viernes, 30 de marzo de 2018

Jorge Di Pascuale

AVANZADA, de memoria (IX)
Jorge Di Pascuale

El 28 de marzo de 1968 se realizó el Congreso Normalizador “Amado Olmos” que dio nacimiento a la CGT de los Argentinos. La nueva central abrió las puertas a las agrupaciones que, como la nuestra, manifestaban su voluntad de luchar por los intereses de los trabajadores. Frente al enemigo común todos sosteníamos una misma disposición para la unidad en la acción. Pero no todo era tan idílico, y las diferencias y roces entre los distintos participantes de la CGT A planteaban problemas que no siempre eran de fácil resolución. Las mayores tensiones se producían entre los sindicatos y agrupaciones de claro perfil peronista, con aquellos que manteníamos posiciones más de izquierda. Pero aún hacia el interior de estos dos bloques principales se producían desinteligencias y cortocircuitos. Nunca es fácil mantener la unidad de fuerzas, máxime cuando estas tienen un origen heterogéneo, cuando hay marcadas diferencias ideológicas y políticas, y cuando hay sectores más dispuestos a la ruptura que a la integración.
Si bien estos problemas se daban dentro de otros de mayor gravedad no por eso dejaban de tener su importancia. Cada tanto se producían crisis, y era necesario hacer esfuerzos reunificadores, limar asperezas, restañar algunas heridas y buscar fórmulas de consenso para disminuir los chisporroteos y evitar las rupturas. Recuerdo uno de esos episodios, no en sus detalles, sino en la actitud de Jorge Di Pascuale. Era el Secretario General del Sindicato de Farmacia, un flaco de trato agradable, de apariencia sencilla y bondadosa, que sin embargo irradiaba una gran autoridad. Tenía una forma de hablar suave y tranquila, un tono de voz amistoso que desarmaba cualquier disposición beligerante.
Seguramente fue alguna declaración de prensa con un grado de definición partidaria irritativo lo que disparó la discusión en aquella oportunidad. Las palabras habrían ido creciendo en intensidad, los ánimos se habían encrespado, y todos estábamos más cerca de la pelea que de la reconciliación. Alguien tenía que componer ese entuerto, y uno de los reunidos se fue hasta otra oficina a buscar a Jorge. El vino y nos habló a todos con su forma tranquila y afectuosa, pero lo importante no fue el tono de su intervención, sino sus palabras. Hoy no podría reproducir lo que dijo, pero sí puedo afirmar que el sentido de su discurso fue una crítica a los bandeos sectarios, una invocación a la unidad, y un reclamo para encauzar la discusión de los puntos de vista contrapuestos. Es imposible eliminar las diferencias, porque todos los procesos se desarrollan en base a sus contradicciones internas, pero es imprescindible moderar esas contradicciones si se quiere un avance y no el estallido de las fuerzas propias.
Aquel fue un episodio, uno más entre muchos otros, pero tuvo su peso propio y lo marcó para siempre en mi memoria. En otras oportunidades volví a escuchar a Jorge, siempre con su expresión amable, con la palabra justa, con un mensaje unificador. Yo prestaba mucha atención a lo que él decía porque sus palabras tenían un contenido que iba mucho más allá de lo doctrinario. Nunca lo escuché en una asamblea, ni en un discurso de barricada, pero pienso que aún en esas circunstancias su tono habría sido igualmente sereno y convincente. Hay quienes sostienen que un gesto, una actitud en un momento, o una simple palabra, revelan todas las virtudes o defectos de una persona. No estoy convencido de que sea así, pero aquella actitud suya en esa reunión en el Sindicato de Farmacia, me parece que puede ser considerada como el punto de síntesis de lo que fue Jorge.
Mi trato con él siempre fue en el marco de esas reuniones, además, una cierta timidez me retraía frente a compañeros de mayor trayectoria y responsabilidad. Después otras contingencias de la militancia volvieron menos frecuentes las visitas a aquel sindicato. Cuando la CGT de los Argentinos dejó de funcionar, pusimos nuestros esfuerzos en otros proyectos, pero siempre conservamos un gran respeto por los compañeros de Farmacia. Después vino el golpe del 76, y todos los horrores de la peor dictadura de nuestra historia.
Todos pagamos un muy alto precio por haber sido consecuentes en la lucha por un mundo mejor. Una de las víctimas de aquel genocidio fue Jorge Di Pascuale. En la madrugada del 29 de diciembre de 1976 fue secuestrado. Con posterioridad fue reconocido por otros detenidos en El Vesubio, y después no hubo más noticias de él.
Luego pasaron 33 años hasta que sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Cuando leí esa noticia sentí una gran emoción, y volví a tener frente a mí a aquel Jorge que a fines de los 60 se había interpuesto entre los bandos en disputa, como un padre entre dos hermanos que están a punto de irse a las manos.

jueves, 29 de marzo de 2018

Raimundo Ongaro

AVANZADA, de memoria (VIII)
Raimundo Ongaro

La CGT de los Argentinos había estipulado desde un principio que podían participar en ella los sindicatos, las agrupaciones y los trabajadores que quisieran sumarse. Eso era así desde el punto de vista declarativo, pero es obvio que no se podía otorgar un rango igual a un sindicato que a una agrupación sindical por muy desarrollada que ésta fuera. Además había otro problema, si un sindicato formaba parte de la CGT, las agrupaciones que militaban en ese sindicato no podían reclamar un reconocimiento por parte de la central sindical. Esto era bastante razonable, porque se habría devaluado la representatividad del sindicato si se reconocía un status igual a una agrupación del mismo gremio.
En nuestro caso FOETRA no sólo estaba afiliada a la CGT A, sino que Guillán formaba parte de la conducción. Nosotros teníamos críticas hacia él, pero eso no tenía por qué ser considerado un argumento válido para que se nos reconociera. Además éramos lo bastante sensatos como para no ponernos pesados con una exigencia de ese tipo. Es más, creo que ni se nos pasó por la cabeza esa posibilidad, y aceptamos las reglas del juego. Comenzamos a participar de reuniones y tareas, fuimos sumándonos a los actos y movilizaciones, distribuíamos la prensa, y nos relacionábamos con otros compañeros del movimiento obrero.
Pero FOETRA empezó a tomar distancia de la CGT A Hasta que llegó un momento en que se desvinculó de hecho. Se produjeron algunas críticas a Guillán, al principio con cierta mesura, y luego con mayor virulencia. Incluso hubo un intento de promocionar a Jorge Ribot como figura de reemplazo. En febrero de 1969 se le hizo una nota en el periódico, con fotografía y todo, pero el coqueteo de Ribot finalizó rápidamente, hizo una pública demostración de lealtad hacia la conducción del sindicato, y FOETRA dejó de participar en la CGT de los Argentinos.
No sé si fue antes o después de esa ruptura que nosotros nos entrevistamos con Raimundo Ongaro. En realidad reunirse con él no era demasiado difícil, no era un burócrata con el que había que solicitar turno. Si uno estaba por allí y él estaba desocupado no ponía reparos en recibir a los compañeros. A pesar de eso nosotros fuimos muy formales y le solicitamos la entrevista a través de Raúl Aragón, un viejo amigo nuestro que colaboraba como abogado de Gráficos y de la CGT A.
Nos recibió y estuvimos conversando largamente con él. En realidad tendría que haber dicho que él estuvo conversando largamente con nosotros, porque su característica era hablar extensamente. Tenía algo de predicador, pero lo hacía con criterio, no era un charlatán de feria. Muchos le adjudicaban cierto mesianismo, pero si hablaba mucho también era mucho lo que hacía, y en líneas generales durante aquellos años difíciles demostró una consecuencia inobjetable.
Nuestro objetivo era simplemente conocerlo y darnos a conocer. Le acercamos algunos boletines, le comentamos sobre las características de la agrupación, y le reiteramos nuestra adhesión a la central que él conducía. No esperábamos mucho más de ese encuentro, por eso salimos satisfechos de la reunión. No buscábamos colgarnos del brazo de los dirigentes, ni que se nos reconocieran jerarquías especiales. Volveríamos a cruzarnos con él en otras oportunidades, y en mi caso particular, compartiríamos un mismo lugar de destierro. Pero eso ocurrió mucho después.

Raúl Aragón

Dije que Raúl Aragón fue quien gestionó la entrevista con Raimundo Ongaro, y eso hace que sea un buen momento para hablar de él. Raúl era un viejo amigo, había trabajado en ENTEL como operador de tráfico en su época de estudiante. Risueñamente decía que había tenido una beca en la empresa para poder estudiar Derecho. Cuando años después me puse a recopilar información sobre la huelga telefónica de 1957 me sorprendió con su interés por contarme una anécdota sobre la militancia sindical de su padre.
Si la traigo a colación es porque explica en parte la relación de Raúl con los gráficos. Su padre había militado en ese gremio en años del peronismo, era un socialista que parecía gozar de bastante predicamento entre sus compañeros, y era un decidido opositor al gobierno. Los dirigentes del sindicato habrían tenido un vicio muy común en la época, la de subordinarse a los dictados gubernamentales y tratar de acallar las voces contestatarias. La descripción no los favorecía mucho, más bien los pintaba como uno serviles que ni siquiera sabían mediar para posicionar mejor al gremio con respecto al gobierno. En ese contexto hubo una asamblea en la que intervino el padre de Raúl, con una oratoria encendida y con buena adhesión de los asambleístas. Según el relato, éstos habrían manifestado su respaldo gritando “¡Aragón!, “¡Aragón!” Y desde el otro bando se lo hostigaba con el clásico “¡Perón!, ¡Perón“!”. Hubo enfrentamiento entre ambos bandos, y el padre de Raúl terminó con su traje roto. Lo del traje roto parecía ser una cosa muy importante, porque el viejo Aragón era un tipo muy elegante, y valoraba su indumentaria de un modo especial.
Hasta allí la anécdota. Ignoro si tras el derrocamiento de Perón el padre de Raúl tuvo alguna función interventora en la Gráfica. Si fue así no parece que hubiese dejado secuelas graves, porque siguió teniendo buenos amigos entre los gráficos de extracción peronista. Raúl mismo tejió lazos de amistad con ellos y particularmente con Ongaro. Por eso formaba parte del equipo de abogados que colaboraba con la Gráfica y con la CGT de los Argentinos.
Alguien con poco conocimiento de la historia podría suponer que era imposible que un colaborador de los golpistas de 1955 pudiera tener buenas relaciones con peronistas combativos y que habían participado muy activamente de la resistencia. Sin embargo los ejemplos en contrario son numerosos, baste recordar que Cerruti Costa fue ministro de trabajo durante el efímero gobierno del General Eduardo Lonardi, y que luego formó parte del equipo de abogados de la CGT A, y que asesoró a varios sindicatos (entre ellos a FOETRA) durante la dictadura de Onganía.
Pero volvamos a Raúl. Fue un gran amigo y un buen compañero, siempre estuvo dispuesto a dar una mano en circunstancias complicadas, y colaboró no sólo como abogado sino con sus conocimientos históricos. Aún conservo un libro suyo sobre Manuel Belgrano y la educación, y recuerdo que nos brindó algunas charlas sobre pasajes de la historia argentina.
Tras el golpe de 1976 debió exiliarse en Francia, pero retornó al país inmediatamente después de la victoria de Alfonsín. Su compromiso antidictatorial fue genuino, y lo demostró formando parte de la CONADEP, donde tuvo a su cargo la Secretaría de Procedimientos.

miércoles, 28 de marzo de 2018

La CGT de los Argentinos

AVANZADA, de memoria (VII)
La CGT de los Argentinos

Fue a fines de marzo de 1968 cuando se produjo el Congreso Normalizador de la CGT, que fue bautizado con el nombre de Amado Olmos en homenaje al dirigente de la sanidad fallecido dos meses antes. Los cálculos de los sectores burocráticos más recalcitrantes fallaron, y Raimundo Ongaro fue elegido como Secretario General. La burocracia no aceptó la derrota, la Secretaría de Trabajo tampoco reconoció a la nueva conducción cegetista, y la central sindical quedó partida en dos.
El congreso tendría que haber tenido lugar en enero de ese año, pero las maniobras dilatorias de “participacionistas” y “colaboracionistas” –dos fracciones burocráticas de la CGT- hicieron que la reunión recién tuviera lugar el 28 de marzo. En encuentros preparatorios, se fueron definiendo posiciones muy enfrentadas. Por un lado estaban los que querían continuar con la dirección de la central con el único objetivo de ser interlocutores con el gobierno y los empresarios, detentadores de una representación que les asegurara privilegios y prebendas. Del otro lado estaban quienes levantaban posiciones más confrontativas, muchos de los cuales habían sido víctimas de los atropellos gubernamentales. Ninguno de los dos sectores eran grupos compactos y homogéneos, ambos tenían diferencias internas importantes, pero para ese momento particular las posiciones fundamentales aparecían bien diferenciadas.
En los días previos al congreso un punto de fricción fue sí podrían participar los sindicatos que habían sido intervenidos por el gobierno y aquellos que tenían la personería gremial suspendida. La burocracia más recalcitrante no quería aceptar esa participación pero almibaraba su rechazo con el argumento de no ofrecer blancos para que el gobierno pudiera desconocer la legitimidad del congreso. Desde el otro bando se respondía que impedir esa participación era como castigar dos veces a los trabajadores: la primera vez por parte del gobierno dictatorial, y la segunda por parte de sus compañeros sindicales.
La burocracia quería tranquilizar las aguas para mostrar su capacidad de manejo al gobierno, se especulaba con que eso permitiría que la dictadura se presentase internacionalmente mostrando una cordial relación con el movimiento obrero organizado, y como contrapartida normalizaría algunos sindicatos en los que previamente habría barrido las direcciones contestatarias. Entre las conducciones a ser sacrificadas (y entregadas a la burocracia) se mencionaba a ferroviarios, azucareros tucumanos, trabajadores de prensa y químicos. Ese era negocio redondo para la dictadura y la burocracia, y por eso mismo era algo inaceptable para las conducciones combativas.
A pesar de todas las maniobras para impedir la realización del congreso éste funcionó. Con cuórum holgado y con sólo 5 votos en blanco fue elegida la nueva conducción de la CGT. Así quedó constituida:

Secretario General: Raimundo Ongaro (Gráficos).
Secretario General Adjunto: Amancio Pafundi (UPCN).
Secretario de Hacienda: Enrique Coronel (Fraternidad).
Prosecretario de Hacienda: Pedro Avellaneda (ATE).
Secretario Gremial e Interior: Julio Guillán (FOETRA).
Prosecretario Gremial e Interior: Benito Romano (FOTIA).
Secretario de Prensa, Cultura y Propaganda: Ricardo De Luca (Navales).
Secretario de Previsión Social: Antonio Scipione (Unión Ferroviaria).
Vocales: Honorio Gutiérrez (UTA); Salvador Manganaro (Gas del Estado); Enrique Bellido (Ceramistas); Hipólito Ciocco (Empleados Textiles); Jacinto Padín (SOYEMEP); Eduardo Arrausi (FUVA); Alfredo Lettis (Marina Mercante); Manuel Veiga (TER); Antonio Machese (Calzado); Floreal Lencinas (Jaboneros); Félix Bonditti (Carboneros).

Antes de que concluyeran las deliberaciones el Secretario de Trabajo, Ruben San Sebastián, se reunió con Onganía y luego informó que el nuevo Consejo Directivo de la CGT no sería reconocido. A tono con la declaración gubernamental, los dirigentes que acababan de ser derrotados se reunieron en el local de la CGT, Azopardo 802, y decidieron declarar nulo el congreso, prorrogar el mandato de la Comisión que hasta ese momento había dirigido la central, y suspender a las representaciones de FOETRA, Navales, ATE, UPCN, Calzado, Jaboneros, Ceramistas, FUVA y Gráficos, ante el Comité Central Confederal. Entre los dirigentes que tomaron esta decisión destacaban los nombres de Augusto Vandor, Armando March, Rogelio Coria, Cavalli y Jerónimo Izetta.
El local de la central obrera nunca fue entregado a las autoridades surgidas del Congreso, la entidad quedó partida en dos, el sector burocrático fue conocido como CGT Azopardo (por el nombre de la calle donde se encuentra el local usurpado), y la nueva conducción se definió a si misma como CGT de los Argentinos.

Una de las primeras resoluciones de la nueva conducción obrera fue la de convocar a actos por el 1º de Mayo en todo el país. Ongaro encabezaría el acto programado en Córdoba, Amancio Pafundi lo haría en Buenos Aires, Julio Guillán cumpliría ese papel en Rosario y Benito Romano lo haría en Tucumán. El acto de Buenos Aires se programó para las 3 de la tarde en la Plaza de San Justo, en La Matanza.
Ya comenté que la capacidad de movilización del gremio telefónico había quedado muy disminuida luego de la represión por el paro del 1 de marzo de 1967. A pesar de eso nosotros nos propusimos participar del acto con los compañeros que pudiéramos reunir. Recuerdo que fuimos con Alfredo Falcone hasta cerca de la plaza de San Justo, pero los colectivos eran desviados del recorrido desde varias cuadras antes. En el que viajábamos nosotros se notaba la presencia de algunos pasajeros que tampoco conocían la zona, eran, presumiblemente, compañeros que estaban tratando de llegar al acto. A pesar de eso, nadie se mostraba muy dispuesto a sumarse a otros que no conociera, y todos fuimos bajando como si no tuviésemos nada que ver con la convocatoria.
Con Alfredo dimos algunas vueltas como para reconocer el terreno, incluso llegamos a pasar por delante de la plaza, y para nuestro asombro descubrimos que estaba exactamente frente a la comisaría de San Justo. Como diríamos en otras oportunidades con bastante humor negro: “Había más policías que gente”. El despliegue represivo no era intimidatorio sino aterrador, o tal vez el miedo nos hiciera ver aumentadas las fuerzas policiales. Frente a la comisaría había varias decenas de uniformados, y algunos de ellos tenían perros. En los alrededores alcanzamos a ver algún carro de asalto, y en la recorrida nos topamos con otros grupos policiales.
Era de suponer que además de los uniformados debía haber un montón de policías de civil. Algunos aparecían como muy reconocibles, vestidos de traje, con el pelo cortito, y mirando agresivamente a todo el que se les cruzaba. En una esquina vimos un grupito de cinco o seis policías, y uno de ellos me llamó la atención porque llevaba una cadena colgando de su muñeca. Debió darse cuenta de que andábamos buscando la movilización, porque se sonrió sádicamente y movió la cadena como para mostrar que pensaba usarla de látigo con los que se le pusieran delante.
Era obvio que no podíamos estar dando vueltas indefinidamente pues íbamos a terminar presos sin siquiera haber participado del intento de acto. Nos preguntábamos por dónde andarían los otros compañeros de la agrupación porque no llegamos a cruzarnos con ninguno de ellos. En cierta medida eso era lógico, después supimos que habíamos entrado por el lado equivocado, y que la movilización se armó desde un sector opuesto al nuestro.
Cuando empezaron a escucharse las detonaciones de las bombas de gas lacrimógeno y el sonido de las sirenas supimos que había comenzado la represión. Ya no podíamos llegar hasta donde estaban los demás, y la única alternativa era salir rápido de allí. Con Alfredo nos decíamos que nuestra participación no había sido muy digna, que el primer movimiento táctico que habíamos probado era la retirada, y que como combatientes dejábamos mucho que desear. No fuimos los únicos que no llegamos a lo que habría sido la columna, aunque otros compañeros de la agrupación participaron de ella por unos pocos minutos. Después vino la desbandada, y aunque hubo muchos detenidos ese día, ninguno de los nuestros cayó preso. Eso nos sirvió para poder responder a las críticas burlonas, diciéndoles que tampoco ellos parecían haber estado en la primera línea del combate.

martes, 27 de marzo de 2018

Algunos amigos a principios de 1968

AVANZADA, de memoria (VI)
Algunos amigos a principios de 1968

El contacto con compañeros de otros gremios se fue haciendo muy frecuente. Además de atender la cotidiana tarea dentro de Telefónicos nos prodigábamos en reuniones con militantes de Publicidad, Bancarios, Gráficos, del Seguro, Prensa y muchos más. Era lógico que con los amigos de publicidad la relación fuera mayor, eran quienes nos prestaban su casa para que pudiéramos funcionar. Ya mencioné a Ernesto Gutiérrez, el Secretario general del sindicato, la Secretaria adjunta era Lía Andrada. En las tareas con agrupaciones de distintos gremios los compañeros de Publicidad que participaban más frecuentemente eran Monona Casanello, quien también integraba la conducción del sindicato, y Rafael Lombardi, el abogado de la institución.
En la mayoría de los casos esos encuentros entre militantes de diferentes gremios eran provocados por la coyuntura, no se establecían vinculaciones de larga duración, pero servían para conocernos, aprender de algunos de ellos, contar nuestras propias experiencias. A todos nos interesaba una vinculación más permanente y organizada, sobraban los motivos para que eso fuese una necesidad.
Luego del golpe de estado conducido por Onganía –“le llaman Revolución”, diría irónicamente Gregorio Selser- la expresión “racionalización administrativa” había adquirido lúgubres resonancias. Uno de los pilares del nuevo programa gubernamental era la drástica reducción de personal, tanto en la administración pública como en las empresas del estado o en la actividad privada.
Después del paro del 1º de marzo había venido la catarata de sanciones contra los trabajadores; casi sin tiempo para asimilar los golpes llegaron los anuncios económicos de Adalbert Krieger Vasena: para contener la inflación se congelaron los salarios y se devaluó el peso en un 40 por ciento. Como puede verse, los sectores reaccionarios siempre echan mano a la misma receta para resolver sus problemas. La dirección cegetista no intentó ninguna forma de protesta que excediera lo meramente declarativo, y esto último en términos muy moderados.
Para enfrentar tanto atropello habría hecho falta un gran compromiso, mucha organización, disposición para luchar y criterio para no lanzarse irreflexivamente contra una pared. En lugar de eso los distintos sectores en que se encontraba dividida la dirigencia empezaron a tender puentes de acercamiento al gobierno, el criterio parecía ser: si no se puede vencer al enemigo, hay que aliarse con él.
Vandoristas y alonsistas, cada uno a su modo, procuraban la bendición gubernamental. En realidad esto es una simplificación porque ninguno de los nucleamientos era homogéneo, en ambos sectores coexistían sindicatos muy burocratizados y hasta derechistas junto a otros más contestatarios. Los que procuraban un mayor acercamiento con el gobierno eran los llamados “participacionistas”, y el paradigma del sector era Luz y Fuerza, el gremio dirigido a nivel nacional por Juan José Taccone. Un ejemplo de sus convicciones –si se les puede llamar así- está en la idea que expuso uno de sus dirigentes, Luis Angeleri, luego de ponerse en contacto con la Histadruth, la central sindical israelí.
Frente a lo que llamaba “problema tucumano” la propuesta de Angeleri era dejar de lado la protesta obrera y las huelgas generales. En lugar de perder tres días de salarios como consecuencia de los paros, se debía reunir ese dinero, unos 3 mil millones de pesos de esa época, para que la CGT instalara una planta industrial en Tucumán. Según su razonamiento, la planta piloto serviría para dar trabajo a los desocupados de la provincia, al mismo tiempo que convertiría a la CGT en una fuerza empresaria.
Los participacionistas eran el caso más extremo de complicidad no sólo con el régimen sino con el propio sistema. Otros sectores burocráticos cuidaban un poco más las formas, debían rendir cuentas ante bases más organizadas, o sus aspiraciones políticas requerían de un acompañamiento popular que hubiera sido impensable con posiciones tan derechistas. El tema es importante, pero me estoy desviando de lo que venía comentando sobre compañeros y amigos de AVANZADA.

Una buena cantidad de compañeros que conocimos en aquel tiempo militaban en el Movimiento de Liberación Nacional, una fuerza política conducida por Ismael Viñas. El MLN había sido rebautizado como “Malena” en el ambiente de la militancia. Por lo que pudimos conocer tenían bastante presencia en gremios como Bancarios y Seguros, pero no llegaban a conformar agrupaciones de gran peso. Frecuentemente nos cruzábamos con ellos en reuniones donde se discutía algún documento político sindical o en tareas de solidaridad con algún conflicto. Uno de esos compañeros era el “gallego” Manolo Queipo. Era un tipo macanudo, siempre muy sonriente, aunque Sergio me contó que no se lo vería muy risueño el día en que su esposa, por error, volanteó el sueldo en medio de una movilización.
Por esa época también Ignacio Ikonikof estaba en el Malena. A él ya lo conocíamos de las reuniones con los compañeros de Prensa. Nos hicimos bastante amigotes, yo tenía buena formación técnica, él era licenciado en física, sus explicaciones científicas eran muy didácticas, y aunque esto no tuviera mucho que ver con la práctica sindical también contribuyó a que se consolidara la amistad.
Susana Viau por ese entonces trabajaba en la revista Siete días, una publicación que en su formato y su estética imitaba a la norteamericana Life. Susana militaba en prensa junto a Jozami, Jáuregui, Ikonikof y muchos otros; con ella nos cruzamos en algunas reuniones y en las múltiples tareas solidarias que nos imponía la coyuntura política.
De una vertiente distinta eran los compañeros de la Lista Blanca de Aceiteros. Recuerdo que uno de ellos era Murat Lima y otro Vega. No recuerdo haber visto a otros compañeros de ese gremio, ni cuál sería la dimensión de su trabajo sindical; seguramente no realizamos ninguna tarea conjunta. Murat Lima traía el periódico Baluarte, y lo menciono particularmente a él, aunque supongo que también Vega pertenecía al mismo grupo político. Hasta donde recuerdo ellos estaban en la seccional argentina de la OLAS, Organización Latinoamericana de Solidaridad, que se había formado un año antes en el encuentro de la Tricontinental en La Habana.
No quiero dejar de mencionar a Heraldo Salvatierra, era por entonces un importante dirigente estudiantil en la provincia de Tucumán. Su hermano, Aníbal, integró AVANZADA desde el comienzo, y en uno de los viajes de Heraldo a Buenos Aires lo acercó a nuestras reuniones. Aquí salgo de la contemporaneidad del relato para recordar que Heraldo siguió siendo un militante de prestigio, que en alguna reunión de la CGT de los Argentinos se lo mencionó como un compañero que había que tener muy en cuenta, que en años posteriores se integró al PRT –al menos así lo cuenta Humberto Pedregosa en una entrevista que le hicieron con motivo del estreno de Gaviotas blindadas-, y que fue detenido-desaparecido en 1976.

lunes, 26 de marzo de 2018

Amigos dentro y fuera de Telefónicos

AVANZADA, de memoria (V)
Amigos dentro y fuera de Telefónicos

En la actividad sindical éramos reconocidos como una agrupación de izquierda. Lo que nos diferenciaba de muchas otras agrupaciones progresistas era que no actuábamos como la sucursal de ningún partido. Eso, además de despertar curiosidad, hacía que algunas fuerzas políticas trataran de tomar contacto con nosotros con el evidente objetivo de ganarnos para su causa. Esto era algo bastante razonable y creo que hasta nos sentíamos halagados por ese interés. En última instancia es parte del juego político que realiza cualquier fuerza para ampliar su base de sustentación. En algunos casos quienes se acercaban a nosotros lo hacían con ciertas desconfianzas y preconceptos. En otras oportunidades seguramente fuimos nosotros quienes nos movimos con criterios prejuiciosos. Esto es algo casi inevitable en cualquier relación. Lo cierto es que a lo largo de nuestra historia fuimos haciendo un buen número de amigos, también ganamos algunos enemigos, y demarcamos un territorio para propios y extraños. Esto fue establecer una identidad.
Siempre procuramos no ser sectarios y movernos con la mayor amplitud. Nos preocupaba no ser considerados antiperonistas o anticomunistas, aunque en razón del espacio que disputábamos muchas de nuestras confrontaciones fueran con esos compañeros. Con los primeros, porque eran la fuerza mayoritaria del gremio y detentaban una conducción hacia la que teníamos críticas. Con los segundos, porque nosotros habíamos conseguido un desarrollo que los opacaba como fuerza dentro del sindicato. Nuestra relación con los compañeros del PC siempre fue de cierta distancia aunque los respetábamos y, en algunos casos, admirábamos. En el período que estoy considerando, su máxima figura era Susana Dos Santos, una compañera muy inteligente que con su oratoria encendida era capaz de levantar en vilo a toda una asamblea.
En nuestro descargo tendría que decir que en esos años el PC era objeto de una fuerte crítica desde diferentes sectores de la izquierda. Se los acusaba de reformistas (cuando no de contrarrevolucionarios), de mantener una servil subordinación a la Unión Soviética, de estalinistas, etc. Visto a la distancia, me parece que muchas de aquellas críticas eran desmesuradas y que respondían únicamente a un interés de diferenciación. Pero haciendo salvedad de esos casos, nosotros teníamos cuestionamientos hacia la Lista Naranja de aquellos tiempos (y que luego cambió a Lista Violeta). Sin embargo nunca escribimos ni una sola línea contra esos compañeros: podíamos tener diferencias, pero no los consideramos nuestros enemigos.
Entre quienes se acercaron a nosotros estuvieron los compañeros del PO, tenían un militante en telefónicos y querían que se integrara en nuestra agrupación. Por aquellos tiempos eran una fuerza muy pequeña; no recuerdo que ya se definieran como Partido Obrero, en todo caso, nosotros los conocíamos por el nombre del periódico: Política Obrera. Lo primero que dejamos en claro fue que el compañero se integraba como un telefónico más y no como miembro de un partido en particular. Nuestra agrupación estaba formalmente abierta a todos los telefónicos que quisieran sumarse, que aceptaran los postulados generales y que respetaran los acuerdos internos. NO queríamos que se viera a la agrupación como un frente de grupos políticos, ni que se promovieran fracciones y tendencias en el interior de la misma. Sabíamos (o supimos) que esta era una aspiración de difícil cumplimiento, pero al menos pretendíamos que no se violentara la unidad interna y que las reuniones no fueran un lugar que se usara únicamente para la bajada de línea y la captura de nuevos adherentes partidarios. Por lo demás, no había ninguna prohibición para que el compañero desarrollara su proselitismo particular antes o después de las reuniones.
Hugo Salerno era un compañero excelente. Era un flaco con cara de chico bueno, parecía un poco tímido, pero Cumplía puntualmente con las tareas asignadas... y siempre tenía dispuesto el periódico partidario para quien aceptara comprarlo. El problema surgió cuando no pudo conciliar la disciplina de la agrupación con las disposiciones partidarias. El PO había caracterizado a la dictadura de Onganía como bonapartista, y pretendía que nosotros hiciéramos lo mismo en nuestra publicación. Nosotros no coincidíamos para nada con semejante apreciación del onganiato, pero aunque hubiéramos estado de acuerdo seguramente no nos habría interesado usar el término “bonapartismo” en el boletín. En ese caso, probablemente habríamos buscado alguna forma de expresión que no nos obligara a dictar un curso sobre Marx y “El 18 brumario de Luis Bonaparte”. Lo cierto es que Hugo propuso esa caracterización, la discutimos entre todos y se la rechazó.
Hasta allí todo fue bien. Pero ese asunto (por alguna cuestión que nosotros desconocíamos) debía ser importante para su partido. Por lo menos eso pensamos cuando una semana después volvió a insistir con que caracterizáramos como bonapartista a la dictadura militar. Hubo un cierto malestar entre los compañeros. Se le recordó que el tema ya había sido discutido y que no se podía estar reabriendo el debate en cada reunión. Hugo se sonrió como pidiendo disculpas y todos pasamos por alto su insistencia.
Pero cuando volvió a la carga por tercera vez la situación se hizo insostenible. Hubo quienes se sintieron muy molestos y hablaron de expulsión. Fue Ricardo quien se encargó de bajar el tono a las críticas. Primero destacó las cualidades militantes de Hugo, señaló que siempre había sido disciplinado y que no se debía hablar de expulsión cuando no estábamos en presencia de un traidor. En todo caso lo que había era una diferencia que nos se podía resolver internamente. Explicó que era obvio que el compañero insistía con su propuesta no por una testarudez insensata sino por indicación partidaria. De todos modos, habría dado lo mismo que lo hiciera por simple tozudez. Sin duda él creía sinceramente en la justeza de su propuesta y además la consideraba tan importante como para insistir en su reclamo de aceptación. Pero la mayoría de los compañeros (todos, menos Hugo) ya habían adoptado una decisión distinta a la que él proponía. Estaba fuera de toda discusión que debía respetarse la decisión de la mayoría, y que la insistencia en rediscutir un tema ya resuelto terminaba entorpeciendo el funcionamiento de la agrupación y la propia disciplina interna.
Hugo no podía seguir formando parte de AVANZADA, pero Ricardo insistía en que no se debía expulsarlo: “Se expulsa a un traidor, pero no a un compañero con el que sólo tenemos diferencias de criterios”. Por eso propuso que se le devolviera la ficha de afiliación y que quedara muy claro que seguíamos siendo amigos.
El hecho puede parecer una anécdota insignificante, pero con cosas como esas fuimos formándonos éticamente. Discusiones y decisiones como aquellas resultaron mucho más aleccionadoras que un largo curso académico. Fuimos aprendiendo en la propia práctica a resolver situaciones difíciles, a no herir la sensibilidad de un compañero por pensar distinto a nosotros y a tratar de ser muy equilibrados a la hora de juzgar las conductas ajenas. En el caso de Hugo, la decisión fue realmente adecuada. Por años, aún después de haber dejado de trabajar como telefónico, él siguió siendo un gran amigo nuestro.

domingo, 25 de marzo de 2018

Se suspenden los comicios de 1967

AVANZADA, de memoria (IV)
Se suspenden los comicios de 1967

FOETRA estuvo entre los varios gremios que fueron sancionados por enfrentarse a la dictadura en los primeros meses de 1967. Esto coincidió con el momento en que debían realizarse las elecciones para la renovación de la conducción del Sindicato Buenos Aires. Hay que recordar que en esa época los comicios se efectuaban cada dos años, y que en el sindicato ya se había efectuado la correspondiente convocatoria a elecciones. Por eso, en un primer momento se decidió continuar adelante con el proceso electoral en marcha.
Nosotros ya veníamos discutiendo con Ricardo Campari para que en esta oportunidad fuera candidato. Había unanimidad en este reclamo y, respetando que Picone volviera a encabezar la Lista, él debía ocupar el segundo lugar. Volvimos a efectuar las reuniones en los lugares de trabajo, pero esta vez se hizo evidente una fuerte retracción por parte de los compañeros. El repliegue participativo no tenía que ver exclusivamente con nuestra agrupación, sino que alcanzaba a todo el gremio y a amplios sectores del movimiento obrero. La energía represiva mostrada por el gobierno militar había conseguido su objetivo. En todos los lugares de trabajo los compañeros se mostraban reacios a involucrarse en una actividad que se había vuelto muy riesgosa.
Esto supuso una dificultad a la hora de conformar la lista. No es que nos faltaran compañeros para integrarla (nosotros armamos una lista muy representativa) pero no era lo mismo trabajar en un ambiente de permisividad democrática que en las nuevas condiciones de presión y represión. Esta fuerte disminución en el compromiso iba a caracterizar la actividad sindical por mucho tiempo. Se volvería muy difícil realizar una asamblea general de afiliados, y hasta los plenarios de delegados tendrían una asistencia muy menguada. En nuestro caso particular esto nos llevó a “tocar fondo”, en cuanto a la participación de los compañeros, entre ese año y el siguiente.
La Junta Electoral del gremio venía cumpliendo con todos los pasos previstos por los Estatutos. Nuestros apoderados en esta oportunidad eran Juan Carlos Romero y Guillermo Pérez Curtó. El número de listas que se habían presentado era menor al del año 1965, pero los contendientes no íbamos a ser menos de cuatro. Ya se estaba avanzando hacia la confección de los padrones cuando la Secretaría de Trabajo informó que las elecciones no iban a ser fiscalizadas por el Ministerio. Esto implicaba el no-reconocimiento gubernamental de las autoridades que fueran electas y, consecuentemente, que tampoco habría reconocimiento de la Empresa. Esto preanunciaba serios problemas legales.
La decisión gubernamental causó bastante malestar entre la militancia del gremio y también provocó inquietud en los lugares de trabajo. La pregunta era ¿Qué iba a pasar cuando se venciera el mandato de las autoridades del sindicato? Este puede parecer un interrogante un poco ingenuo, pero en ese momento no había ninguna comunicación al respecto. De hecho, si no había autoridades electas al momento de caducar el mandato de las anteriores podía considerarse que se estaba en estado de acefalía. Y ya se decía que había quienes especulaban con esa posibilidad y, de producirse, con el pedido de intervención al gremio. No era un temor infundado. En todo tiempo han existido los que aprovechan del río revuelto y aquellos que buscan entrar por la ventana cuando no pueden hacerlo por la puerta.
Nuestra opinión era que se realizaran las elecciones y que todas las listas asumiésemos el compromiso de reconocer al ganador como autoridad legítima del sindicato, independientemente de lo que dijera el gobierno. Desde el punto de vista de los principios la posición era justa, pero no fue considerada realizable. En lugar de ello, la Junta Electoral optó por consultar a la Secretaría de Trabajo sobre qué sucedería una vez que la Comisión Administrativa hubiera cumplido su mandato. Después de alguna demora, la respuesta fue que se prorrogaría el mandato hasta que le fuera devuelta la personería gremial y se pudieran efectuar las elecciones legalmente. Se hicieron las protestas del caso, pero las elecciones no tuvieron lugar.
Para entonces ya habíamos dejado de tener nuestro local en la calle Alsina. Creo que en ese edificio había habido un largo litigio porque el dueño quería desalojar a todos los inquilinos para poder venderlo. Debimos buscar un nuevo lugar para seguir funcionando, pero los ingresos de la agrupación no alcanzaban para que nos propusiéramos el alquiler de un local. Al promediar 1967 nosotros ya gozábamos de bastante prestigio entre las agrupaciones y sindicatos combativos. Por eso exploramos entre algunas organizaciones amigas y finalmente encontramos albergue en el Sindicato Único de Publicidad que en esa época estaba ubicado en Río de Janeiro al 300.
El Secretario General de ese sindicato era Ernesto René Gutiérrez, nos tenía bastante afecto y nosotros siempre fuimos muy respetuosos de su hospitalidad. Como el local era de dimensiones reducidas siempre se hablaba de una futura mudanza a otro lugar más grande. Alguna vez eso nos preocupó y, con la mayor delicadeza posible, preguntamos qué criterio iban a tener con respecto a las agrupaciones que pidieran reunirse. Gutiérrez nos contestó con una enorme sonrisa: “Ustedes no se preocupen por eso, porque ya están en el inventario de Publicidad”.
Procuramos mantener muy buena relación con todos los compañeros de la organización gremial y nunca nos inmiscuimos en sus disputas internas. Hasta llegamos a disponer de la llave del sindicato y teníamos carta blanca para el uso del mimeógrafo. Obviamente, jamás abusamos de esa franquicia, se hubiera perdido la confianza en nosotros, y teníamos la convicción de que si dejábamos de ser confiables ya nunca volveríamos a serlo.
Ese fue el año de la caída del Che. El acontecimiento nos conmocionó a todos y sentimos su impacto. Para muchos profundizó una divisoria de aguas que ya había comenzado con la Revolución Cubana, para otros fue un revulsivo que los puso a pensar, y para todos fue un suceso que no podía pasar desapercibido. Puede parecer increíble que en el boletín de nuestra agrupación no hayamos publicado ni una línea sobre un hecho tan importante, pero en ese tiempo sufríamos tironeos de todos lados para que adhiriéramos a distintas propuestas partidarias, y en el cuidado por mantener la agrupación como un espacio amplio, optamos por guardar silencio.
Ahora bien, el hecho de que no dijéramos nada en las actividades públicas ni en nuestra prensa no quiere decir que el tema estuviera ausente de las conversaciones en el café, luego de las reuniones. Vivíamos en un contexto en el que la violencia institucional nos golpeaba todos los días y un mensaje y un ejemplo como el del Che no podían sernos indiferentes. Eran los años en que la lucha revolucionaria se manifestaba por todo el mundo, desde Vietnam hasta el Congo, Desde Bolivia hasta Argelia. La lucha política también daba un salto cualitativo en Argentina, y muchos de nosotros asumimos compromisos que estaban mucho más allá del que teníamos con la agrupación sindical.

sábado, 24 de marzo de 2018

El paro del 1 de marzo de 1967

AVANZADA, de memoria (III)
El paro del 1 de marzo de 1967

Como respuesta a las medidas antiobreras y antisindicales del gobierno militar el 3 de febrero de 1967 la CGT declaró un paro nacional para el día 1 de marzo. El gobierno decretó la ilegalidad de la medida de fuerza y amenazó con sanciones ejemplares a los sindicatos y trabajadores que realizaran el paro. Para mostrar que la mano iba a ser muy dura el fiscal de estado se presentó ante el Juzgado Nacional en lo criminal y correccional solicitando el procesamiento de los dirigentes sindicales que habían votado el Plan de Acción de la CGT. Simultáneamente, el Consejo Nacional de Radiodifusión y Televisión intimó a todas las estaciones radiales y televisivas para adoptar “las medidas que sean necesarias para impedir la emisión de noticias, comentarios o avisos que directa o indirectamente aludan al plan adoptado por el Comité Central Confederal de la CGT”. A esto siguió el congelamiento de fondos de la FOTIA, la suspensión de la personería gremial de la Unión Ferroviaria y la promulgación de la ley 17.138 estableciendo las normas para la intimación del cese de medidas de fuerza y la aplicación de sanciones y cesantías al personal de empresas y organismos del Estado.
A pesar de eso la huelga fue muy importante y también lo fueron las represalias de la dictadura. En ferroviarios el número de sancionados superó los 100 mil trabajadores. Toda la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria fue cesanteada. En Telefónicos los castigados llegamos a 4.000, y de ellos, poco más de un centenar y medio fueron cesanteados. Pero además se sancionó al sindicato con la suspensión de la personería gremial, lo cual le impidió desempeñar su actividad con normalidad. En la misma resolución que se suspendía la personería gremial del Sindicato Buenos Aires de FOETRA se hizo otro tanto con la FOTIA y con Químicos.
Fue un período muy difícil para todos los trabajadores del país. En el caso particular de los Telefónicos, si bien el número de cesantes había sido relativamente bajo, éramos muchos los que habíamos sido castigados con retrogradaciones en nuestras categorías o con suspensiones de hasta 30 días de duración. El sindicato organizó la solidaridad económica con los cesantes y los que habían sufrido sanciones mayores, pero fue muy difícil sostener en el tiempo esa ayuda.
Por entonces la cuestión de la disciplina sindical era algo que estaba permanentemente bajo la lupa. Era lógico que fuera así, porque un sindicato no puede sostenerse si sus resoluciones son incumplidas por los afiliados y, particularmente, por aquellos que tienen un cierto compromiso militante. Nosotros siempre fuimos muy rigurosos con esa cuestión, y aunque estuviéramos en desacuerdo con alguna de las conducciones sindicales, cumplimos a rajatabla las resoluciones de los cuerpos orgánicos. Por eso el paro del 1 de marzo de 1967 tuvo derivaciones particularmente duras para nosotros. No me estoy refiriendo a las sanciones que sufrimos por nuestra participación en la huelga, sino a otra cosa.
En los días previos al paro nos habíamos reunido en más de una oportunidad y ninguno de los compañeros había manifestado dudas o flaquezas a pesar de las amenazas gubernamentales. Es cierto que en el contexto de una reunión cada uno de los asistentes es influido por la posición predominante en el conjunto, algo así como una presión moral de todos sobre todos. Teníamos el convencimiento de que, más allá de algunas vacilaciones, todos nosotros íbamos a responder como lo habíamos hecho siempre. Pero el bombardeo de amenazas se intensificó el día anterior a la huelga.
El gobierno dispuso que todas las empresas y organismos dependientes del Estado, de acuerdo con la situación de cada una de ellas, procediera a suspender inmediatamente y por el término de 30 días todas las licencias gremiales. La Empresa informó a cada empleado individualmente sobre las consecuencias que podría acarrearle su participación en la medida de fuerza. No se limitó a entregar la circular amenazadora a cada trabajador, sino que hacía firmar el correspondiente acuse de recibo como para dar más contundencia a la intimidación. Ese último día de febrero la programación radial y televisiva estuvo saturada de comunicados gubernamentales que machacaron hasta muy tarde en la noche con la intimación para que se concurriera a trabajar normalmente al día siguiente.
Los que pudimos organizamos piquetes de huelga con los compañeros de trabajo. Esto tenía sus riesgos, no sólo por la posibilidad de sufrir la represión policial, sino porque, si los vacilantes y carneros eran mayoría, el piquete mismo podía disolverse y terminar ingresando al trabajo. Para decirlo más claro: los que desertaran del conflicto podían transformarse en una suerte de contra piquete, hacer vacilar a los débilmente convencidos y arrastrarlos tras de sí.
Lo cierto es que, aunque la inmensa mayoría de nosotros cumplió con la medida de fuerza, tuvimos tres compañeros que habían “carnereado”. Estábamos obligados a tomar alguna medida ejemplificadora y esto por más de un motivo. Había muchos compañeros en el gremio que habían sido cesanteados por haber cumplido con la medida de fuerza, nosotros mismos dentro de la agrupación teníamos por lo menos dos compañeras delegadas de la Comercial 24 de noviembre que habían quedado cesantes: Martha Puig e Inés Mussa. Muchos éramos los que habíamos recibido suspensiones y retrogradaciones, y también eran muchos los que habían sufrido otras sanciones menores. No podíamos dejar en pié de igualdad al que había arriesgado hasta su trabajo, con el que había elegido la deserción. Era imprescindible que quienes hubieran cumplido disciplinadamente con la medida de fuerza, dentro y fuera de la agrupación, supieran que para nosotros eran más valiosos que los que habían flaqueado. Pero había otra cuestión. Dejar sin sancionar esa grave indisciplina era como abrir la puerta a futuras transgresiones. El tiempo por venir se mostraba como muy difícil y plagado de problemas, y necesitábamos consolidar una fuerza, que aunque fuese reducida, se mostrase firme y confiable. Era fijar un límite, establecer un adentro y un afuera para que nadie tuviese dudas respecto a qué era lo lícito y qué no lo era.
Comprendíamos las dudas y vacilaciones que debieron sentir los que habían carnereado. Nosotros mismos habíamos pasado por esas vacilaciones y habíamos tenido que sobreponernos a ellas. Dudábamos a la hora de tener que castigar, pero era una medida justa y necesaria que estaba por encima de nosotros mismos. No teníamos derecho a ser débiles ni a que nos temblara la mano, porque debíamos ser justos. Ellos eran compañeros nuestros y eso hacía más difícil la cuestión, porque cuando no existe ningún vínculo es más fácil sancionar, pero es abrumador hacerlo con quien ha delinquido desde nuestro bando. La sanción tampoco debía ser consecuencia del odio sino que debía surgir de la reflexión equilibrada. Un castigo aplicado en un momento de calentura o como un desahogo emocional, no es justicia, apenas si puede ser venganza. Por último, para cumplir su papel educativo el correctivo debía ser público.
Lo discutimos mucho y tratamos de ser ecuánimes. Finalmente resolvimos expulsar de nuestra agrupación a los tres compañeros y, complementariamente, hacer un comunicado al gremio informando de nuestra decisión.