martes, 24 de abril de 2018

Recordando a Marcelo Senra

A 40 años de su desaparición

El entonces Comisario Benito De Vincenzi, quien residía en Darregueyra 2126 (entre Guatemala y Paraguay), manifestó que el 26 de abril de 1978 en horas de la noche varias personas vestidas de civil penetraron en el edificio y se dirigieron al departamento "C". En su condición de policía les pidió que se identificaran y así lo hizo quien comandaba el grupo, con una cédula que lo acreditaba como Primer Teniente de la Fuerza Aérea Argentina, donde constaba que su nombre era Jorge Moyano. Dicho oficial le manifestó que se trataba de un operativo de fuerzas conjuntas y debían realizar una inspección domiciliaria. El testimonio de De Vincenzi fue complementado por el de su esposa, Marta Aurelia Ofelia Artuso de De Vincenzi, y ambos testigos relataron que el grupo de civiles armados se llevó detenido a Marcelo Walterio Senra.
Los datos que encabezan esta nota se encuentran en el documento caratulado “Equipo Nizkor - Causa 13: Caso Marcelo Walterio Senra”, y pueden ser consultados en: http://www.derechos.org/nizkor/arg/causa13/casos/caso306.html

Marcelo había sido delegado de los trabajadores de instalaciones que tenían como oficina de asiento al edificio Conesa, y desde mediados de los ’60 integraba la Lista Rosa de Telefónicos. Era un compañero de aspecto bonachón, de apariencia apacible, casi como si estuviera desinteresado de los problemas sociales, pero en realidad era un hombre entero, capaz de rebelarse frente a las injusticias, y de reaccionar con energía aún en las condiciones más adversas. Una anécdota lo pinta de cuerpo entero.
En agosto de 1972 se produjo la fuga de un grupo de presos políticos de la cárcel de máxima seguridad ubicada en Rawson. Algunos de ellos consiguieron abordar un avión y llegar a Chile, pero la mayoría de los evadidos quedaron cercados en el aeropuerto y debieron rendirse. En lugar de ser devueltos al penal, los 19 prisioneros fueron llevados a la base naval Almirante Zar donde, una semana después, serían fusilados por sus carceleros. Entre las víctimas de aquel asesinato masivo se encontraba María Angélica Sabelli, y aquí es donde aparece el compañero que estoy recordando.
El apellido materno de Marcelo Senra es Sabelli, para ser más preciso, él era primo de María Angélica, la compañera asesinada en Trelew. Marcelo no dudó en actuar como representante de la familia y reclamar el cadáver, pero los asesinos habían argumentado que las muertes se habían producido en un nuevo intento de fuga, y mostrar los cuerpos acribillados a balazos era reconocer el crimen. Finalmente consintieron en entregar los restos en ataúdes cerrados, con la exigencia de que no fuesen abiertos, y que el sepelio se hiciera sin ningún tipo de manifestación pública.
Cuando los féretros llegaron al local donde iban a ser velados, la sede del Partido Justicialista en Avenida La Plata, lo primero que se hizo fue abrirlos para confirmar lo que todos sabían de antemano: que los compañeros habían sido alevosamente asesinados. La policía quiso poner fin al velatorio, y con tanquetas y disparando balas de goma arremetió contra los familiares y amigos de las víctimas. Era un enfrentamiento muy desigual, pero Marcelo estuvo entre los que a puñetazos resistieron e hicieron retroceder a los agresores.
La breve primavera democrática de 1973 fue desplazada por un nuevo período represivo. Tras la muerte de Perón la ofensiva derechista no tuvo ninguna contención, la legislación para despedir delegados y activistas sindicales se aplicó tanto en empresas estatales como en la actividad privada; en diciembre de 1974 fueron cesanteados decenas de compañeros telefónicos, y entre ellos, el propio Marcelo.
Puede parecer inverosímil que varios compañeros discutieran si era correcto cobrar la indemnización, pero las cuestiones de principios eran muy importantes: “estábamos dispuestos a pasar penurias económicas, pero no a claudicar”. Cuando los compañeros quedaron convencidos que no estaban traicionando ningún principio aceptaron el pago. Durante varios meses (porque la indemnización se pagó en cuotas) se encontraban José Baddouh, Sergio Porta, Mario Dacuna y Marcelo para comer juntos el día de cobro.
Después se siguió sobreviviendo con lo que hubiese a mano. Haciendo changas, trabajando en telefonía, en cocina o en lo que viniera, eludiendo la represión y tratando de dar una mano a las decenas de compañeros y amigos que se encontraban en situaciones similares. Sergio Porta y Marcelo mantuvieron el contacto hasta el momento en que éste último fue desaparecido. Al día siguiente tenían que encontrarse para ir a ver un trabajo, pero cuando Sergio pasó por delante de su casa había indicios de que la patota se lo había llevado.
En 2001, en el edificio Conesa donde Marcelo desarrolló sus tareas, fue instalada una placa en su memoria. Cuando el edificio Conesa dejó de funcionar los trabajadores conservaron y protegieron la placa hasta reinstalarla en Paternal, el nuevo asiento de la especialidad que lo tuviera como delegado.
Sergio Porta expresó durante el acto de reinauguración que Marcelo ya era delegado en Instalaciones cuando él ingresó en la Empresa. “Era un compañero muy representativo, con una gran simpatía, y se había ganado el respeto y el cariño de todos los trabajadores del sector. Como buen delegado, se esforzaba por resolver los problemas de los telefónicos que representaba, pero no se limitaba a lo que ocurría exclusivamente en su lugar de trabajo. Con el mismo empeño se involucró en las tareas del gremio, participó de los plenarios de delegados, las asambleas de afiliados y las movilizaciones tan frecuentes por aquellos años”.
En el acto estuvieron presentes Verónica y Enrique, hijos de Marcelo; ellos recibieron el cariño de numerosos delegados y trabajadores telefónicos, y de representantes de diversas organizaciones de derechos humanos.
Cuando llegó el momento de descubrir la placa recuperada, Osvaldo Iadarola expresó que “a los luchadores no se los llora; se los imita”. El Secretario General del Sindicato agregó: “Nosotros somos parte de un gremio que a lo largo de su historia ha estado marcado por el coraje y la valentía de sus hombres para luchar siempre por los trabajadores. Marcelo, a quien conocí, era un compañerazo, parte de una generación extraordinaria, capaz de dar la vida por los demás”.
Al finalizar el acto dijo Florencia Chiapetta, secretaria de Derechos Humanos de FOETRA: “Marcelo nos dejó muchas cosas, como cada uno de los treinta mil desaparecidos. Está en nosotros saber qué hacer con ese legado. Podemos traicionarlo o podemos tomarlo como bandera para llevarlo a la victoria”.
Pocos meses después, el sábado 28 de abril de 2012, se colocó una baldosa recordatoria en el domicilio donde Marcelo vivía y en el que fue secuestrado por el terrorismo de Estado.

domingo, 8 de abril de 2018

La desaparición de Esteban Andreani

11 de abril de 1977
La desaparición de Esteban Andreani

Poco antes del mediodía me llamó Sarita para avisarme que Esteban no había vuelto a la casa, ella y los demás compañeros que vivían allí se preparaban rápidamente para abandonar el lugar. Sarita era Sara Fagnani, la compañera de Esteban, y éste era Esteban Andreani, trabajador telefónico que junto con ella participaba de la Lista Rosa. El compromiso militante de ambos se había incrementado tras la detención de Omar Andreani, hermano de Esteban, a principios de octubre de 1975. También Omar militaba en AVANZADA, y lo apresaron en el momento en que realizaba una pintada en homenaje al Che Guevara. Lo que podría haber sido una detención por una infracción menor se convirtió en un prolongado encarcelamiento, las torturas y la causa armada extendieron el encierro hasta que llegó la dictadura en 1976. Después ya no hubo nada parecido a algo que pudiera llamarse justicia.
Esteban visitaba a su hermano en el lugar de detención, durante un año y medio concurrió semanalmente a la cárcel, pero después del golpe de estado el hostigamiento a los familiares de los presos se volvió insoportable. En marzo de 1977 Esteban y Sarita dejaron de concurrir al trabajo en el Edificio República, por unos días estuvieron viviendo en la casa paterna en Morón, pero tampoco allí podían sentirse seguros. Tenían un hijo pequeño y esperaban otro en los próximos meses, la decisión fue salir del país en cuanto pudieran reunir algo de dinero. Se propusieron vender un coche, y aquella mañana del 11 de abril de 1977 Esteban había ido hasta el garaje donde lo guardaba. A partir de ese momento desapareció; su madre inició los trámites para tratar de ubicarlo pero todo fue infructuoso. Unas semanas después Sarita salió del país y se presentó al ACNUR en Río de Janeiro, allí pidió asilo y reprodujo las mismas denuncias que la madre de Esteban efectuaba en buenos Aires. El refugio le fue concedido por el estado sueco y desde Europa siguió reclamando por la aparición de su compañero.
Un mes y medio después de la desaparición de Esteban el diario La Nación reprodujo un extenso comunicado militar; allí se hablaba de un supuesto enfrentamiento armado en el que habían sido muertos varios subversivos. La historia era tan increíble como las que hoy arman los mismos servicios y los mismos medios cómplices. Según el relato oficial el día 25 de mayo –curiosa manera de festejar el aniversario patrio- las fuerzas represivas enfrentaron a un grupo de militantes de distintas organizaciones guerrilleras que se encontraban reunidos en un chalet en la localidad de Monte grande. Entre los abatidos se mencionaba a Esteban Andreani y se lo presentaba como integrante del Movimiento Revolucionario Che Guevara.
Leímos el relato en la edición del 29 de mayo del diario de los Mitre, pero es necesario hacer otro comentario. Al regresar del exilio traté de encontrar una copia de esa publicación, pero tanto en las colecciones guardadas en la Biblioteca del Congreso como en la Biblioteca Nacional los ejemplares conservados tenían una versión más resumida de la noticia. Allí no figuraban los nombres de los compañeros que fueron asesinados. Supongo que ese día salió a la calle más de una edición (algo normal en la época) y que nosotros tuvimos la edición en la que la nota no había sido recortada. Muchas veces pensé en consultar el archivo del diario, pero habría necesitado tener contactos de los que yo carecía.
Vuelvo ahora a la desaparición de Esteban. Pasaron varios años sin que se supiera nada de él; aunque su nombre había aparecido en un comunicado oficial ninguna fuerza represiva informaba sobre el presunto enfrentamiento ni sobre el paradero de los restos. El persistente reclamo de familiares y Organismos de Derechos Humanos permitió ir descorriendo el velo de silencios y complicidades. Memoria y justicia consiguieron abrirse camino trabajosamente, las investigaciones y los juicios fueron aportando datos invalorables. Así pudo conocerse que el 23 de mayo de 1977 una decena y media de secuestrados que se encontraban en el Centro Clandestino de Detención El Vesubio fueron informados de que serían trasladados y “blanqueados”.
Desde El Vesubio los llevaron hasta una casa ubicada en Boulevard Buenos Aires 1151, localidad de Monte Grande, y allí los asesinaron en la madrugada del 24 de mayo. Los 16 fusilados fueron Esteban Andreani, Luis Gemetro, Luis Fabbri, Catalina Oviedo de Ciuffo, Daniel Ciuffo, Luis de Cristófaro, María Cristina y Julián Bernat, Claudio Giombini, Elísabeth Käsemann, Rodolfo Goldín, Mario Sgroy, Miguel Harasymiw, Nelo Gasparini y otras dos personas que permanecen sin identificar.
Cuando se realizó la reconstrucción del múltiple crimen en diciembre de 2010, el área de Derechos Humanos de la Municipalidad aportó el testimonio del comandante de bomberos que intervino en el levantamiento de los cuerpos y su posterior enterramiento en una fosa común en el cementerio de Monte Grande. En mayo del año pasado, al cumplirse un nuevo aniversario de la masacre, fue colocada una baldosa conmemorativa frente al edificio donde se produjo la matanza.

viernes, 30 de marzo de 2018

Jorge Di Pascuale

AVANZADA, de memoria (IX)
Jorge Di Pascuale

El 28 de marzo de 1968 se realizó el Congreso Normalizador “Amado Olmos” que dio nacimiento a la CGT de los Argentinos. La nueva central abrió las puertas a las agrupaciones que, como la nuestra, manifestaban su voluntad de luchar por los intereses de los trabajadores. Frente al enemigo común todos sosteníamos una misma disposición para la unidad en la acción. Pero no todo era tan idílico, y las diferencias y roces entre los distintos participantes de la CGT A planteaban problemas que no siempre eran de fácil resolución. Las mayores tensiones se producían entre los sindicatos y agrupaciones de claro perfil peronista, con aquellos que manteníamos posiciones más de izquierda. Pero aún hacia el interior de estos dos bloques principales se producían desinteligencias y cortocircuitos. Nunca es fácil mantener la unidad de fuerzas, máxime cuando estas tienen un origen heterogéneo, cuando hay marcadas diferencias ideológicas y políticas, y cuando hay sectores más dispuestos a la ruptura que a la integración.
Si bien estos problemas se daban dentro de otros de mayor gravedad no por eso dejaban de tener su importancia. Cada tanto se producían crisis, y era necesario hacer esfuerzos reunificadores, limar asperezas, restañar algunas heridas y buscar fórmulas de consenso para disminuir los chisporroteos y evitar las rupturas. Recuerdo uno de esos episodios, no en sus detalles, sino en la actitud de Jorge Di Pascuale. Era el Secretario General del Sindicato de Farmacia, un flaco de trato agradable, de apariencia sencilla y bondadosa, que sin embargo irradiaba una gran autoridad. Tenía una forma de hablar suave y tranquila, un tono de voz amistoso que desarmaba cualquier disposición beligerante.
Seguramente fue alguna declaración de prensa con un grado de definición partidaria irritativo lo que disparó la discusión en aquella oportunidad. Las palabras habrían ido creciendo en intensidad, los ánimos se habían encrespado, y todos estábamos más cerca de la pelea que de la reconciliación. Alguien tenía que componer ese entuerto, y uno de los reunidos se fue hasta otra oficina a buscar a Jorge. El vino y nos habló a todos con su forma tranquila y afectuosa, pero lo importante no fue el tono de su intervención, sino sus palabras. Hoy no podría reproducir lo que dijo, pero sí puedo afirmar que el sentido de su discurso fue una crítica a los bandeos sectarios, una invocación a la unidad, y un reclamo para encauzar la discusión de los puntos de vista contrapuestos. Es imposible eliminar las diferencias, porque todos los procesos se desarrollan en base a sus contradicciones internas, pero es imprescindible moderar esas contradicciones si se quiere un avance y no el estallido de las fuerzas propias.
Aquel fue un episodio, uno más entre muchos otros, pero tuvo su peso propio y lo marcó para siempre en mi memoria. En otras oportunidades volví a escuchar a Jorge, siempre con su expresión amable, con la palabra justa, con un mensaje unificador. Yo prestaba mucha atención a lo que él decía porque sus palabras tenían un contenido que iba mucho más allá de lo doctrinario. Nunca lo escuché en una asamblea, ni en un discurso de barricada, pero pienso que aún en esas circunstancias su tono habría sido igualmente sereno y convincente. Hay quienes sostienen que un gesto, una actitud en un momento, o una simple palabra, revelan todas las virtudes o defectos de una persona. No estoy convencido de que sea así, pero aquella actitud suya en esa reunión en el Sindicato de Farmacia, me parece que puede ser considerada como el punto de síntesis de lo que fue Jorge.
Mi trato con él siempre fue en el marco de esas reuniones, además, una cierta timidez me retraía frente a compañeros de mayor trayectoria y responsabilidad. Después otras contingencias de la militancia volvieron menos frecuentes las visitas a aquel sindicato. Cuando la CGT de los Argentinos dejó de funcionar, pusimos nuestros esfuerzos en otros proyectos, pero siempre conservamos un gran respeto por los compañeros de Farmacia. Después vino el golpe del 76, y todos los horrores de la peor dictadura de nuestra historia.
Todos pagamos un muy alto precio por haber sido consecuentes en la lucha por un mundo mejor. Una de las víctimas de aquel genocidio fue Jorge Di Pascuale. En la madrugada del 29 de diciembre de 1976 fue secuestrado. Con posterioridad fue reconocido por otros detenidos en El Vesubio, y después no hubo más noticias de él.
Luego pasaron 33 años hasta que sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Cuando leí esa noticia sentí una gran emoción, y volví a tener frente a mí a aquel Jorge que a fines de los 60 se había interpuesto entre los bandos en disputa, como un padre entre dos hermanos que están a punto de irse a las manos.

jueves, 29 de marzo de 2018

Raimundo Ongaro

AVANZADA, de memoria (VIII)
Raimundo Ongaro

La CGT de los Argentinos había estipulado desde un principio que podían participar en ella los sindicatos, las agrupaciones y los trabajadores que quisieran sumarse. Eso era así desde el punto de vista declarativo, pero es obvio que no se podía otorgar un rango igual a un sindicato que a una agrupación sindical por muy desarrollada que ésta fuera. Además había otro problema, si un sindicato formaba parte de la CGT, las agrupaciones que militaban en ese sindicato no podían reclamar un reconocimiento por parte de la central sindical. Esto era bastante razonable, porque se habría devaluado la representatividad del sindicato si se reconocía un status igual a una agrupación del mismo gremio.
En nuestro caso FOETRA no sólo estaba afiliada a la CGT A, sino que Guillán formaba parte de la conducción. Nosotros teníamos críticas hacia él, pero eso no tenía por qué ser considerado un argumento válido para que se nos reconociera. Además éramos lo bastante sensatos como para no ponernos pesados con una exigencia de ese tipo. Es más, creo que ni se nos pasó por la cabeza esa posibilidad, y aceptamos las reglas del juego. Comenzamos a participar de reuniones y tareas, fuimos sumándonos a los actos y movilizaciones, distribuíamos la prensa, y nos relacionábamos con otros compañeros del movimiento obrero.
Pero FOETRA empezó a tomar distancia de la CGT A Hasta que llegó un momento en que se desvinculó de hecho. Se produjeron algunas críticas a Guillán, al principio con cierta mesura, y luego con mayor virulencia. Incluso hubo un intento de promocionar a Jorge Ribot como figura de reemplazo. En febrero de 1969 se le hizo una nota en el periódico, con fotografía y todo, pero el coqueteo de Ribot finalizó rápidamente, hizo una pública demostración de lealtad hacia la conducción del sindicato, y FOETRA dejó de participar en la CGT de los Argentinos.
No sé si fue antes o después de esa ruptura que nosotros nos entrevistamos con Raimundo Ongaro. En realidad reunirse con él no era demasiado difícil, no era un burócrata con el que había que solicitar turno. Si uno estaba por allí y él estaba desocupado no ponía reparos en recibir a los compañeros. A pesar de eso nosotros fuimos muy formales y le solicitamos la entrevista a través de Raúl Aragón, un viejo amigo nuestro que colaboraba como abogado de Gráficos y de la CGT A.
Nos recibió y estuvimos conversando largamente con él. En realidad tendría que haber dicho que él estuvo conversando largamente con nosotros, porque su característica era hablar extensamente. Tenía algo de predicador, pero lo hacía con criterio, no era un charlatán de feria. Muchos le adjudicaban cierto mesianismo, pero si hablaba mucho también era mucho lo que hacía, y en líneas generales durante aquellos años difíciles demostró una consecuencia inobjetable.
Nuestro objetivo era simplemente conocerlo y darnos a conocer. Le acercamos algunos boletines, le comentamos sobre las características de la agrupación, y le reiteramos nuestra adhesión a la central que él conducía. No esperábamos mucho más de ese encuentro, por eso salimos satisfechos de la reunión. No buscábamos colgarnos del brazo de los dirigentes, ni que se nos reconocieran jerarquías especiales. Volveríamos a cruzarnos con él en otras oportunidades, y en mi caso particular, compartiríamos un mismo lugar de destierro. Pero eso ocurrió mucho después.

Raúl Aragón

Dije que Raúl Aragón fue quien gestionó la entrevista con Raimundo Ongaro, y eso hace que sea un buen momento para hablar de él. Raúl era un viejo amigo, había trabajado en ENTEL como operador de tráfico en su época de estudiante. Risueñamente decía que había tenido una beca en la empresa para poder estudiar Derecho. Cuando años después me puse a recopilar información sobre la huelga telefónica de 1957 me sorprendió con su interés por contarme una anécdota sobre la militancia sindical de su padre.
Si la traigo a colación es porque explica en parte la relación de Raúl con los gráficos. Su padre había militado en ese gremio en años del peronismo, era un socialista que parecía gozar de bastante predicamento entre sus compañeros, y era un decidido opositor al gobierno. Los dirigentes del sindicato habrían tenido un vicio muy común en la época, la de subordinarse a los dictados gubernamentales y tratar de acallar las voces contestatarias. La descripción no los favorecía mucho, más bien los pintaba como uno serviles que ni siquiera sabían mediar para posicionar mejor al gremio con respecto al gobierno. En ese contexto hubo una asamblea en la que intervino el padre de Raúl, con una oratoria encendida y con buena adhesión de los asambleístas. Según el relato, éstos habrían manifestado su respaldo gritando “¡Aragón!, “¡Aragón!” Y desde el otro bando se lo hostigaba con el clásico “¡Perón!, ¡Perón“!”. Hubo enfrentamiento entre ambos bandos, y el padre de Raúl terminó con su traje roto. Lo del traje roto parecía ser una cosa muy importante, porque el viejo Aragón era un tipo muy elegante, y valoraba su indumentaria de un modo especial.
Hasta allí la anécdota. Ignoro si tras el derrocamiento de Perón el padre de Raúl tuvo alguna función interventora en la Gráfica. Si fue así no parece que hubiese dejado secuelas graves, porque siguió teniendo buenos amigos entre los gráficos de extracción peronista. Raúl mismo tejió lazos de amistad con ellos y particularmente con Ongaro. Por eso formaba parte del equipo de abogados que colaboraba con la Gráfica y con la CGT de los Argentinos.
Alguien con poco conocimiento de la historia podría suponer que era imposible que un colaborador de los golpistas de 1955 pudiera tener buenas relaciones con peronistas combativos y que habían participado muy activamente de la resistencia. Sin embargo los ejemplos en contrario son numerosos, baste recordar que Cerruti Costa fue ministro de trabajo durante el efímero gobierno del General Eduardo Lonardi, y que luego formó parte del equipo de abogados de la CGT A, y que asesoró a varios sindicatos (entre ellos a FOETRA) durante la dictadura de Onganía.
Pero volvamos a Raúl. Fue un gran amigo y un buen compañero, siempre estuvo dispuesto a dar una mano en circunstancias complicadas, y colaboró no sólo como abogado sino con sus conocimientos históricos. Aún conservo un libro suyo sobre Manuel Belgrano y la educación, y recuerdo que nos brindó algunas charlas sobre pasajes de la historia argentina.
Tras el golpe de 1976 debió exiliarse en Francia, pero retornó al país inmediatamente después de la victoria de Alfonsín. Su compromiso antidictatorial fue genuino, y lo demostró formando parte de la CONADEP, donde tuvo a su cargo la Secretaría de Procedimientos.

miércoles, 28 de marzo de 2018

La CGT de los Argentinos

AVANZADA, de memoria (VII)
La CGT de los Argentinos

Fue a fines de marzo de 1968 cuando se produjo el Congreso Normalizador de la CGT, que fue bautizado con el nombre de Amado Olmos en homenaje al dirigente de la sanidad fallecido dos meses antes. Los cálculos de los sectores burocráticos más recalcitrantes fallaron, y Raimundo Ongaro fue elegido como Secretario General. La burocracia no aceptó la derrota, la Secretaría de Trabajo tampoco reconoció a la nueva conducción cegetista, y la central sindical quedó partida en dos.
El congreso tendría que haber tenido lugar en enero de ese año, pero las maniobras dilatorias de “participacionistas” y “colaboracionistas” –dos fracciones burocráticas de la CGT- hicieron que la reunión recién tuviera lugar el 28 de marzo. En encuentros preparatorios, se fueron definiendo posiciones muy enfrentadas. Por un lado estaban los que querían continuar con la dirección de la central con el único objetivo de ser interlocutores con el gobierno y los empresarios, detentadores de una representación que les asegurara privilegios y prebendas. Del otro lado estaban quienes levantaban posiciones más confrontativas, muchos de los cuales habían sido víctimas de los atropellos gubernamentales. Ninguno de los dos sectores eran grupos compactos y homogéneos, ambos tenían diferencias internas importantes, pero para ese momento particular las posiciones fundamentales aparecían bien diferenciadas.
En los días previos al congreso un punto de fricción fue sí podrían participar los sindicatos que habían sido intervenidos por el gobierno y aquellos que tenían la personería gremial suspendida. La burocracia más recalcitrante no quería aceptar esa participación pero almibaraba su rechazo con el argumento de no ofrecer blancos para que el gobierno pudiera desconocer la legitimidad del congreso. Desde el otro bando se respondía que impedir esa participación era como castigar dos veces a los trabajadores: la primera vez por parte del gobierno dictatorial, y la segunda por parte de sus compañeros sindicales.
La burocracia quería tranquilizar las aguas para mostrar su capacidad de manejo al gobierno, se especulaba con que eso permitiría que la dictadura se presentase internacionalmente mostrando una cordial relación con el movimiento obrero organizado, y como contrapartida normalizaría algunos sindicatos en los que previamente habría barrido las direcciones contestatarias. Entre las conducciones a ser sacrificadas (y entregadas a la burocracia) se mencionaba a ferroviarios, azucareros tucumanos, trabajadores de prensa y químicos. Ese era negocio redondo para la dictadura y la burocracia, y por eso mismo era algo inaceptable para las conducciones combativas.
A pesar de todas las maniobras para impedir la realización del congreso éste funcionó. Con cuórum holgado y con sólo 5 votos en blanco fue elegida la nueva conducción de la CGT. Así quedó constituida:

Secretario General: Raimundo Ongaro (Gráficos).
Secretario General Adjunto: Amancio Pafundi (UPCN).
Secretario de Hacienda: Enrique Coronel (Fraternidad).
Prosecretario de Hacienda: Pedro Avellaneda (ATE).
Secretario Gremial e Interior: Julio Guillán (FOETRA).
Prosecretario Gremial e Interior: Benito Romano (FOTIA).
Secretario de Prensa, Cultura y Propaganda: Ricardo De Luca (Navales).
Secretario de Previsión Social: Antonio Scipione (Unión Ferroviaria).
Vocales: Honorio Gutiérrez (UTA); Salvador Manganaro (Gas del Estado); Enrique Bellido (Ceramistas); Hipólito Ciocco (Empleados Textiles); Jacinto Padín (SOYEMEP); Eduardo Arrausi (FUVA); Alfredo Lettis (Marina Mercante); Manuel Veiga (TER); Antonio Machese (Calzado); Floreal Lencinas (Jaboneros); Félix Bonditti (Carboneros).

Antes de que concluyeran las deliberaciones el Secretario de Trabajo, Ruben San Sebastián, se reunió con Onganía y luego informó que el nuevo Consejo Directivo de la CGT no sería reconocido. A tono con la declaración gubernamental, los dirigentes que acababan de ser derrotados se reunieron en el local de la CGT, Azopardo 802, y decidieron declarar nulo el congreso, prorrogar el mandato de la Comisión que hasta ese momento había dirigido la central, y suspender a las representaciones de FOETRA, Navales, ATE, UPCN, Calzado, Jaboneros, Ceramistas, FUVA y Gráficos, ante el Comité Central Confederal. Entre los dirigentes que tomaron esta decisión destacaban los nombres de Augusto Vandor, Armando March, Rogelio Coria, Cavalli y Jerónimo Izetta.
El local de la central obrera nunca fue entregado a las autoridades surgidas del Congreso, la entidad quedó partida en dos, el sector burocrático fue conocido como CGT Azopardo (por el nombre de la calle donde se encuentra el local usurpado), y la nueva conducción se definió a si misma como CGT de los Argentinos.

Una de las primeras resoluciones de la nueva conducción obrera fue la de convocar a actos por el 1º de Mayo en todo el país. Ongaro encabezaría el acto programado en Córdoba, Amancio Pafundi lo haría en Buenos Aires, Julio Guillán cumpliría ese papel en Rosario y Benito Romano lo haría en Tucumán. El acto de Buenos Aires se programó para las 3 de la tarde en la Plaza de San Justo, en La Matanza.
Ya comenté que la capacidad de movilización del gremio telefónico había quedado muy disminuida luego de la represión por el paro del 1 de marzo de 1967. A pesar de eso nosotros nos propusimos participar del acto con los compañeros que pudiéramos reunir. Recuerdo que fuimos con Alfredo Falcone hasta cerca de la plaza de San Justo, pero los colectivos eran desviados del recorrido desde varias cuadras antes. En el que viajábamos nosotros se notaba la presencia de algunos pasajeros que tampoco conocían la zona, eran, presumiblemente, compañeros que estaban tratando de llegar al acto. A pesar de eso, nadie se mostraba muy dispuesto a sumarse a otros que no conociera, y todos fuimos bajando como si no tuviésemos nada que ver con la convocatoria.
Con Alfredo dimos algunas vueltas como para reconocer el terreno, incluso llegamos a pasar por delante de la plaza, y para nuestro asombro descubrimos que estaba exactamente frente a la comisaría de San Justo. Como diríamos en otras oportunidades con bastante humor negro: “Había más policías que gente”. El despliegue represivo no era intimidatorio sino aterrador, o tal vez el miedo nos hiciera ver aumentadas las fuerzas policiales. Frente a la comisaría había varias decenas de uniformados, y algunos de ellos tenían perros. En los alrededores alcanzamos a ver algún carro de asalto, y en la recorrida nos topamos con otros grupos policiales.
Era de suponer que además de los uniformados debía haber un montón de policías de civil. Algunos aparecían como muy reconocibles, vestidos de traje, con el pelo cortito, y mirando agresivamente a todo el que se les cruzaba. En una esquina vimos un grupito de cinco o seis policías, y uno de ellos me llamó la atención porque llevaba una cadena colgando de su muñeca. Debió darse cuenta de que andábamos buscando la movilización, porque se sonrió sádicamente y movió la cadena como para mostrar que pensaba usarla de látigo con los que se le pusieran delante.
Era obvio que no podíamos estar dando vueltas indefinidamente pues íbamos a terminar presos sin siquiera haber participado del intento de acto. Nos preguntábamos por dónde andarían los otros compañeros de la agrupación porque no llegamos a cruzarnos con ninguno de ellos. En cierta medida eso era lógico, después supimos que habíamos entrado por el lado equivocado, y que la movilización se armó desde un sector opuesto al nuestro.
Cuando empezaron a escucharse las detonaciones de las bombas de gas lacrimógeno y el sonido de las sirenas supimos que había comenzado la represión. Ya no podíamos llegar hasta donde estaban los demás, y la única alternativa era salir rápido de allí. Con Alfredo nos decíamos que nuestra participación no había sido muy digna, que el primer movimiento táctico que habíamos probado era la retirada, y que como combatientes dejábamos mucho que desear. No fuimos los únicos que no llegamos a lo que habría sido la columna, aunque otros compañeros de la agrupación participaron de ella por unos pocos minutos. Después vino la desbandada, y aunque hubo muchos detenidos ese día, ninguno de los nuestros cayó preso. Eso nos sirvió para poder responder a las críticas burlonas, diciéndoles que tampoco ellos parecían haber estado en la primera línea del combate.

martes, 27 de marzo de 2018

Algunos amigos a principios de 1968

AVANZADA, de memoria (VI)
Algunos amigos a principios de 1968

El contacto con compañeros de otros gremios se fue haciendo muy frecuente. Además de atender la cotidiana tarea dentro de Telefónicos nos prodigábamos en reuniones con militantes de Publicidad, Bancarios, Gráficos, del Seguro, Prensa y muchos más. Era lógico que con los amigos de publicidad la relación fuera mayor, eran quienes nos prestaban su casa para que pudiéramos funcionar. Ya mencioné a Ernesto Gutiérrez, el Secretario general del sindicato, la Secretaria adjunta era Lía Andrada. En las tareas con agrupaciones de distintos gremios los compañeros de Publicidad que participaban más frecuentemente eran Monona Casanello, quien también integraba la conducción del sindicato, y Rafael Lombardi, el abogado de la institución.
En la mayoría de los casos esos encuentros entre militantes de diferentes gremios eran provocados por la coyuntura, no se establecían vinculaciones de larga duración, pero servían para conocernos, aprender de algunos de ellos, contar nuestras propias experiencias. A todos nos interesaba una vinculación más permanente y organizada, sobraban los motivos para que eso fuese una necesidad.
Luego del golpe de estado conducido por Onganía –“le llaman Revolución”, diría irónicamente Gregorio Selser- la expresión “racionalización administrativa” había adquirido lúgubres resonancias. Uno de los pilares del nuevo programa gubernamental era la drástica reducción de personal, tanto en la administración pública como en las empresas del estado o en la actividad privada.
Después del paro del 1º de marzo había venido la catarata de sanciones contra los trabajadores; casi sin tiempo para asimilar los golpes llegaron los anuncios económicos de Adalbert Krieger Vasena: para contener la inflación se congelaron los salarios y se devaluó el peso en un 40 por ciento. Como puede verse, los sectores reaccionarios siempre echan mano a la misma receta para resolver sus problemas. La dirección cegetista no intentó ninguna forma de protesta que excediera lo meramente declarativo, y esto último en términos muy moderados.
Para enfrentar tanto atropello habría hecho falta un gran compromiso, mucha organización, disposición para luchar y criterio para no lanzarse irreflexivamente contra una pared. En lugar de eso los distintos sectores en que se encontraba dividida la dirigencia empezaron a tender puentes de acercamiento al gobierno, el criterio parecía ser: si no se puede vencer al enemigo, hay que aliarse con él.
Vandoristas y alonsistas, cada uno a su modo, procuraban la bendición gubernamental. En realidad esto es una simplificación porque ninguno de los nucleamientos era homogéneo, en ambos sectores coexistían sindicatos muy burocratizados y hasta derechistas junto a otros más contestatarios. Los que procuraban un mayor acercamiento con el gobierno eran los llamados “participacionistas”, y el paradigma del sector era Luz y Fuerza, el gremio dirigido a nivel nacional por Juan José Taccone. Un ejemplo de sus convicciones –si se les puede llamar así- está en la idea que expuso uno de sus dirigentes, Luis Angeleri, luego de ponerse en contacto con la Histadruth, la central sindical israelí.
Frente a lo que llamaba “problema tucumano” la propuesta de Angeleri era dejar de lado la protesta obrera y las huelgas generales. En lugar de perder tres días de salarios como consecuencia de los paros, se debía reunir ese dinero, unos 3 mil millones de pesos de esa época, para que la CGT instalara una planta industrial en Tucumán. Según su razonamiento, la planta piloto serviría para dar trabajo a los desocupados de la provincia, al mismo tiempo que convertiría a la CGT en una fuerza empresaria.
Los participacionistas eran el caso más extremo de complicidad no sólo con el régimen sino con el propio sistema. Otros sectores burocráticos cuidaban un poco más las formas, debían rendir cuentas ante bases más organizadas, o sus aspiraciones políticas requerían de un acompañamiento popular que hubiera sido impensable con posiciones tan derechistas. El tema es importante, pero me estoy desviando de lo que venía comentando sobre compañeros y amigos de AVANZADA.

Una buena cantidad de compañeros que conocimos en aquel tiempo militaban en el Movimiento de Liberación Nacional, una fuerza política conducida por Ismael Viñas. El MLN había sido rebautizado como “Malena” en el ambiente de la militancia. Por lo que pudimos conocer tenían bastante presencia en gremios como Bancarios y Seguros, pero no llegaban a conformar agrupaciones de gran peso. Frecuentemente nos cruzábamos con ellos en reuniones donde se discutía algún documento político sindical o en tareas de solidaridad con algún conflicto. Uno de esos compañeros era el “gallego” Manolo Queipo. Era un tipo macanudo, siempre muy sonriente, aunque Sergio me contó que no se lo vería muy risueño el día en que su esposa, por error, volanteó el sueldo en medio de una movilización.
Por esa época también Ignacio Ikonikof estaba en el Malena. A él ya lo conocíamos de las reuniones con los compañeros de Prensa. Nos hicimos bastante amigotes, yo tenía buena formación técnica, él era licenciado en física, sus explicaciones científicas eran muy didácticas, y aunque esto no tuviera mucho que ver con la práctica sindical también contribuyó a que se consolidara la amistad.
Susana Viau por ese entonces trabajaba en la revista Siete días, una publicación que en su formato y su estética imitaba a la norteamericana Life. Susana militaba en prensa junto a Jozami, Jáuregui, Ikonikof y muchos otros; con ella nos cruzamos en algunas reuniones y en las múltiples tareas solidarias que nos imponía la coyuntura política.
De una vertiente distinta eran los compañeros de la Lista Blanca de Aceiteros. Recuerdo que uno de ellos era Murat Lima y otro Vega. No recuerdo haber visto a otros compañeros de ese gremio, ni cuál sería la dimensión de su trabajo sindical; seguramente no realizamos ninguna tarea conjunta. Murat Lima traía el periódico Baluarte, y lo menciono particularmente a él, aunque supongo que también Vega pertenecía al mismo grupo político. Hasta donde recuerdo ellos estaban en la seccional argentina de la OLAS, Organización Latinoamericana de Solidaridad, que se había formado un año antes en el encuentro de la Tricontinental en La Habana.
No quiero dejar de mencionar a Heraldo Salvatierra, era por entonces un importante dirigente estudiantil en la provincia de Tucumán. Su hermano, Aníbal, integró AVANZADA desde el comienzo, y en uno de los viajes de Heraldo a Buenos Aires lo acercó a nuestras reuniones. Aquí salgo de la contemporaneidad del relato para recordar que Heraldo siguió siendo un militante de prestigio, que en alguna reunión de la CGT de los Argentinos se lo mencionó como un compañero que había que tener muy en cuenta, que en años posteriores se integró al PRT –al menos así lo cuenta Humberto Pedregosa en una entrevista que le hicieron con motivo del estreno de Gaviotas blindadas-, y que fue detenido-desaparecido en 1976.

lunes, 26 de marzo de 2018

Amigos dentro y fuera de Telefónicos

AVANZADA, de memoria (V)
Amigos dentro y fuera de Telefónicos

En la actividad sindical éramos reconocidos como una agrupación de izquierda. Lo que nos diferenciaba de muchas otras agrupaciones progresistas era que no actuábamos como la sucursal de ningún partido. Eso, además de despertar curiosidad, hacía que algunas fuerzas políticas trataran de tomar contacto con nosotros con el evidente objetivo de ganarnos para su causa. Esto era algo bastante razonable y creo que hasta nos sentíamos halagados por ese interés. En última instancia es parte del juego político que realiza cualquier fuerza para ampliar su base de sustentación. En algunos casos quienes se acercaban a nosotros lo hacían con ciertas desconfianzas y preconceptos. En otras oportunidades seguramente fuimos nosotros quienes nos movimos con criterios prejuiciosos. Esto es algo casi inevitable en cualquier relación. Lo cierto es que a lo largo de nuestra historia fuimos haciendo un buen número de amigos, también ganamos algunos enemigos, y demarcamos un territorio para propios y extraños. Esto fue establecer una identidad.
Siempre procuramos no ser sectarios y movernos con la mayor amplitud. Nos preocupaba no ser considerados antiperonistas o anticomunistas, aunque en razón del espacio que disputábamos muchas de nuestras confrontaciones fueran con esos compañeros. Con los primeros, porque eran la fuerza mayoritaria del gremio y detentaban una conducción hacia la que teníamos críticas. Con los segundos, porque nosotros habíamos conseguido un desarrollo que los opacaba como fuerza dentro del sindicato. Nuestra relación con los compañeros del PC siempre fue de cierta distancia aunque los respetábamos y, en algunos casos, admirábamos. En el período que estoy considerando, su máxima figura era Susana Dos Santos, una compañera muy inteligente que con su oratoria encendida era capaz de levantar en vilo a toda una asamblea.
En nuestro descargo tendría que decir que en esos años el PC era objeto de una fuerte crítica desde diferentes sectores de la izquierda. Se los acusaba de reformistas (cuando no de contrarrevolucionarios), de mantener una servil subordinación a la Unión Soviética, de estalinistas, etc. Visto a la distancia, me parece que muchas de aquellas críticas eran desmesuradas y que respondían únicamente a un interés de diferenciación. Pero haciendo salvedad de esos casos, nosotros teníamos cuestionamientos hacia la Lista Naranja de aquellos tiempos (y que luego cambió a Lista Violeta). Sin embargo nunca escribimos ni una sola línea contra esos compañeros: podíamos tener diferencias, pero no los consideramos nuestros enemigos.
Entre quienes se acercaron a nosotros estuvieron los compañeros del PO, tenían un militante en telefónicos y querían que se integrara en nuestra agrupación. Por aquellos tiempos eran una fuerza muy pequeña; no recuerdo que ya se definieran como Partido Obrero, en todo caso, nosotros los conocíamos por el nombre del periódico: Política Obrera. Lo primero que dejamos en claro fue que el compañero se integraba como un telefónico más y no como miembro de un partido en particular. Nuestra agrupación estaba formalmente abierta a todos los telefónicos que quisieran sumarse, que aceptaran los postulados generales y que respetaran los acuerdos internos. NO queríamos que se viera a la agrupación como un frente de grupos políticos, ni que se promovieran fracciones y tendencias en el interior de la misma. Sabíamos (o supimos) que esta era una aspiración de difícil cumplimiento, pero al menos pretendíamos que no se violentara la unidad interna y que las reuniones no fueran un lugar que se usara únicamente para la bajada de línea y la captura de nuevos adherentes partidarios. Por lo demás, no había ninguna prohibición para que el compañero desarrollara su proselitismo particular antes o después de las reuniones.
Hugo Salerno era un compañero excelente. Era un flaco con cara de chico bueno, parecía un poco tímido, pero Cumplía puntualmente con las tareas asignadas... y siempre tenía dispuesto el periódico partidario para quien aceptara comprarlo. El problema surgió cuando no pudo conciliar la disciplina de la agrupación con las disposiciones partidarias. El PO había caracterizado a la dictadura de Onganía como bonapartista, y pretendía que nosotros hiciéramos lo mismo en nuestra publicación. Nosotros no coincidíamos para nada con semejante apreciación del onganiato, pero aunque hubiéramos estado de acuerdo seguramente no nos habría interesado usar el término “bonapartismo” en el boletín. En ese caso, probablemente habríamos buscado alguna forma de expresión que no nos obligara a dictar un curso sobre Marx y “El 18 brumario de Luis Bonaparte”. Lo cierto es que Hugo propuso esa caracterización, la discutimos entre todos y se la rechazó.
Hasta allí todo fue bien. Pero ese asunto (por alguna cuestión que nosotros desconocíamos) debía ser importante para su partido. Por lo menos eso pensamos cuando una semana después volvió a insistir con que caracterizáramos como bonapartista a la dictadura militar. Hubo un cierto malestar entre los compañeros. Se le recordó que el tema ya había sido discutido y que no se podía estar reabriendo el debate en cada reunión. Hugo se sonrió como pidiendo disculpas y todos pasamos por alto su insistencia.
Pero cuando volvió a la carga por tercera vez la situación se hizo insostenible. Hubo quienes se sintieron muy molestos y hablaron de expulsión. Fue Ricardo quien se encargó de bajar el tono a las críticas. Primero destacó las cualidades militantes de Hugo, señaló que siempre había sido disciplinado y que no se debía hablar de expulsión cuando no estábamos en presencia de un traidor. En todo caso lo que había era una diferencia que nos se podía resolver internamente. Explicó que era obvio que el compañero insistía con su propuesta no por una testarudez insensata sino por indicación partidaria. De todos modos, habría dado lo mismo que lo hiciera por simple tozudez. Sin duda él creía sinceramente en la justeza de su propuesta y además la consideraba tan importante como para insistir en su reclamo de aceptación. Pero la mayoría de los compañeros (todos, menos Hugo) ya habían adoptado una decisión distinta a la que él proponía. Estaba fuera de toda discusión que debía respetarse la decisión de la mayoría, y que la insistencia en rediscutir un tema ya resuelto terminaba entorpeciendo el funcionamiento de la agrupación y la propia disciplina interna.
Hugo no podía seguir formando parte de AVANZADA, pero Ricardo insistía en que no se debía expulsarlo: “Se expulsa a un traidor, pero no a un compañero con el que sólo tenemos diferencias de criterios”. Por eso propuso que se le devolviera la ficha de afiliación y que quedara muy claro que seguíamos siendo amigos.
El hecho puede parecer una anécdota insignificante, pero con cosas como esas fuimos formándonos éticamente. Discusiones y decisiones como aquellas resultaron mucho más aleccionadoras que un largo curso académico. Fuimos aprendiendo en la propia práctica a resolver situaciones difíciles, a no herir la sensibilidad de un compañero por pensar distinto a nosotros y a tratar de ser muy equilibrados a la hora de juzgar las conductas ajenas. En el caso de Hugo, la decisión fue realmente adecuada. Por años, aún después de haber dejado de trabajar como telefónico, él siguió siendo un gran amigo nuestro.