigos. Con esa historia, con esas costumbres, con sus ambiciones y su afán de rapiña llegarían los blancos, los cristianos, los europeos, los caníbales a nuestro continente.

(Continuará)

 

Notas

(1) Este título peca de cierto anacronismo, porque el término caníbal no existía a fines del siglo XI, pero siempre hablamos del pasado desde nuestro presente, y éste está nutrido con palabras, conceptos y categorías que no siempre existían en el momento de los acontecimientos que evocamos. Podríamos haber dicho “Los antropófagos de Maarat”, y, en ese caso, la imagen habría sido incompleta, porque cualquier carroñero podría ser antropófago, y a lo que queremos referirnos es a hombres devoradores de otros hombres, a seres humanos comiendo a otros seres humanos, ya sea por necesidad, por odio o como un homenaje familiar o religioso. En nuestro caso lo que hemos hecho es recuperar el título del tercer capítulo del libro de Amin Maalouf, Las Cruzadas vistas por los árabes, donde se reseñan los acontecimientos que aquí comentamos.

(2) Maalouf, Amin; Las Cruzadas vistas por los árabes, Alianza Editorial, Madrid, 1989, nota al capítulo 3.

(3) Runciman, Stephen; A History of Crusades, tomo I, p. 261, Cambridge University, 1951-1954; citado por Amin Maalouf en la nota al capítulo 3, op. Cit.

(4)"A la hechicera no la dejarás que viva" (Éxodo 22:18).

(5) Menéndez Pelayo, Marcelino; “Historia de los cátaros, los albigenses y los valdenses”; cotejado el 31.7.2014 en:

http://www.thecult.es/Cronicas/historia-de-los-cataros-los-albigenses-y-los-valdenses.html

(6) Federici, Silvia; Calibán y la bruja, traducción de Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza, Tinta Limón, Buenos Aires, 2010, p. 326.

miércoles, 5 de agosto de 2020

En el bicentenario de Engels

El próximo 28 de noviembre se cumplen 200 años del nacimiento de Friedrich Engels. Su nombre está indisolublemente unido al de otro genio del siglo XIX, Karl Marx, junto a él construyó la teoría que desde entonces ha venido guiando a los luchadores anticapitalistas en todo el mundo. Fue un intelectual enorme, sus conocimientos e intereses iban desde la filosofía y la historia hasta la antropología y la sociología, pasando por la política y la economía. Era un enciclopedista al que no sólo le atraían las ciencias sociales, durante toda su vida se interesó por los adelantos técnicos y por lo que hoy llamaríamos ciencias puras; durante diez años hizo anotaciones para un libro -Dialéctica de la naturaleza- obra que quedaría inconclusa y que recién sería publicada 30 años después de su muerte. Si bien para entonces muchos de los postulados habían quedado obsoletos, genios de la talla de Albert Einstein consideraban que debían ser conocidos por un público amplio, y el biólogo británico John B. Haldane escribiría un prólogo para su versión inglesa. Marx diría que su amigo era un verdadero diccionario universal, capaz de trabajar a cada hora del día o de la noche, comido o en ayunas, veloz en escribir y comprender.

Un elogio de ese calibre no deja dudas sobre la admiración que el genio de Tréveris sentía por Engels. Ya lo había manifestado al leer su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra que aquel escribiera cuando sólo tenía 25 años; no por casualidad ambos se asociarían en una producción intelectual que duraría toda la vida y que llevaría a uno de sus biógrafos a decir: “Marx y Engels forman la pareja más importante de la filosofía política”.

Pero su proverbial modestia lo hizo ubicarse en un segundo plano –Segundo violín se llamaría a sí mismo- un ejemplo entre miles lo encontramos en el prólogo a su obra de 1888, “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”:

“Últimamente se ha aludido con insistencia a mi participación en esta teoría; no puedo, pues, por menos de decir aquí algunas palabras para poner en claro este punto. Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundamentación, y sobre todo en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté —si se exceptúa, todo lo más, dos o tres ramas especiales— pudo haberlo aportado también Marx aun sin mí”.

Ambos revolucionarios fueron objeto del odio más visceral por parte de sus enemigos de clase. Tras la muerte de Marx todo el fuego enemigo se concentró sobre Engels; fue menoscabado y escarnecido desde las más distintas posturas político-intelectuales, Atilio Boron señalaría que:

“En el repudio a Engels coinciden arrogantes "marxólogos", rencorosos "ex marxistas", pensadores burgueses de los más diversos colores. (…)"Marxólogos" y renegados concuerdan en sus acusaciones: Engels habría sido apenas un mediocre "divulgador" de la obra teórica de Marx, a la que simplificó y distorsionó al popularizarla en clave positivista y evolucionista debido a su radical ineptitud para comprender la dialéctica y para captar las profundidades del pensamiento marxiano”.

Muchas de las más impiadosas críticas dirigidas en contra del amigo de Marx se originaron en el propio campo del marxismo, y durante la segunda mitad de la década del sesenta y parte de los años setenta aquéllas llegaron a adquirir una virulencia inusitada. No por casualidad fueron ésos los años en que el pensamiento socialista se encontraba totalmente dominado por el así llamado "marxismo occidental.

El lunes 5 de agosto de 1895 falleció Friedrich Engels

Su gran amigo había fallecido 12 años antes, a partir de aquel momento Engels asumió la enorme tarea de continuar dando forma a la monumental obra que dejara inconclusa. Es habitual hacer referencia a su trabajo en la elaboración de los tomos II y III de El Capital, pero para poder llevarla a cabo antes tuvo que ordenar la enorme cantidad de manuscritos que recibiera como legado. Entre sus planes estaba preparar para la imprenta algunas obras de Marx, reeditar otras que ya estaban agotadas y elaborar una biografía de su camarada teniendo como referencia toda la correspondencia acumulada. Si antes se había definido a sí mismo como un “segundo violín”, desde 1883 en adelante puso todo su empeño en dar a publicidad la obra de su amigo aún a costa de postergar su propia obra.

Quienes lo visitaron a partir de 1883 lo recordarían trabajando primero en el desciframiento y luego en el ordenamiento de la enorme cantidad de manuscritos. La caligrafía de Marx era todo un desafío para quien no la conociera, cuando algún visitante le preguntaba a Engels cuándo estarían listos los tomos II y III de El Capital les mostraba el material a partir del cual realizaba la tarea. Según esos testigos el Tomo II fue más “fácil”, aunque primero hubo que interpretar los originales y volcarlos a una escritura más legible, la ligazón entre los manuscritos pudo desarrollarse en forma rápida: apenas dos años de trabajo. Pero el III Tomo demandó casi diez años. Ya no alcanzaba con un secretario copista tomando notas a partir del dictado de Engels; eran innumerables los pasajes en que sólo había una descripción apenas esbozadas, tramos en los que con pocas palabras se anunciaba un tema que sería desarrollado más adelante… y que nunca lo fue. Allí el trabajo no fue únicamente de interpretación sino de creación lisa y llana. A partir del profundo conocimiento de la teoría y de la multiplicidad de apuntes Engels debió elegir y hasta crear una redacción posible. En un discurso conmemorativo Fidel Castro dijo que al hacer aquella tarea monumental Engels había puesto también su firma junto a la de Marx en la culminación de la obra más importante de la filosofía política.


Hoy se cumplen 125 años de aquella noche en que Friedrich Engels dejó de existir. El cáncer de esófago ya le había privado del habla, sólo podía comunicarse escribiendo notas brevísimas, anticipándose al final redactó su testamento el 29 de julio. Buena parte de su fortuna fue legada al Partido Socialdemócrata Alemán, también su biblioteca y sus papeles. Fue su expreso deseo que sus restos fuesen incinerados y que las cenizas se arrojaran al mar.