jueves, 8 de abril de 2021

El exilio (2)

 Escala en Río

Cuando se tomó la decisión de salir de Argentina Tito Paoletti dijo que viajaría a España, allí tenía conocidos que podrían darle una mano durante los primeros tiempos, nos propuso que hiciéramos lo mismo y así fue como nos planteamos llegar a Madrid.

Antes debíamos pasar por Río de Janeiro, teníamos que acercar algo de dinero a Sarita quien ya se había presentado al ACNUR y esperaba que le gestionaran un lugar de asilo. Sarita era la compañera de Esteban Andreani, él había sido secuestrado el 10 de abril y durante unas semanas se consiguió mantenerla a resguardo; después pudo salir del país y emprendió el viaje hasta Río.

Tito también pasaría por Río, pero se detendría el menor tiempo posible, lo necesario para sacar pasaje y volar a España. Aunque remota existía una posibilidad de que nos encontráramos, jocosamente dijo que nos esperaría en El Amarillinho para tomar un café. No nos encontramos allí sino en la “cita de recambio” al otro lado del Atlántico.

Con las escasas referencias que teníamos conseguimos ubicar a Sarita y entregarle el dinero, en medio de tanto desbande seguía existiendo algo parecido a la organización y la solidaridad. Nos comprometimos a un futuro encuentro cuando pudiéramos hacer pie en algún lugar del mundo. No le dijimos que estábamos tratando de llegar a Madrid, seguíamos manteniendo los reflejos y no hablamos más que de lo necesario. Cumplida la tarea empezamos a ocuparnos de lo nuestro, buscar la oficina de Varig para sacar pasajes.

Ni Olga ni yo sabíamos portugués, nunca habíamos estado en Brasil, pero suponíamos que en la zona de frontera nos podríamos hacer entender. Que consiguiéramos hacerlo más adelante fue realmente asombroso. De todos modos no teníamos opciones, debíamos viajar y viajamos. Además los brasileños nos facilitaron las cosas, cuando resultaba evidente que no conocíamos el idioma nos hablaron del modo más sencillo y comprensible. En la oficina de Varig nos atendió un empleado que hablaba perfectamente en español, por entonces mi oído funcionaba bastante bien y pude captar cierto acento conocido. Le pregunté si era chileno y me dijo que sí. Pero esa es una anécdota, lo importante fue poder comprar los pasajes y asegurarnos una buena información sobre el viaje que íbamos a realizar.

El vuelo salía de noche; llegamos al aeropuerto del Galeao con la debida anticipación y fuimos haciendo los trámites de rutina. Todo fue bien hasta que presentamos los pasaportes y, por separado, los formularios de la entrada al país. El funcionario dijo que en esas condiciones no podíamos viajar, que el ingreso debía estar registrado en el pasaporte para poder darnos la salida. Todo se desmoronaba porque ante nuestro reclamo el funcionario se fue poniendo inflexible; no sólo perderíamos el vuelo sino que tendríamos que ir a la embajada argentina para que nos gestionaran un visado.

La empleada de Varig que nos acompañaba con los trámites nos apartó del mostrador, nos indicó que nos quedáramos callados y que ella trataría de solucionar el problema. Estábamos jugados y ahora dependíamos de ella. No sé si fue seductora o convincente o ambas cosas. No sé si dijo que éramos unos nabos o unos despistados, lo cierto fue que volvió a dirigirse a nosotros para que presentáramos nuevamente los documentos. El funcionario nos hizo colocar los bultos de mano en una cinta, selló la hoja de entrada al país y nos dijo casi con tono sobrador: que tengan un buen viaje.

Apenas si pudimos decir gracias a la empleada que nos había devuelto el alma al cuerpo, después nos dirigimos hacia el avión. Los pasaportes estaban sin sellar, pero eso era algo que trataríamos de resolver en Madrid, por el momento seguíamos estando en carrera.


Una vez en el avión fue como si estuviéramos en un mundo aparte, todavía tardaríamos en salir pero ingenuamente nos creíamos a salvo de cualquier contingencia. No recuerdo que haya pasado por nuestra imaginación la posibilidad de que nos ordenaran desembarcar. Cuando levantamos vuelo fue la confirmación de un gran alivio, seguramente comimos algo y después dormimos un rato. El viaje fue de noche, por la diferencia horaria cuando llegamos a destino ya el sol estaba alto. Mientras nos acercábamos a Madrid llenamos papeles y preparamos documentos, pensamos en las posibles explicaciones para justificar la falta de sellado en el pasaporte. Nada de eso fue necesario, fuimos siguiendo a los demás pasajeros y alguien nos indicó que tuviéramos abierto el pasaporte en la hoja que debía ser sellada.

En Madrid

Era verano y los turistas llegaban por millares, el aeropuerto de Barajas parecía un gigantesco hormiguero; el empleado de aduana bajó el sello con una precisión de autómata y sin prestarnos ninguna atención. Ya afuera nos reímos como chicos comentando que si no teníamos abierto el documento lo habrían sellado en la tapa.

Nos dirigimos a un taxi y con la experiencia de la etapa anterior le indicamos al conductor que nos llevara a un hotel barato. Probablemente mencionamos algo sobre el Museo del Prado y el chofer debió entender que queríamos alojarnos en sus inmediaciones, terminó dejándonos en un apartamento para turistas frente a la Iglesia de Los Jerónimos. Esa es una de las zonas más lujosas y más caras de Madrid, cuando estuvimos allí ya no tuvimos alternativas.

Como imaginamos el lugar era carísimo, pero la preocupación más inmediata era averiguar dónde quedaba el Museo del Prado. En ese momento no nos movía ninguna afición artística, teníamos que ir allí porque habíamos acordado con Tito que cuando llegáramos nos encontraríamos frente al cuadro de Las Meninas. Él daba por seguro que esa obra de Velázquez estaba en exposición permanente. Y no se equivocó.

Ya hacía tiempo que iba diariamente al Prado, se rio parodiando al guardián que debía creerlo un fanático de la pintura o un ladrón de obras de arte. Caminamos hasta nuestro alojamiento de alta categoría, nos dijo que con ese tren de vida nos íbamos a gastar todos los recursos en menos de dos semanas. Estábamos contentos, habíamos vuelto a encontrarnos, otros compañeros llegarían y volveríamos a reorganizarnos.

Con su experiencia viajera nos indicó la conveniencia de buscar un Hostal que resultaría mucho más económico. Nosotros ya teníamos pensado el alquiler de un departamento pero la posibilidad de un hostal nos pareció un buen paso intermedio. Esa misma tarde salimos a buscar uno en las cercanías. No nos fijamos mucho en los detalles, cuando encontramos uno reservamos una habitación y regresamos al apartamento a buscar nuestro equipaje.

Debíamos ser la contracara de los turistas que deambulaban por Madrid, cargando nuestros bultos volvimos a nuestro nuevo alojamiento. Nos propusimos buscar departamento en cuanto nos levantáramos al día siguiente.

Era domingo, acostumbrados a Buenos Aires supusimos que encontraríamos todo abierto desde muy temprano. El quiosquero nos indicó el diario en que encontraríamos el mayor número de avisos, conseguimos una cafetería y allí nos pusimos a revisar los anuncios. No teníamos ni idea de cómo era la ciudad, pero no era la primera vez que debíamos salir adelante en situaciones complicadas y prácticamente sin conocer nada. Cuando las calles comenzaron a poblarse y nos pareció que ya era un horario razonable hicimos algunos llamados telefónicos. Finalmente encontramos un interlocutor que se mostró muy satisfecho con nuestra comunicación, hizo la esperable publicidad del departamento amoblado que ofrecía, nos indicó cómo llegar y hacia allí salimos.

Tomamos el Metro y viajamos hasta Ciudad Lineal, en esa época era la última estación de ese ramal, después caminamos unas cuadras por Avenida de Aragón y llegamos a destino. El propietario nos consideró los inquilinos que estaba esperando desde siempre, nosotros nos esforzamos por parecer los mejores viajeros que llegaban a la ciudad por un año. El departamento era pequeño pero cómodo, mentalmente calculábamos cuánto tiempo podríamos vivir con el dinero que teníamos. Lo principal era llegar al nacimiento de nuestro hijo, después ya veríamos.

Olga era capaz de hacer milagros con cada moneda, desde que nos casamos llevábamos una contabilidad rigurosa y no pensábamos salir de nuestras espartanas costumbres. La única gran inversión fue comprar una máquina de escribir portátil en el Rastro madrileño; iba a ser nuestra arma de combate contra la dictadura durante el exilio. Como Olga era una excelente dactilógrafa me enseñó a escribir a ciegas, después de mucho tiempo recuperé la posibilidad de volver a situarme frente al teclado de una máquina.

La búsqueda de asistencia médica fue una de nuestras primeras preocupaciones; durante todo su embarazo Olga sólo había tenido un control, afortunadamente no se había producido ninguna situación desagradable. Una médica ligada al exilio fue la primera en revisarla; la delicadeza no era una de sus virtudes, sin el más mínimo tacto preguntó si nuestra intención era quedarnos con el niño cuando naciera. A pesar de esa torpeza inicial terminó orientándonos para llegar al hospital público donde luego nacería nuestro hijo. La mayor parte de la colectividad latinoamericana con la que nos conectamos estaba compuesta por exiliados, pero también algunas personas solidarias acercaban su colaboración para ayudar a salir a flote en medio del naufragio: una mujer a quien sobraba un moisés o un cochecito de bebé, un médico pediatra que asistía sin cobrar o algunos compañeros que ayudaban a conseguir ropa.


Así llegamos a la madrugada del 10 de septiembre cuando se presentaron los síntomas del nacimiento inminente. Llamé por teléfono a Tito y éste estuvo en el departamento un rato después, ya Olga tenía preparado su bolso desde tiempo atrás. Tito llamó a otro compañero y le dijo con tono risueño: “Flaco, se armó la gorda, Olga está por parir”. Después nos acercó hasta el hospital y entre él y el Flaco se turnaron para acompañarnos hasta el atardecer cuando se produjo el nacimiento de Claudio Martín. A pesar de las circunstancias fue uno de los momentos más felices de la vida. Una enfermera me puso entre los brazos al pequeño, Olga era llevada a la habitación y alcanzó a decirme: “Tiene la cabeza llena de rulitos. ¡Es hermoso!”.

martes, 6 de abril de 2021

El exilio

 Llegamos corriendo a la parada. Una serie de indicaciones equivocadas nos habían hecho dar una vuelta innecesaria perdiendo muchísimo tiempo. Cruzamos la avenida General Paz, allí mi hermano nos estaba esperando desde media hora antes para terminar de arreglar las condiciones de nuestro próximo encuentro. Apenas si tuvimos tiempo para intercambiar unas pocas palabras y esbozar algo parecido a una despedida. Todo se había ido acordando sobre la marcha, la salida del país era inevitable porque ya no quedaba ningún lugar seguro. Éramos dos más entre los miles que buscaban la forma de escapar de la dictadura.

Después que nuestra vivienda fuera asaltada por una patota militar ni siquiera pudimos ir nosotros mismos a comprar los pasajes, debimos pedir a otros que lo hicieran. Y estos, por temor o torpeza no terminaron de entender dónde debíamos abordar el ómnibus. No queríamos hacerlo en la salida principal, dábamos por seguro que allí la vigilancia policial debía ser enorme, la idea era subir en una parada intermedia y esto confundió a quienes compraron los boletos.

El viaje

Coloqué el bolso de mano en el portaequipaje y nos acomodamos en los asientos tratando de recuperar el ritmo respiratorio. Olga estaba en su sexto mes de embarazo, la corrida debió ser un esfuerzo tremendo para ella. Después de las equivocaciones que casi nos hicieran perder la combinación temíamos haber subido a un transporte equivocado. Cuando el guarda nos devolvió los pasajes nos quedamos más tranquilos, al menos esta vez no había errores.

El plan de viaje era sencillo: llegar a Santo Tomé donde un compañero nos indicaría la forma de cruzar a Sao Borja, ya en territorio brasileño vendría la segunda parte de la travesía.

Estaba por comenzar el invierno y debía hacer frío, no lo recuerdo porque otras eran nuestras preocupaciones. Sabíamos que íbamos hacia la Mesopotamia, que en algún lugar cruzaríamos el Río Paraná, luego atravesaríamos Entre Ríos y parte de Corrientes.

El viaje dentro de la provincia de Buenos Aires fue tranquilo, no fuimos detenidos por ninguna “pinza”, cruzamos el Paraná e ingresamos en Entre Ríos.

Ya era de noche, la nocturnidad es el territorio de todos los miedos, lo fue también para nosotros.

El ómnibus se detuvo y unos uniformados con armas subieron para controlar a los pasajeros, al azar pidieron algunos documentos y luego nos dejaron seguir viaje. Pasé el brazo por encima de los hombros de Olga y la atraje como para protegerla, tal vez era yo quien buscaba su contacto para sentirme protegido.

Creí que podíamos sentirnos tranquilos y dormir un rato. Fue una falsa ilusión porque más adelante volvimos a ser detenidos; nuevamente se encendieron las luces y los hombres con armas caminaron entre los pasajeros. Fingimos más somnolencia que la real, en nuestro fuero íntimo rogábamos que no nos pidieran documentos. No debimos parecer sospechosos, la demora no se prolongó y el ómnibus fue autorizado a seguir… hasta la próxima pinza.

Por tercera vez los policías pararon el ómnibus; no sabíamos cuánto tiempo había pasado desde el control anterior, seguía siendo de noche y todavía estábamos en Entre Ríos.

Empezó a clarear, en algún momento ingresamos a Corrientes. No teníamos mucha idea sobre la distancia que nos separaba de Santo Tomé, cerca de las 10 llegamos a nuestro destino.

Actualmente la Ruta Nacional 121 empalma con el Puente de la Integración, y el puente cruza de Santo Tomé en el lado argentino a Sao Borja del lado brasileño. Pero en 1977 para cruzar el Río Uruguay había que hacerlo en balsa.

El cruce

El compañero que nos indicó el procedimiento para cruzar el río debía haber visto muchas películas. Exageró su papel y se mostró misterioso al explicar que lo mejor era tomar un taxi allí mismo, con ese vehículo subiríamos a la balsa, y una vez del lado brasileño el taxista nos llevaría a un hotel. Él haría el control y avisaría de cualquier problema a los amigos en Buenos Aires. Para ser justo hay que reconocer que la ayuda nos dio una cierta tranquilidad.


Esperaba más problemas del lado argentino que del brasileño, sin embargo la mayor tensión se produjo cuando el taxi descendió de la balsa y hubo que completar los trámites con la policía de Sao Borja. El inspector se puso cargoso y revisó el bolso de mano, preguntó por el contenido de unos casetes y quiso escuchar la grabación. El aparato que llevábamos no tenía pilas y nos indicó que lo acompañáramos hasta el puesto policial. Tal vez estuviera jugando como “el gato maula con el mísero ratón”, a lo mejor buscaba una coima.

Algo debió distraerlo o simplemente se cansó del juego, llenó el formulario de entrada al país y nos dejó seguir viaje sin insistir con el contenido de los casetes. Como queríamos pasar por turistas de fin de semana no presentamos los pasaportes sino la libreta o la cédula, eso nos traería complicaciones cuando fuimos a salir de Brasil.

Volvimos al taxi que nos llevó a un hotel en la ciudad. Lo primero que hicimos fue darnos una ducha y después preguntamos donde estaba la estación de ómnibus, queríamos alejarnos de la frontera lo antes posible.

En la terminal nos dijeron que esa misma noche había un viaje hasta Porto Alegre; no dudamos en sacar los pasajes, volvimos al hotel a buscar nuestras cosas y regresamos a la estación de ómnibus.

A eso de las 7 de la mañana llegamos a Porto Alegre, llevábamos dos días viajando pero nuestro objetivo era llegar a Sao Pablo donde debíamos encontrarnos con mi hermano. Lo primero que hicimos fue comprar un mapa del país, mientras tomábamos un café Olga se encargó de mirar dónde estábamos y a dónde nos dirigíamos.

Todo lo habíamos acordado con la mayor ignorancia, no teníamos idea de distancias, en ese momento empezamos a tener conciencia de lo enorme que es Brasil. Para llegar a Sao Pablo teníamos 22 horas de viaje por delante; un ómnibus salía a las 10, reservamos los pasajes y nos preparamos para otro día en la ruta.

Olga soportaba todo sin una queja, ya no eran solamente sus tobillos los que estaban hinchados, desde las rodillas hacia abajo todo era una gran inflamación. Habría necesitado un buen descanso y levantar las piernas; estaba en el sexto mes de embarazo.

A pesar de todo esa parte del viaje fue mucho más tranquila, a lo largo de kilómetros y kilómetros bordeábamos el mar, el sol brillante nos hacía olvidar que ya estábamos en invierno.

Sao Pablo

Llegamos a la ciudad cuando eran las 8 de la mañana; buscamos un taxi y le pedimos al conductor que nos llevara hasta un hotel económico; no era un dato muy preciso, pero no nos estafó. No tenía que hacer mucho esfuerzo para darse cuenta que éramos turistas “gasoleros”, su único comentario con respecto al hotel fue: “bon desayún”.

Lo primero fue un buen baño y cambiar la ropa interior, eso nos hizo sentir como seres civilizados. Después nos preparamos para tomar un café, pero allí descubrimos qué había querido decir el taxista con lo de bon desayún.

Lo que ha quedado en mi memoria es el recuerdo de Olga casi risueña contándome los manjares que llenaban las mesas de aquel comedor. Fue una mezcla de desayuno y almuerzo, un verdadero remanso en medio de tantas angustias. Cuando nos sentimos satisfechos volvimos a la estación de ómnibus para montar guardia esperando a mi hermano.


Habíamos iniciado el viaje llevando un bolso de mano, queríamos aparentar ser viajeros de fin de semana, pacíficos ciudadanos que disfrutaban de una corta escapada. Es cierto que el asalto de la patota a nuestro domicilio nos había dejado prácticamente con lo puesto; cuando dejamos el departamento unas semanas antes todavía teníamos la esperanza de poder volver, fueron muy pocas las cosas con que lo abandonamos. Después nos enteramos que el ejército había ido a buscarnos, que habían roto la puerta y que habían estado saqueando todo lo que les parecía de valor. Alguien aconsejó que no se nos ocurriera volver, que en las noches los uniformados regresaban para montar guardia o tal vez para seguir desbalijando la vivienda.

Familiares y compañeros nos acercaron algo de ropa, con eso llenamos una valija que, sin embargo, no llevaríamos con nosotros. Aunque parezca absurdo se nos ocurrió que mi hermano nos acercara el equipaje a Brasil, y como desconocíamos las distancias fijamos Sao Pablo como lugar de encuentro. Nosotros salimos de Argentina por el cruce entre Santo Tomé-Sao Borja, y él cruzó por Colonia, atravesó Uruguay y después siguió subiendo probablemente por el mismo camino que hiciéramos nosotros. Habíamos quedado en encontrarnos en la estación de ómnibus, y me parece casi milagroso que con referencias tan imprecisas pudiéramos reunirnos.

La relación con mi hermano no era todo lo fraternal que podía indicar el parentesco, nuestras posiciones políticas no coincidían, pero a pesar de las diferencias él no vaciló en ayudarnos. No podía ignorar que corría un gran riesgo al asistirnos, pero estuvo a nuestro lado.

No nos demoramos mucho tiempo, conversamos una media hora, él emprendería el regreso desde allí mismo, nosotros volvimos al hotel para descansar un poco y prepararnos para continuar viajando rumbo al norte.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Notas publicadas en el cuatrimestre Septiembre-Diciembre

 martes, 1 de septiembre de 2020

Números macabros


martes, 15 de septiembre de 2020

Dos cartas del Che Guevara


jueves, 17 de septiembre de 2020

Perón habló sobre el golpe de estado


sábado, 19 de septiembre de 2020

La Huelga telefónica de 1957


jueves, 24 de septiembre de 2020

Dos buenos amigos


sábado, 26 de septiembre de 2020

Conversación en el café


martes, 29 de septiembre de 2020

TYSAE y CIDH en septiembre de 1979


martes, 6 de octubre de 2020

A diez años del intento golpista en Ecuador


jueves, 8 de octubre de 2020

A diez años del intento golpista en Ecuador (2)


miércoles, 14 de octubre de 2020

Cuando las 62 Organizaciones y los 32 Gremios "democráticos" se reunieron con Aramburu


viernes, 16 de octubre de 2020

Caída del Che, demasiado doloroso para creerlo


martes, 10 de noviembre de 2020

Recuerdos del 5 de noviembre


sábado, 28 de noviembre de 2020

200 años de Engels


martes, 1 de diciembre de 2020

Marxismo y cultura (I)


jueves, 3 de diciembre de 2020

Marxismo y cultura (II)


martes, 8 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (1)


jueves, 10 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (2)


sábado, 12 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (3)


martes, 15 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (4)


jueves, 17 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (5)


sábado, 19 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (6)



sábado, 29 de agosto de 2020

Notas publicadas en el cuatrimestre Mayo-agosto

sábado, 19 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (6)

 Daba por concluida la serie, pero la nota anterior contenía demasiadas simplificaciones y no es bueno dejar las cosas así. Quería mostrar que los números se inflan con total desapego a la realidad cuando se habla de una movilización, por eso describí una columna moviéndose como un mecanismo de relojería entre dos puntos muy concretos, con una disposición organizativa puramente ideal.

Curiosamente una marcha real presenta mayor dispersión entre sus participantes, las distancias que separan a unos de otros son más grandes que las que yo di. Bastaría con mirar unas cuantas fotografías tomadas al azar en cualquier manifestación donde la gente esté en movimiento; incluso la salida de un cine o de un espectáculo deportivo, donde los agrupamientos y las separaciones casuales se parecen a los de una movilización. Las personas no avanzan formando una línea perfecta, separadas de otra línea igualmente homogénea, seguida por otras semejantes en su disposición y con una distancia entre líneas siempre idénticas.

Si una cuadra pudiera ser vaciada de toda otra persona que no participara del evento, o si supusiéramos que todos los que se mueven por allí en la dirección de la marcha están participando de ella, una fotografía tomada desde cierta altura (parece que 600 metros es la adecuada), permitiría hacer un conteo riguroso y proyectar luego el resultado al resto de la columna en movimiento. Por supuesto, eso no da un número exacto, apenas si permite una aproximación a la realidad. Pero, a pesar de su inexactitud, ese dato sería mucho más creíble que las estimaciones interesadas de adherentes u opositores.

La metodología científica es todavía más compleja, hay que considerar puntos de ingreso y egreso de los movilizados, velocidades de desplazamiento, simultaneidad o no de las mediciones, etc. Sin llegar a ese extremo de rigurosidad, con la tecnología disponible podría realizarse una prueba como esta.

Imaginemos un recital importante o un partido de fútbol en el estadio de Ríver. La cantidad de asistentes se sabe con cierta exactitud por el número de entradas vendidas, todos están concentrados en el interior y el espectáculo llega a su fin. Se abren las puertas y el estadio comienza a vaciarse. Desde arriba se van tomando fotografías para seguir el desplazamiento de los que se alejan.

Podrían proporcionarse algunos datos orientativos. Por ejemplo, hacer mediciones verdaderas en determinados sectores de la ciudad; guardar esas imágenes para poder hacer comparaciones con otros eventos posteriores, establecer índices de corrección de acuerdo a las densidades mostradas por las imágenes.


Con un banco de datos de ese tipo sería muy fácil hacer otras estimaciones posteriores. Habría errores como en cualquier estadística, pero seguramente serían mucho menores que si confiamos en los números de Patricia Bullrich hablando de su poder de convocatoria al Obelisco.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (5)

 Cuando yo iba a la escuela primaria; alguna vez fui a la primaria: escuela Nº 16, República Dominicana, Congreso 3045; era una hermosa escuela con el frente de ladrillos rojos y un ceibo en el patio al lado del mástil.

Cuando yo iba a la escuela primaria, repito, nos hacían formar en el patio. Tomábamos distancia extendiendo el brazo hasta tocar el hombro del compañerito de delante, y lo mismo hacían los que venían detrás de nosotros. El que quedaba a nuestro lado no estaba pegado, pero tampoco quedaba tan separado como el de delante y el de detrás. Después que terminaba la ceremonia de la bandera salíamos marchando ordenadamente; la distancia que habíamos tomado aseguraba que no golpeáramos al que nos precedía. Alguna vez, en aquellos años, fui a ver un desfile. Los soldados no marchaban de dos en fondo, cada fila era más nutrida, supongo que la distancia entre las filas era mayor que el largo de un brazo. En los años siguientes pasaron muchas cosas y no volví a presenciar ningún desfile militar.

Después estuve en innumerables marchas y movilizaciones, allí no se tomaba distancia, la formación era mucho más azarosa, pero puedo asegurar que nunca estuve en ninguna en que la distancia entre lo que podríamos considerar las filas fuese menor al largo del brazo. Tampoco recuerdo ninguna en la que los participantes nos alineáramos formando filas ordenadas, pero mi experiencia personal no tiene por qué ser tomada como patrón de referencia. Por eso voy a suponer una movilización muy prolija, con manifestantes formando filas donde la separación sea el largo de un brazo, y de medio metro la separación entre columnas. Imaginemos que avanzan marchando marcialmente por Avenida de Mayo. No tienen más remedio que ir por la calzada, y ésta tiene 17 metros de ancho. Como los manifestantes tienen un enorme entrenamiento, pueden formar filas de 17 personas sin correr el riesgo de tropezar entre ellos o con los cordones laterales. La separación entre filas y columnas se mantiene invariable a todo lo largo de la marcha. Desde que se ingresó en la avenida a la altura de Plaza Lorea el avance tiene la precisión de un mecanismo de relojería: siempre 17 personas por fila, siempre un metro para cada fila, siempre la misma velocidad de desplazamiento. Cuando la cabeza de la movilización está llegando a Bolívar ha recorrido 1.300 metros, pero podemos imaginar que la cola recién deja Plaza Lorea.

Estas notas han sido un obstinado juego de cálculo, una desconfiada apreciación de los datos proporcionados por los convocantes a marchas y concentraciones. Siempre resultan desagradables los aguafiestas y los que pinchan los globos, por eso no voy a decirles cuántos fueron los participantes de esa imaginaria movilización que avanzó tan prolijamente desde Plaza de los Dos Congresos hasta Plaza de Mayo. Si ustedes quieren saberlo tienen todos los elementos en el párrafo anterior, no hay que aplicar fórmulas raras ni análisis matemático, basta con hacer una simple multiplicación como esas que aprendimos en la escuela primaria. Les sugiero que no me crean, que hagan la cuenta, que verifiquen el resultado con la calculadora, y que cuando lean el diario y les hablen de manifestaciones multitudinarias recuerden lo que estuvimos viendo.

martes, 15 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (4)

 Venía hablando sobre la cantidad de personas por metro cuadrado en una manifestación. Sé que mis números tiran abajo las expectativas de mucha gente de buena fe. Todos nos hemos acostumbrado a leer y escuchar cifras enormes, pero la principal función de los medios no es informar sino moldear el pensamiento de las personas. Esto último suena muy escéptico, eso me hace sentir como el tipo que le dice a un chico que los Reyes magos son los padres. Por eso voy a dejar para otro momento lo de la función de la prensa como formadora de conciencia social, y voy a seguir con lo del número de personas en una concentración.

Tito Paoletti me había dicho que en un metro cuadrado no cabían más de cuatro individuos. Pero él tampoco es el malo de la película, probablemente lo había leído en algún trabajo especializado, porque fue por los años ’60 cuando Herbert Jacobs, profesor de periodismo de la Universidad de California, realizó los cálculos. Según se dice, quería saber cuántos eran los que se manifestaban en las calles contra la Guerra de Vietnam, hizo observaciones y sistematizó los números que debieran ser tenidos más en cuenta.

En lo que consideraba una “manifestación fluida” la distancia entre los concurrentes era de aproximadamente el largo de un brazo. Eso le daba como promedio unos 10 pies cuadrados para cada manifestante, traduciéndolo a nuestro sistema de medición es algo menos de un metro cuadrado por persona. Si la separación era menor a un brazo, digamos algo así como desde el hombro hasta el codo, la superficie disponible para cada persona es de menos de un metro cuadrado, 4,5 pies cuadrados en el sistema de medición yanqui. Y apretándose todavía más (“corriéndose al fondo que hay lugar”) llegamos a los mágicos 4 concurrentes por metro cuadrado.

Hagamos ahora un ejercicio matemático; algo nada demasiado complicado, un cálculo que se puede efectuar con los conocimientos de la escuela primaria. La Avenida de Mayo tiene unos 1.300 metros de largo desde su nacimiento en la calle Bolívar hasta su conclusión en la Plaza Lorea. El ancho de la calzada, el lugar por donde se marcha, tiene 17 metros, por tanto su superficie es de 22.100 metros cuadrados. Esto puede desconcertar a muchos amigos, pero toda la Avenida es apenas más grande que la Plaza de Mayo y las calles que la circundan. Alguno puede enojarse pensando que le estoy escamoteando espacio, que no cuento las veredas, pero como no quiero ganarme más enemigos de los que ya tengo, tomemos los 30 metros de ancho que van de pared a pared. Aun así la superficie total de la Avenida es de 39 mil metros cuadrados.

Completemos la idea. Si pudiera hacerse una movilización a todo lo largo de la Avenida, desde Bolívar hasta Plaza Lorea, y ocupando de pared a pared, suponiendo que fuera lo que Jacobs llamaba una “manifestación fluida”, el total de asistentes serían 39 mil personas. Un buen número sin duda, aunque no dejaría conformes a los organizadores. Hinchar las cifras es una especialidad de todos ellos, usan el mismo tipo de levadura que los fabricantes de índices de inflación; porque, seguramente, habrán oído hablar del “IPC del Congreso” o del “índice góndola”.

Pero no voy a meterme con eso; vuelvo al tema que venía desarrollando y hago un simple comentario. He participado en muchas manifestaciones, recorrí la Avenida de Mayo desde el Congreso hasta Plaza de Mayo en más de una oportunidad, sin embargo no recuerdo ninguna movilización que avanzara ocupando de pared a pared, entre otras cosas, porque es imposible hacerlo.

sábado, 12 de diciembre de 2020

El hombre que calculaba (3)

 Plaza de Mayo es el lugar emblemático a la hora de hablar de concentraciones masivas. Buena parte de la historia política del país ha pasado por ese lugar, manifestarse allí, desbordarla por sus alrededores es prácticamente la consagración del respaldo popular y de la capacidad de convocatoria. No es el espacio público más grande, pero simbólicamente es el más significativo, por eso los números que se barajan sobre su capacidad suelen ser de lo más arbitrarios. El 19 de diciembre de 2012 se realizó allí una concentración antigubernamental. Uno de los máximos convocantes a esa protesta, Pablo Micheli, afirmó que habían reunido 70 mil asistentes. Apuntalando esa versión se manifestó el diario Clarín que publicó una foto en portada elogiando el “masivo acto del sindicalismo opositor”. Desde el gobierno no se opinó lo mismo: “con toda la furia, llegaron a 15 mil”. No voy a proponer una votación para resolver el conflicto numérico, ni tampoco tengo una imagen aérea para hacer el cálculo, pero podemos comenzar por el principio, por saber cuánto mide la plaza y cuánta gente puede concentrarse en ella.

La plaza tiene algo menos de 230 metros de largo y un poco más de 95 metros de ancho. Con esos datos gruesos podríamos decir que la superficie es algo menor a los 22 mil metros cuadrados. Pero la plaza no es rectangular, porque sus extremos sobre Balcarce y sobre Bolívar son redondeados en forma semicircular. Los preciosistas dicen que la superficie es de algo más de 19.700 metros cuadrados, yo no voy a ser tan minucioso, puedo permitirme esa licencia cuando otros son tan bartoleros a la hora de tirar números. Incluso podríamos agregar la superficie de las calles que rodean la plaza, con excepción de Balcarce que permanece cerrada durante las concentraciones. Pero hay espacios dentro del terreno que no pueden ser utilizados por los manifestantes, allí están la Pirámide de Mayo, el monumento a Manuel Belgrano, la entrada al subte A, bancos, árboles, canteros, etc. Podríamos arriesgar en 20 mil metros cuadrados la superficie de la plaza y sus alrededores que puede ser ocupada por la concurrencia.

Si alguien se siente molesto porque cree que estoy minimizando su poder de convocatoria, aclaro que la dimensión del lugar no variará si el convocante es de otra tendencia política. En todo caso, para resolver su desconfianza puede recurrir a la información del jefe de gobierno de la ciudad, se supone que es una persona muy competente, siempre atenta a las condiciones urbanísticas, sobre todo si puede realizar algún negocio inmobiliario. Imaginen que debe saber al dedillo cuánto mide la plaza y sus alrededores, a cuánto se podría vender ese par de manzanas ubicadas en el corazón de la ciudad, y cuál sería la comisión que recibiría por la operación.

Pero volvamos a los 20 mil metros cuadrados que supuse como ocupables durante una concentración. Ya comenté con anterioridad lo que me había dicho Tito Paoletti: que el máximo de personas que pueden estar en un metro cuadrado son 4. También dije que eso podía ocurrir en sectores muy aislados y que era materialmente imposible extender ese grado de concentración a todo el terreno. Lo razonable, lo que realmente ocurre, es que el nivel de aglomeramiento es mucho menor, que quedan espacios vacíos y que eso permite el movimiento de las personas. En la primer nota dije que, como máximo hipotético, en una hectárea cabían 40 mil personas. Para que eso ocurriera tenían que estar todos quietos y apretujados durante todo el tiempo que durara el acto al que asistían. Adelanté que lo razonable era hablar de un grado de concentración mucho menor y dije que era más sensato pensar en 20 mil personas dentro de esa hectárea imaginaria. Si estamos de acuerdo con este razonamiento (no soy tan ingenuo como para creer que los he convencido) en la Plaza de Mayo y las calles que la circundan caben como máximo 80 mil personas, aunque lo probable es que la capacidad deba reducirse a la mitad.